Ana Maria Abel
En el condado de Twiggs, estado de Georgia, se ha reinstaurado oficialmente en las escuelas el castigo físico como medida disciplinaria. Esta noticia ¿no suena a desequilibrio educativo en un país pionero en la defensa de los derechos humanos? La violencia como recurso para marcar límites de lo debido ha demostrado ser ineficaz: es más una confesión de impotencia por parte de quien detenta la autoridad educativa.
Ciertamente la vida en sociedad está conformada por límites continuos: para cruzar las calles debemos atenernos al semáforo, para fumar hay que hacerlo al aire libre, etc. Esas medidas no tienen por objeto coartar la libertad o castigarnos, sino preservar la vida y la salud propia y ajena. La noticia de Twiggs hace reflexionar sobre la manera más eficaz de inculcar disciplina a nuestros hijos. Ternura y firmeza, dicen algunos; severidad y comprensión lo llaman otros. Equilibrio siempre. El punto medio aristotélico en la educación familiar se convierte en una delgada línea difícil de discernir y lograr en medio de la vorágine diaria.
¿Cómo ayudar a un chico a ser responsable sin estarle encima constantemente? ¿Cómo marcarle límites sin minar su autoestima? ¿Azotes o complacencia? ¿Corregir o dejar pasar? Hay correcciones "cometa" y correcciones "estrella". No es eficaz la corrección "cometa", aquella cuya luz dura instantes pero no cautiva por la rapidez de su paso. Apenas será recordada por la fecha en que cruzó el firmamento. La corrección "estrella", por contraste, iluminará siempre: permanecerá aunque se halle a años luz o pueda, por momentos, cubrirla las nubes.
Regla de oro válida para todos los casos es la de corregir con y por amor. Con un cariño que se trasluce en la mirada, tono de voz, y un entorno gestual sonriente. Corregir por amor supone no hacerlo "cuando las papas queman" porque nuestra condición humana nos impide objetivar el hecho y puede ser más una descarga personal que una ayuda real al hijo.
La corrección "estrella" es la que también cumple otros requisitos como circunscribir la reprobación al error sin generalizarlo a la persona. Por ejemplo, es muy distinto decir al hijo "esto que has dicho es una mentira", a etiquetarlo de irremediable mentiroso. Es la que aprovecha el momento de corregir para reconocer en el chico cosas que hace bien y lo mucho que se espera de él: de este modo la indicación se percibe más como aliento que como descalificación. Si además el hijo comprueba que alguna vez decimos: "Tenés razón, ¡gracias por hacérmelo ver!", estamos facilitando la receptividad a nuestras oportunas correcciones.
Uno de los peores servicios que podemos hacer a los hijos es la renuncia a toda forma de corrección. Esa dejación es frecuente porque teorías libertarias nos han hecho creer que no es cierto aquello de "árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza".
Demagogia con los hijos.
Con los hijos también se puede hacer demagogia, opina el educador chileno Diego Ibáñez: cada vez que no les recordamos sus deberes, justificamos sus errores escolares, les damos la razón desautorizando al profesor o contradecimos al otro cónyuge. Se les hace un serio daño.
No a los pantalones bajos.
Un proyecto de ley presentado por demócratas del estado de Florida busca prohibir en las escuelas el uso de pantalones bajos que dejan ver la ropa interior. Se prevé una pena máxima de 10 días de suspensión para los estudiantes que, pese a dos advertencias, reincidan.