DIEGO FISCHER
La historia cuenta que fue un lugar de encuentros. Que su dueño rendía siempre culto al diálogo y sostenía que no había casi ningún mal en este mundo que no pudiera arreglarse conversando en torno a una mesa y disfrutando de un asado. Me refiero a la legendaria Azotea de Haedo y a su propietario Eduardo Víctor Haedo.
Fue con ese espíritu conciliador y una mente y corazón abiertos, que por esa casa desfiló la fauna política, literaria y artística más famosa y variada del mundo, que recaló entre la década del 40 y comienzos de 1970 en Punta del Este. Desde Dwight Eisenhower, pasando por Arturo Frondizi y Ernesto Guevara "el Che", conocieron allí lo que era un buen asado o un mate bien cebado; y entre achuras y amargos supieron que el Uruguay era un país auténticamente democrático. Partieron convencidos de ello, aun los que andaban entonces pregonando revoluciones armadas por el continente.
También La Azotea supo de tertulias interminables en las que Pablo Neruda, Rafael Alberti y Juana de Ibarbourou (por citar sólo a algunos) y el anfitrión, debatían de literatura.
Se afirma que las virtudes como las mañas se heredan. Es el caso de Beatriz Haedo de Llambí, la hija de Haedo, que con el mismo espíritu de su padre, recibió el lunes pasado a la bancada herrerista, encabezada por el precandidato nacionalista Luis Alberto Lacalle y su mujer Julia Pou. También estuvieron presentes, el intendente de Durazno Carmelo Vidalín, la directora del diario El País Julia Rodríguez Larreta, y veteranos dirigentes del sector como Raúl Iturria y Ángel María Gianola. Fueron en total 21 comensales.
En torno a la gran mesa redonda, que preside el quincho de los almuerzos, disfrutaron de un asado, acompañado por un tinto (Gobelet Marselan, cosecha 2006 ) de la Villa del Carmen, Durazno. Y una versión criolla de Mont Blanc como postre, con mucho merengue y dulce de leche bautizado así por su creadora Silvia de Freitas.
No hay dudas que la prosapia blanca impera en La Azotea. Haciendo sonar las campanas que otrora saludaban el paso del tren rumbo a Punta del Este o la partida de los visitantes ilustres, fueron despedidos los comensales. Después de tres horas de almuerzo y conversación, los invitados comprobaron que la magia del lugar, como la sencillez republicana de su dueña, siguen intactas.