COLUMNA

El legendario pasado y el reto del mañana

El expresidente Julio María Sanguinetti escribió al respecto de la resurrección democrática que vivió el país y de la cual participó.

Julio María Sanguinetti. Foto: Archivo El País
Julio María Sanguinetti. Foto: Archivo El País

Los rastros indelebles de la historia nos recuerdan que la primera imprenta que llegó a Montevideo fue la que trajeron los ingleses en su invasión de 1807, de donde salió a la luz el primer periódico, “La Estrella del Sur”. Cuando se retiraron también marchó la imprenta y solo tres años después llegaría otra, enviada por la princesa Carlota Joaquina, esposa de Don Juan VI de Portugal, que aspiraba a congraciarse con el Cabildo montevideano.

Desde aquellos lejanísimos rastros, todo el proceso de nuestra independencia recoge la pasión por la libertad de prensa de los fundadores de nuestra República. Siguen vigentes las palabras de José Ellauri en la Constituyente de 1830: “Salvaguardia, centinela y protectora de todas las otras libertades [...], y en cuyo elogio dice un célebre publicista de nuestros días, que mientras un pueblo conserve intacta la libertad de la prensa, no es posible reducirlo a esclavitud”.

Tan notable como ese es el decreto de Rivera cuando en 1838 se hace cargo del país, luego del retiro de Oribe y lo firma con sus Ministros Santiago Vázquez y Enrique Martínez. El primer párrafo establece que “la absoluta libertad de opinar y de publicar las opiniones, debe ser un derecho tan sagrado como la libertad y seguridad de las personas”. Pero luego, al decretar, habla en primera persona y dispone que “la libertad absoluta e ilimitada de la imprenta, es también uno de mis principios fundamentales”; y que “los ataques de cualquier género que se dirijan por la imprenta, sea contra mi persona, la de mis Secretarios o contra los actos administrativos, no quedan sujeto a responsabilidad alguna; y, para asegurar esa declaración, yo y mis Secretarios renunciamos, mientras yo esté en el mando, a la protección de la ley actual, y todo otro medio de vindicación”. Es gracioso leer un decreto como si fuera una declaración personal, pero lo que importa, sin embargo, es la actitud de quien estaba bien lejos de ser un jurista.

Traemos estos recuerdos, que no son retazos polvorientos del pasado, para afirmarnos en la idea de que este país, desde el primer día, fundó su República en la libre expresión del pensamiento, y que si ella tuvo sus eclipses, fueron siempre pasajeros y condenaron a quienes la hirieron.

Hoy, a 190 años de la independencia uruguaya, nos encontramos con la circunstancia feliz de que haya un diario que cumple 100 de vida, más de la mitad de la historia nacional. Y que ese diario, fundado por tres periodistas, no ha sido comentarista distante sino comprometido protagonista del quehacer público. Naturalmente, chocó muchas veces contra la prensa de mi partido, pero esos episodios, aun dolorosos, forjaron la amalgama de la que se nutrió la institucionalidad de la República.

En ese largo periplo, he sido testigo y su lector por más de 60 años, y deseo subrayar, como periodista, lo que ha sido la permanente renovación y modernidad de El País. Su constante apertura al quehacer internacional y su ventana abierta al mundo de la creación artística, le singularizaron particularmente. No conozco otro periódico que, en cada estreno de la Comedia Nacional, por los años 60, hiciera un breve comentario de adelanto en la misma noche, para luego extenderlo con la profundidad del caso.

Hoy la libertad de prensa tiene otras acechanzas, que han irrumpido detrás de los vientos de los tiempos. La radio y la televisión han competido legítimamente con los diarios, pero estos siguen siendo señeros en la construcción de la agenda. Por cierto, se han desarrollado hacia el mundo digital, donde encuentran una amenaza cierta y no legítima: la invasión de redes donde se acumula todo, fluyendo lo bueno y lo malo, confundiendo a un ciudadano que no siempre entiende que eso no es periodismo. Allí no hay editores responsables, al punto que han aparecido hasta intentos de agresión internacional manejados por esa vía. A lo que se añade una competencia muy despareja en el mercado publicitario, casi acaparado por los monstruos internacionales.

Más que nunca, entonces, todo ciudadano de la democracia ha de entender a cabalidad lo que significa El País en el actual escenario público. Su pluralismo informativo y su libertad crítica, ejercida con respeto para todos, es un patrimonio colectivo. No siempre podremos concordar con sus dichos ni con la valoración de los temas, pero su presencia es una referencia fundamental. Luego de la caída de periódicos tan históricos como El Día, es mucho más que el vocero del pensamiento del nacionalismo independiente. Es una voz republicana a la que nadie puede ser indiferente y a la que auguramos otro siglo de presencia.

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