MARCELLO FIGUEREDO
Van a disculparme que, por tercer domingo consecutivo, vuelva a darles la lata con los avatares del dinero. Pero comprenderán que experimente cierta fascinación adolescente, o ingenua, o sádica, o inconsciente, o ya sabrán ustedes cómo adjetivarla; lo mismo da: lo que quiero decir es que hay una parte de mí, de muchos de nosotros, que seguramente se alegra, y cuánto, de que los grandes angurrientos del mundo la hayan pasado negra. Aunque fuera por unos días, y aunque esa negrura pueda terminar amenazando nuestro horizonte.
Hay otra cosa que también me gusta mucho. Cuando la economía se queda sin palabras y se reduce a números rojos y desnudos, todo el mundo se acuerda de la literatura, esa parienta pobre y pasada de moda. Es gracioso. Parece una revancha de Proust gracias a la cual los fantasmas de Moliere, de Balzac y de otros grandes retratistas de la sociedad regresan por la ventana en busca del tiempo perdido. ¡Ah, las lecciones de los viejos maestros de la moral!, suspiran los analistas, que de pronto desempolvan El Avaro o La comedia humana hasta en las páginas de economía de los grandes diarios del mundo. Destronados por un instante los dioses de Wall Street y otras mecas financieras, no queda más remedio que volver a las bibliotecas en busca de la sabiduría imperecedera. Esos señores no cotizan en bolsa, claro, pero la ventaja es que sus bienes nunca se desploman. El lunes, en El País de Madrid, la escritora española Almudena Grandes retrotrajo con puntería una vieja historia contada por el gran escritor inglés Charles Dickens, maestro de la crítica social, cuyo padre supo acabar en la cárcel por deudas. A la salida de la prisión, el progenitor le dice a su retoño: ¿sabes cuál es la diferencia entre dos hombres que ganan diez libras? El que gasta nueve es un hombre feliz; el que gasta once, es un desgraciado.
Cuántas lecciones ha resucitado esta crisis financiera. Una: no se puede vivir eternamente en una mentira. Como enseña Dickens padre, no se puede vivir gastando lo que no se tiene. Otra: las burbujas, por modernas que parezcan, siempre acaban pinchándose. Tres: hay algo esencialmente pornográfico en pensar que el dinero puede reproducirse solo, sin esfuerzo de ningún tipo, y es absurdo creer que semejante empresa no conlleve riesgo alguno: business is business. Y por cierto: contra lo que quería Fukuyama, la historia nunca se termina. En todo caso, vuelve a morderse la cola, vuelve a empezar. Como testigos incómodos de esa historia, hoy regresan victoriosos los fantasmas de Moliere, de Balzac, de Dickens, de Chaplin, de tantos otros. Regresan para recordarnos la vigencia de su lección moral. Y de paso, para poner en su lugar a otros fantasmas de carne y hueso, de traje y corbata: los impostores que aquí y allá, agazapados tras un lujoso despacho, echan a andar la máquina de la codicia; los fantasmas que, laptop en mano, se ganan la vida intentando convencernos de que dos más dos puede sumar cinco. Dos más dos es cuatro. Y el resto, es literatura.