Se va un año raro. Un año en el que fríos indicadores económicos muestran que el país creció y los uruguayos sienten que el país ha retrocedido.
Un año en el que asumió un nuevo gobierno, con mayoría parlamentaria propia y un enorme crédito de la oposición para avanzar en reformas estructurales fundamentales, y en el que la enorme mayoría percibe que se ha hablado mucho y se ha hecho poco, tirando a nada.
Un año en el que los mayores cuestionamientos al gobierno han provenido precisamente de partidos de izquierda que, con ministros y funcionarios de confianza, integran la administración a la que a la vez fustigan.
Un año en el que las más importantes confrontaciones no se dieron con una oposición que ha tendido la mano en más de una ocasión al gobierno, sino con sindicatos afines al Frente Amplio que parecen dispuestos a mostrarle a la administración de su partido que ellos son los que mandan en este país.
Un año en el que los uruguayos consumen más, señal de que tienen más dinero en el bolsillo, y son por ello denostados por un presidente que sostiene, sin ruborizarse, que quienes compran en shoppings y supermercados, y quienes cambian el auto, son "oligarcas".
Un año en el que se recorta al mínimo el presupuesto militar y, unas pocas semanas después, se llama a la tropa a limpiar la basura que no por un conflicto, sino por meses y años de mala gestión municipal en Montevideo, se ha acumulado en diferentes zonas de la capital.
Un año en el que, bajo un gobierno de izquierda, la libertad se ve fuertemente socavada por normas y regulaciones de un gobierno que pretende controlarlo todo, saber qué tiene, qué hace y qué piensa cada uno.
Un año en el que se decreta que los edificios públicos no podrán ser ocupados por los trabajadores en lucha, pero a la vez se afirma que si se trata de empresas privadas la ocupación no sólo debe admitirse como extensión del derecho de huelga, sino como algo hasta "conveniente" para evitar el vaciamiento de empresas.
Un año en el que algunos ministros, nuevos en sus cargos, dan muestras de un desgaste que lleva a que no pocos piensen en la necesidad de un recambio. En el que un gobierno con mayoría parlamentaria propia recurre al decreto, y no a la ley, con inusitada frecuencia. Y en el que uno ha escuchado a un legislador del MPP decir que las medidas prontas de seguridad, demonizadas en los tiempos de Pacheco Areco, son adecuadas cuando se trata de proteger los derechos de los que menos tienen.
Se viene el 2011. El segundo año de este gobierno. ¿Será el de las realizaciones? ¿El de las reformas tan anunciadas y no encaradas? ¿El de apretar el acelerador a fondo y aprovechar la mayoría parlamentaria y el aval de la sociedad para hacer lo que pocos dudan que hay que hacer, y sin demoras? ¿El de un gobierno con menos decires y más haceres?
¿No ha llegado, finalmente, el tiempo?
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