Desde el fin del mundo con traccion a sangre

Desde Ushuaia a Montevideo en 35 días, Pablo González no paró de pedalear. Contaba con una bici y 15.000 pesos

Sus mejores noches fueron en hoteles de "diez mil estrellas". Pablo González durmió varias veces a la intemperie, abrigado por su saco de dormir y pensando en la jornada siguiente que, como otras antes, estaría llena de pedaleo, subidas y bajadas, buenos y malos momentos. González llegó la semana pasada a Montevideo, luego de 35 días de pedalear en lo que fue la primera travesía de un uruguayo que, sólo y con su alma, viajo en bici desde Ushuaia a Montevideo.

González tiene 25 años, trabaja en la revista Uruguay Natural y decidió lanzarse a la aventura alentado por su amor a los deportes al aire libre y sobre todo al mountain bike. Con unos 15.000 pesos que reunió entre auspiciantes y el apoyo de Trek, que le dio una bicicleta adecuada para el largo recorrido, el deportista pretendía hacer el trayecto en 40 días. Para eso calculó milimétricamente cada tramo del viaje, lo que incluyó el estudio de mapas de zonas y de rutas pero también datos tales como la velocidad del viento o las inclemencias del tiempo.

De Montevideo a Ushuaia todo fue muy fácil porque utilizó avión. Consigo llevaba el equipo total que lo acompañó: la bici, una carpa muy pequeña, un sobre de dormir, una colchoneta aislante, una bolsa para envolver el sobre en caso de pernoctar a la intemperie y unas pocas prendas de ropa, hecha de materiales como el polar y la microfibra. Todo eso estaba adosado a la bici.

Ushuaia lo recibió con frío, claro, pero también con una capa de 20 centímetros de hielo que había quedado luego de una gran nevada. González se lanzó a la carretera –en Argentina recorrió toda la ruta 3 y luego cruzó a Uruguay por el puente de Fray Bentos– pero la primera etapa no colmó sus expectativas: el hielo lo obligó a bajar la velocidad El ciclista esperaba recorrer como máximo unos 100 kilómetros por día, pero sabía de antemano que las montañas o los vientos disminuirían sus posibilidades hasta a 50 kilómetros diarios.

EL ABURRIMIENTO. El frío no fue agradable pero González dice que su principal enemigo en el viaje fue el aburrimiento. "Estar sólo, pedaleando y pedaleando, a veces sin cruzarte con nadie en la ruta, puede ser medio desalentador". En un viaje desde el fin del mundo, los extremos se hicieron sentir. Casi en las puertas de Uruguay, cuando el ciclista estaba cerca de la ciudad argentina de Zárate, el calor intenso lo obligó a bajar el ritmo e incluso casi lo hace sufrir una crisis por deshidratación.

Todos los días durante 35 jornadas González pedaleó desde las nueve de la mañana hasta la ocho de la noche, con escasas paradas para ir al baño, comer algo o sacar fotos. La comida tuvo sus puntos altos y bajos. El más exquisito de los manjares lo devoró un día helado en Fitzroy, y fue un "guiso de camionero", recuerda. Lo más usual, sin embargo, era que se alimentara con mucha pasta y poca carne, para reunir la energía necesaria que le insumía el gasto calórico elevado de todos los días. Fritos prohibidos, porque son de lenta digestión. Prevenido, cada día llevó un kit de comida de emergencia, que incluía pasta seca, barritas energéticas, ticholos, té, sobrecitos de sopa y chocolates.

El peor momento se suscitó al tercer día, cuando una ráfaga de viento le rompió el banderín de Uruguay que llevaba en su bici. "Pensé que lo había perdido y no sé que me pasó pero casi abandono todo. Me quebré. Al final di vuelta, lo busqué y lo encontré, pero fue un momento feo", recuerda.

Luego de los días en la ruta, González tiene infinidad de recuerdos relacionados a gente local que lo recibió con los brazos abiertos, así como buenas memorias de los paisajes supremos que vio desde su bici. Sin embargo, el mejor de los sentimientos sigue siendo para con su compañera de viaje, la bici que resistió todos los embates sin un sólo pinchazo. El único problema se suscitó en tierra uruguaya, cuando el ciclista pasaba por Libertad, cuando un rayo se soltó. A la uruguaya, como siempre, González decidió tomar al pie de la letra el dicho aquel de "lo atamo con alambre" y enrolló el rayo como pudo para pedalear los últimos kilómetros.

Ahora planea nuevos desafíos, aunque promete que solo no hará nada más. "Es muy duro estar tanto tiempo con uno mismo. Hay quienes dicen que en estos viajes uno se encuentra a sí mismo. A mí eso no me pasó", dice sonriendo el deportista. Mientras que piensa en nuevas metas y sigue corriendo en carrera aventura, dice que se animará al montañismo y tal vez, después, sea tiempo de una caminata glaciar.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar