Ocurrió en España. La portada del diario El Mundo convulsionó hace algunos días el ambiente político con una foto en la que la joven portavoz del conservador Partido Popular, Soraya Sáenz de Santamaría, lucía un escotado vestido de noche y no ocultaba su buena figura al posar para el matutino, tras conceder una entrevista de tono intimista en la que el medio buceaba en la personalidad ascendente de esta nueva figura de la política española.
Algunos le criticaron la osadía, por considerar que su actitud se divorciaba de lo que de ella esperaría un votante clásico del Partido Popular. Otros le elogiaron su frescura y creyeron o quisieron ver en ella el nuevo talante del viejo partido. Pero nadie perdió de vista lo esencial. Una dirigente de su relevancia y proyección debía saber lo que hacía cuando aceptó que le tomaran la dichosa foto.
Ocurrió en Uruguay. Algunos medios reprodujeron una foto de mal gusto que la ministra del Interior, Daisy Tourné, colgó en su Facebook. En ella, la funcionaria aparecía mojada y en apariencia despojada de ropa, mientras sonreía bajo la lluvia de un duchero, con azulejos de fondo.
Algunos le criticaron su nueva ocurrencia y su afán exhibicionista. Unos pocos intentaron justificarla, aunque tímidamente, alegando que se trataba de la vida privada de una funcionaria pública. Pero unos y otros perdieron de vista lo esencial.
Quienes la defendieron olvidaron que la vida privada deja de serlo cuando uno decide exhibirla en Facebook, algo así como la quintaesencia de lo público. Cuando Tourné resolvió subir su osamenta bajo la ducha a Facebook sabía, y de sobra, que allí la encontrarían los mismos periodistas que cada semana ingresan para saber lo que ella opina de los temas más importantes y de los más baladíes. ¿Por qué deberían los periodistas, que reflejan en sus páginas cualquier zoncera que la ministra dice en su Facebook para que se haga pública, no dar a publicidad una foto tan provocativa como la que alguien tomó a la funcionaria?
Quienes le criticaron omitieron hacerle notar a la ministra que si en lugar de usar Facebook para promocionar sus intimidades lo hiciera para cumplir con su función de velar por la seguridad de los ciudadanos, sabría -por ejemplo- que a través de esta herramienta pueden observarse vídeos de aficionados que muestran, como grandes hazañas, a barras bravas de Nacional y Peñarol enfrentándose en Montevideo y en otros puntos del país. ¿No debería la ministra dedicar su tiempo en Facebook a estos menesteres, ciertamente vinculados a la tarea por la que todos le pagamos el sueldo, en lugar de hacerse fotografiar mojada bajo una ducha?
¿No debería, en síntesis, trabajar más y pasar menos tiempo frente a la computadora, desde la que nos cuenta su vida como si alguien debiera importarle qué hace esta señora en el rato, que parece ser mucho, en el que no ejerce como ministra del Interior?
¿No debiera pasar más tiempo liderando a la Policía para que todos los uruguayos podamos sentirnos más seguros, en lugar de avergonzar a los uniformados con su exhibicionismo desmedido, que un día le hace pasar revista montada a caballo y al siguiente relatar a través de la Internet sus experiencias con un adicto?
La ducha, la misma bajo la que se hace fotografiar la ministra, ¿no podrá regalarle un día un baño de realidad para que esta funcionaria recuerde para qué fue designada y cuál debe ser su tarea para con la comunidad?
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