1982

Desde Malvinas luego de un viaje con los Rolling Stones

El 2 de abril de 1982 5.000 soldados argentinos tomaron Puerto Stanley, dando inicio a la operación lanzada por la dictadura de Galtieri para recuperar Malvinas. La aventura duró poco: el 14 de junio se rindieron ante la superioridad militar de Gran Bretaña. Esta crónica se publicó el 5 de abril.

Guerra de Malvinas. Foto: Paul Haley.
Guerra de Malvinas. Foto: Paul Haley.

Quien esto escribe, en representación de El País estuvo en las Malvinas y participó del único vuelo que se ha realizado hasta ahora, fuera de los servicios exclusivamente militares y de abastecimientos.

Aviones Hércules C-130 con tanques suplementarios son los encargados de cubrir el puente aéreo con transporte diario de víveres y combustibles entre Comodoro Rivadavia y las islas.

El Focker en que viajamos con otros colegas argentinos (aparte de este corresponsal no había nadie de otra nacionalidad) está normalmente afectado a los servicios que LADE (Línea Aérea del Estado) cubre dentro del territorio argentino. Cuando el comandante de la nave proporcionó los detalles habituales del vuelo, el viaje adquirió el aspecto de una jornada regular.

Cuando el comandante dejó de hablar en castellano, pareció que en cualquier momento iba a empezar con el consabido “your attention, please”, a que obligan las normas internacionales de los vuelos comerciales.

Pero esta vez se trataba de un viaje interno y sólo se habló en castellano. Y no fue por “anglofobia”, porque la música que difundían suavemente los parlantes a bordo, eran grabaciones de los Rolling Stones. Se tuvo el buen gusto de no caer en el exceso demagógico de poner a Los Chalchaleros.

Cuando llegamos a las Malvinas, tras una hora y cuarenta minutos de vuelo, se nos dieron algunas instrucciones: se prohíbe sacar fotos en zonas militares, se obliga a circular con una escarapela autoadhesiva para facilitar la identificación, y se nos sugiere no utilizar moneda argentina en cualquier posible compra.

Tapa de 1982 sobre Malvinas
Tapa de 1982 sobre Malvinas

Pero fuera de ello, nada más. Se puede circular libremente por Puerto Stanley (aún conserva oficialmente este nombre) y hablar con quienes queramos, sean integrantes de las fuerzas argentinas o residentes lugareños.

Hay cero grado de temperatura cuando llegamos, y al par de horas se pone a llover. Durante todo el tiempo soplan vientos despiadados.

Pese al clima, el lugar posee una belleza agreste por demás sugestiva.

El paisaje tiene la desolación de los parajes australes: sin un solo árbol, con la erosionada corteza mineral, donde afloran las rocas.

Pero el mar está siempre a la vista, y la costa poblada de ariscas playas. Mirando hacia el brumoso horizonte se divisan infinidad de pequeñísimas islas.

El camino sube y baja en moderados declives hasta Puerto Stanley, la capital de las Malvinas. El único poblado del archipiélago está construido sobre un plano inclinado que termina en la extendida bahía de Soledad.

En el puerto está fondeado el Cabo San Antonio. Sobre Ross Road, la calle más importante de Puerto Stanley, la pequeña ciudad ubica sus principales comercios, sus edificios administrativos más importantes.

Será la Argentina, sin duda alguna, pero por ahora esto parece Inglaterra en estado puro.

Leo los carteles que individualizan los edificios “Falklands Island, Home Industries”, “Police Station”, “Public Telephone”, “The Colonie Club”, “Hotel Entrance”, “Down Hall”, “St. Mary Church”…

Las casas son de madera, con techos a dos aguas pintados de rosado y de verde en tono pastel y todas ellas, invariablemente, lucen un cuidado jardincito de invierno al frente.

Los pocos coches que andan por las calles llevan en sus chapas una letra “K”, identificatoria de Falkland, y, tal como en Gran Bretaña, circulan por la izquierda.

La poca gente que anda por las calles es rubia, de ojos celestes, y habla un inglés cerrado. Son los “kelpers”, los nativos de las Malvinas.

Pude hablar con algunos de ellos. Evidentemente no tienen ningún deseo de dialogar con la prensa. Se muestras herméticos y visiblemente preocupados por su futuro. Para ellos la situación es difícil. Se sienten identificados con los ingleses y no aceptan la actual soberanía argentina.

Hablan en un tono muy urbano, muy civilizado, muy “british”, pero dicen lo que piensan.

Las autoridades argentinas en las islas, encabezadas hasta ahora interinamente por el Gral. García, son conscientes de esta “resistencia” y la admiten como algo natural.

“Es una situación que cambiará muy lentamente con el paso de los años, con el desarrollo de una política de mejoramiento para la zona”, dijo el general. Las autoridades argentinas dialogan con los malvinenses explicándoles su nueva situación jurídica. Al parecen están habilitadas para abandonar las Malvinas todas las personas que lo deseen, pero -como dicen los “malvineros”- lo que hay que arreglar es el problema económico.

Mientras el avión que nos iba a llevar desde Comodoro Rivadavia se demoraba en salir de esta ciudad, el comentario periodístico general -a bordo- se inclinaba a explicar la tardanza por la posibilidad de enfrentamientos armados en la isla.

Pero cuando llegamos a ella había cesado toda resistencia.

Se dice, no obstante en las islas, que seis o siete de los 80 “marines” británicos que conformaban la dotación permanente de las Malvinas habrían logrado escapar cuando el desembarco argentino y se habrían refugiado en algunos de los 200 pequeños islotes del archipiélago.

Del enfrentamiento militar entre “malvineros” y argentinos, sólo quedan testimonios de balazos en el frente de la casa del Gobernador, lugar donde resultó muerto el oficial argentino, Cap. de Corbeta Pedro Edgardo Giachino.

En el avión argentino que nos condujo de regreso desde las Malvinas a Comodoro Rivadavia, viajaron con nosotros cuatro periodistas ingleses que estaban en Puerto Stanley desde antes de la ocupación argentina.

Se trata de colegas que representan, respectivamente, al Sun, al Sunday Times, al Daily Telegraph y al Daily Mail, de Londres.

Hablaron poco. Afirmaron que las autoridades argentinas los habían conminado a abandonar las islas.

Las primeras impresiones al llegar a las islas
Guerra de Malvinas. Foto: archivo El País.

Las primeras crónicas de Miguel J. Carbajal reflejaron qué sentían los habitantes de las islas y los argentinos en Buenos Aires. El 4 de abril publicó una nota con el título “Hay calma, llovizna y viento: los pobladores hoscos y preocupados”, con sus primeras impresiones al llegar a la isla. Al otro día publicó la crónica que se reproduce en esta página y que en su versión original llevaba por título “Crónica exclusiva desde las islas; malvinenses temerosos de su futuro”.

Recuperación democrática; “La casa está en orden”

Raúl Alfonsín. Foto: archivo El País.
Raúl Alfonsín. Foto: archivo El País.

La derrota militar ante Gran Bretaña en la Guerra de las Malvinas dejó agonizante al régimen de Leopoldo Galtieti. Un año y cuatro meses después del fin del conflicto bélico, Raúl Alfonsín, de la Unión Cívica Radical, ganó las elecciones y se convirtió en el primer presidente demócrata tras ocho años de dictadura. Desde el golpe del general José Félix Uriburu contra el presidente Hipólito Yrigoyen en 1930, Argentina había vivido medio siglo de inestabilidad institucional, con escasos intervalos de gobiernos legítimos (Juan Domingo Perón en 1946, Arturo Frondizi en 1958, Arturo Illia en 1963) siempre interrumpidos por golpes militares.

Alfonsín tampoco pudo terminar su mandato. Pero su salida de la Casa Rosada no se debió a un golpe militar sino a una crisis económica que no logró controlar y que lo obligó a convocar a elecciones anticipadas en mayo de 1989, ocho meses antes del fin de su mandato. Esas elecciones las ganó Carlos Menem, que asumió en julio de ese año.

Alfonsín tuvo el coraje de someter ante la Justicia a los militares responsables de violaciones a los derechos humanos durante la dictadura. En su gobierno se presentó el informe final de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas -“Nunca más”-, que presidió el escritor Ernesto Sábato. Alfonsín debió enfrentar varias crisis con los uniformados. La más recordada fue en la Semana Santa de 1987, cuando el levantamiento “carapintada” de Aldo Rico, la primera rebelión militar desde el fin de la dictadura en 1983. Alfonsín superó la crisis, con un importante respaldo popular en las calles. “¡Felices Pascuas! La casa está en orden”, sentenció en una frase histórica.

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