Es posible y sano aprender a discutir

| La ausencia de discusiones no es señal de paz y concordia. Es bueno y saludable que existan discrepancias.

Ana Maria Abel

Es imposible que la convivencia familiar esté exenta de discusiones. Se dan, por mucho que nos queramos, como resultado de lógicas, necesarias y enriquecedoras diferencias de caracteres, opiniones y enfoques sobre los mil temas cotidianos. Hay quienes prefieren un lugar fijo en la mesa y aquellos a los que les gusta variar; hay momentos en que uno tiene deseos de ver un programa deportivo en la tele y otra la comedia. La solución no es que cada uno coma en su cuarto o tener tantos televisores como habitantes la casa. No deberíamos tener como objetivo evitar estas situaciones a toda costa pues estaríamos desaprovechando oportunidades de crecer en pequeñas virtudes de la convivencia como comprensión, generosidad y flexibilidad. La ausencia de discusiones no es necesariamente señal de paz y concordia: puede esconder cobardía o debilidad de carácter.

Es bueno y saludable que haya discrepancias para lograr la armonía que el Diccionario de la Real Academia define como "la unión y combinación de sonidos simultáneos y diferentes, pero acordes". El quid es aprender a discutir: cómo, cuándo, dónde y con quién, teniendo presente otra definición: discutir es examinar atentamente una materia y alegar razones contra el parecer de otra persona sobre el mismo tema. Los hijos entre los dos y cinco años están en la etapa sensorio motriz donde su pensamiento es simbólico y preconceptual. No tienen por lo tanto opinión propia y se irritan cuando se les contraría. Son pleitistas llevados no por la razón, sino por la necesidad de autoafirmación. Lo mejor que podemos hacer en esas edades es no discutir qué ropa se ponen o a qué hora deben cenar. Quienes saben lo que les conviene son los padres y no atenta contra su libertad que en casa haya horarios, pautas concretas de orden o higiene que deben vivirse por su bien. Lo reconocerán de grandes.

Alrededor de los siete años, el niño ya es capaz de operaciones cognitivas concretas y desde los once a dieciséis su pensamiento va conquistando la abstracción reflexionante. En estas etapas hay que enfocar de otra manera el tema de las discusiones, escuchando sus motivos y dándoles nuestras razones. Los adolescentes comienzan a poner barreras a nuestra autoridad. Están conquistando su libertad y no permiten intervenir en sus vidas.

La cosa cambia cuando los hijos se independizan y nos visitan. Corremos el peligro de aún entonces hacerles indicaciones, reiterar consejos y las discusiones toman otro cariz porque los hijos adultos tienen su opinión formada, pocas veces coincidente con la nuestra. Preservemos la armonía dejando pasar lo secundario e insistiendo únicamente en lo que se refiera a conductas éticas. Lo que siempre da buen resultado es desterrar las discusiones inútiles en las que nos guía el orgullo herido: no ayudan al desarrollo del incondicional amor familiar.

(flia@iuf.edu.uy)

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