Pablo Pera Pirotto
Dos relojes cucú interrumpen los acordes de música clásica que se escucha de fondo para indicar, con insistencia, que ya son las doce del mediodía. El viejo relojero sonríe y antes de guardar meticulosamente sus herramientas junto con las piezas en las que está trabajando, destina un tiempo a contar su historia y transmitir el amor que siente por su oficio.
Arturo Buchbinder nació en Alemania, pero siendo muy pequeño vino a vivir al Uruguay con sus padres. Hoy, con 79 años de edad, se siente orgullosamente oriental, aunque los rasgos físicos y su implacable tezón y dedicación al trabajo seguramente sean herencia de sus ancestros teutones.
Viéndolo trabajar con la lupa en su ojo no parece tener los casi ochenta años que está por cumplir, ya que el pulso no le tiembla al manejar con destreza las pequeñísimas piezas con sus delicadas pinzas.
"No hay que perder los nervios. Para este oficio hay que tener mucha tranquilidad. Un buen pulso, una buena vista y por sobre todo, mucha paciencia", destaca Buchbinder.
65 años atrás, siendo un adolescente, ingresó en el mundo de la relojería como aprendiz en un taller. Cuatro años después ya estaba trabajando en "Costa y compañía", una de las relojerías más importantes de Montevideo. Luego llegó el tiempo de establecerse por cuenta propia.
Buchbinder puso su propio taller de reparaciones en Pocitos, el barrio en donde nació, y de allí en más siempre ha trabajado en la misma zona. "En aquellos años eran casi todas casas bajas y nos conocíamos todos. En ese tiempo comencé a hacerme la clientela, que aún conservo", dice.
Hoy, hace 28 años que tiene su "pequeña empresa" (como él la llama) sobre la calle Luís de la Torre.
Cuenta Buchbinder que décadas atrás, sus clientes tenían un reloj que utilizaban durante muchos años. Ahora, en cambio, afirma que es común que tengan varios o que las máquinas duren muy poco tiempo y por eso son consideradas casi como objetos descartables.
"En la época en que comencé, recién después de los quince o dieciocho años se tenía el primer reloj, no como ahora que los chiquilines chicos tienen todos dos o tres. Es que ahora hay algunos muy baratos", dice el veterano relojero.
Como también ha sucedido en otros ámbitos de la industria, la irrupción de los chinos en la fabricación de relojes, con una producción muy grande en número, pero de baja calidad, han tenido mucho que ver en ese cambio de costumbres.
"Hace poco una señora me trajo cinco relojes para que se los arreglara. Me contó que tenía otros tantos en su casa y que acostumbraba a usar uno cada día de la semana. Es consecuencia de la sociedad de consumo actual en la que todos estamos inmersos", analiza Buchbinder sin perder su tono de voz calmo pero lleno de convicción.
APRENDIZAJE. "Don Arturo", como se lo conoce en el barrio, no piensa en jubilarse, mientras lo acompañe la salud como hasta ahora, ya que el entusiasmo no ha disminuido con el paso de los años. Es que, a pesar de su extensa trayectoria, el experiementado relojero conserva la inquietud de seguir adquiriendo nuevos conocimientos, en un oficio en el que, asegura, nunca se deja de aprender. "Cuando vinieron los relojes cuarzo, por ejemplo, tuve que comenzar a estudiar su mecanismo, que es completamente diferente a la maquinaria del reloj de cuerda. Porque una cosa es un reloj mecánico y otra el electrónico, no tienen nada que ver", recuerda, y asegura: "Se aprende siempre; en este mundo todos somos eternos aprendices".
Perfil
Nombre: Arturo Buchbinder
Nació: Alemania
Edad: 79 años
Profesión: Relojero
Otros datos: Hace 65 años que desarrolla su oficio, siempre en el barrio de Pocitos.
"Se aprende siempre; en este mundo todos somos eternos aprendices"
Si los relojes hablaran...
En el taller de Buchbinder hay varios relojes que tienen más de un siglo de antigüedad esperando ser reparados. Sus dueños le confían el arreglo, conociendo no solo su capacidad como relojero, sino también por el amor que le tiene a esas antiguas y fieles máquinas de medir el tiempo.
Para él, estos relojes tienen una especie de alma. "Al haber estado en una familia por un siglo o más, han vivido junto a sus integrantes alegrías y tristezas, han visto nacer gente y también morir a muchas personas. A veces pienso las cosas que podrían contar si hablaran", dice Buchbinder, quien ya le ha legado a su nieta mayor el cuidado del reloj que perteneció a su bisabuelo.