Marcello Figueredo
Aunque el viento también se llevó por los aires mi columna del domingo pasado, evitaré toda tentación meteorológica y, si me permiten, me pondré al día con un cumpleaños que no quiero pasar por alto. Aquí voy.
El amargo destino de haber vivido parte de la infancia y la adolescencia bajo una dictadura tuvo lo suyo, y el pasado de quienes compartimos ese karma está plagado de sinsentidos. Uno de los más graciosos, ahora que lo pienso, es haber conocido el Palacio Legislativo gracias a la gentileza de quienes pisotearon las leyes y se arrogaron el derecho de clausurar el Parlamento que ese templo abriga. Fue en una soleada tarde de invierno, calculo que la de alguna fecha patria de la segunda mitad de los años ’70 (tal vez durante el nefasto Año de la Orientalidad, ¿se acuerdan?), cuando mi abuela paterna me llevó de su mano hasta aquella imponente explanada y nos sumamos a la larga cola de aspirantes a la visita guiada. Los usurpadores, que exhibían de tanto en tanto aquel museo, concentraban el tour en los asuntos edilicios: el esplendor del Salón de los Pasos Perdidos, la disposición simétrica de ambas Cámaras (juraría que hasta nos permitieron sentar en las poltronas celestes de los senadores), los mármoles y el granito dispuestos por Moretti, las esculturas de Castiglioni y Bacci, los vitrales de Buffa y demás requiebros decorativos. De explicarme los verdaderos usos del recinto y contarme otras historias se ocupó mi abuela, que como buena paisana que era no entendía mucho de arte ni de arquitectura, pero como viuda de un servidor de la revolución de 1904 tenía muy claras las ventajas de la democracia representativa.
Volví al Palacio Legislativo, ya sin que nadie tuviera que llevarme de la mano, para asistir desde las barras a la apertura de la primera legislatura tras el retorno de la democracia. Fue en la soleada tarde del 15 de febrero de 1985, y aplaudimos a rabiar a Jorge Batlle, porque le tocaba en suerte presidir la Asamblea General y porque su nombre, largamente proscripto durante la dictadura (¿se acuerdan?), olía a libertad.
Pasó el tiempo, y en 20 años de democracia recuperada, el Parlamento ha sido blanco de muchas críticas: a veces merecidas, a veces injustas. En cualquier caso, lo importante es que esa casa siga siendo una escuela civilizadora en la vida del país. Por eso me gustó escuchar a los jóvenes diputados Luis Lacalle y Pablo Alvarez, entrevistados en Canal 12, hablando con respeto y hasta cariño de sus colegas. El parlamentario blanco rindió un merecidísimo homenaje al veterano senador socialista Guillermo Chifflet, de quien dijo una de las mejores cosas que en estos tiempos puede decirse de una persona: "me mira cuando hablo, me escucha". Por su lado, el frenteamplista Alvarez tuvo palabras de respeto para el colorado Daniel García Pintos, en quien reconoció capacidad de trabajo, coherencia y fidelidad a sus convicciones. Y por eso mismo no me gustó nada leer esta semana que los diputados Jaime Trobo y Juan Souza casi se van a las manos en plena sesión. Para quienes pasamos parte de la infancia y la adolescencia bajo la bota y nos hicimos jóvenes en los fraternales tiempos de la salida de la dictadura, a los pies del estrado del Obelisco (¿se acuerdan?), es muy importante que la tolerancia no se vaya a pique: estamos convencidos de que el pluripartidismo civilizado no es un cambalache (Goyo dixit) ni una pluriporquería (Fidel dixit).
Entonces, no se me ocurre mejor regalo de cumpleaños para el octogenario Palacio (lamento el pequeño retraso) que recordar las palabras escritas por Gonzalo Aguirre y Enrique Tarigo, que en la soleada tarde primaveral del 27 de noviembre de 1983 sonaron como un trueno en la garganta de Alberto Candeau. Sirvan de antídoto, ya que estamos, por si esta suerte de revival mediático del horror al que asistimos a diario llegara a despertar nostalgias a derecha o a izquierda. A ver si se acuerdan: "Compatriotas: proclamemos bien alto y todos juntos, para que nuestro grito rasgue el firmamento y resuene de un confín a otro del terruño, de modo que ningún sordo de esos que no quieren oír diga que no lo escuchó: ¡Viva la Patria! ¡Viva la Libertad! ¡Viva la República! ¡Viva la Democracia!". Pueden temblar las raíces de los árboles, pero el viento no se llevará esas palabras. Nunca.