A pocos metros de Shibuya Scramble Crossing, uno de los cruces peatonales más famosos del mundo, ubicado en Tokio, Japón —por donde pasan entre 2.500 y 3.000 personas simultáneamente en cada cambio de semáforo—, hay una bodega. Shibuya Winery Tokyo, situada en el Miyashita Park, es una de las bodegas urbanas más conocidas a nivel internacional. Ese establecimiento, junto a las londinenses Blackbook Winery, Vagabon, London Cru y Renegade Urban Winery, y a las neoyorquinas Brooklyn Winery, City Winery New York y Red Hook Winery, es uno de los tantos exponentes de una tendencia global: la producción de vino en la ciudad.
Estos proyectos, que combinan en muchos casos el vino, la gastronomía y el arte, también tienen su lugar en el panorama vitivinícola uruguayo.
Las bodegas urbanas locales consultadas para este informe explican que esta modalidad de negocio les permite acercarse cada vez más a los consumidores que valoran el vino como una experiencia.
Diego Spinoglio, presidente del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INAVI) comentó a El Empresario que si bien siguen siendo minoría dentro del panorama general del sector, estas bodegas se destacan por una producción de pequeña escala, artesanal y que «busca la diferenciación».
Además, sus propuestas están muy vinculadas al sector turístico, agregó.
Reconexión
Flora Bodega Urbana (hermana de Los Nadies) abrió en 2018 en el Prado. Allí muele la uva, la fermenta, produce vino, lo embotella y lo vende al público en un entorno natural, con un jardín de plantas nativas.
Además de esa actividad, la empresa realiza degustaciones de vinos que combina con diferentes propuestas gastronómicas como chocolates o picadas. También organiza con frecuencia cenas y recibe a grupos de personas, clientes particulares e incluso equipos de empresas en actividades corporativas. Esta última experiencia se ha vuelto muy popular, comentó su director, Manuel Filgueira.
Aunque reconoce que la bodega urbana se ha extendido, recordó que en su niñez era bastante común ese modelo en Montevideo. «Era algo culturalmente muy típico de Uruguay, que en ese sentido siempre fue adelantado. Culturalmente, Uruguay en el mundo del vino fue muy pesado», indicó.
Flora produce hasta 10.000 botellas de vino al año, con uvas obtenidas de sus viñedos de Cuchilla Verde, en Canelones.
«Vamos creciendo; a medida que el público nos demanda un poquito más, producimos un poco más», explicó Filgueira.
El empresario sostuvo que, durante un tiempo, «hubo una desconexión de la gente con el vino; ahora se está viendo una reconexión y una moda de ir a buscar el vino directamente a la bodega». Esa dinámica, que también ha motivado una mayor búsqueda de información y conexión entre el consumidor y el bodeguero, ha favorecido el negocio de algunas empresas del rubro, evaluó.
Tradición
En 1886, Domingo Falcone, un inmigrante italiano, abrió una bodega en Paysandú. Su nombre fue «Granja 20 de setiembre», aunque hoy se la conoce como Bodega Leonardo Falcone. Con el tiempo, la ciudad se fue desarrollando y acercando a lo que antes eran campo y viñedos, hasta que el proyecto vitivinícola se integró al tejido urbano. Hoy la bodega sigue en pie y es conducida por la cuarta y quinta generación de la familia.
La enóloga Carolina Falcone, quien se define a sí misma como «sucesora de la tradición» familiar, es bisnieta del fundador y actual titular de la empresa, que tiene venta de vino al público y también realiza actividades turísticas.
Actualmente, el vino que producen los Falcone se elabora con uva que proviene de sus viñedos ubicados a pocos kilómetros de la ciudad. Sin embargo, hasta hace unos años, las viñas del fundador aún se encontraban dentro del propio establecimiento. Al año, procesan 500.000 de kilos de uva.
En el establecimiento se elaboran vinos de mesa y finos con cepas como Tannat, Merlot, Marselan, Cabernet Sauvignon, Syrah y Chardonnay.
Parte de la producción se comercializa en el mercado local y otra se destina a la exportación. Allí también se produce jugo de arándanos.
Falcone valora la cercanía con la ciudad, que le permite a la bodega estar al alcance del consumidor de sus vinos, hoy más informado al momento de elegir qué tomar.
«Lo lindo de los vinos es que siempre tienen una diferencia, y la libertad del que los aprecia, en el momento de elegir, hace la diferencia», comentó.
Para la empresa, estar inserta en la ciudad contribuye a generar un vínculo con la comunidad local. En ese sentido, Falcone recordó que todos los años, cuando se muele la uva, se comunica cuando tienen jugo fresco para que las personas puedan acercarse rápidamente.
Según dijo, ve a Paysandú cada vez «más linda» y le encantaría seguir desarrollando la propuesta de la bodega para «trabajar más el potencial de estar dentro de la ciudad».
Puertas adentro
En 1991, la bodega familiar Giménez Méndez comenzó a funcionar en la ciudad de Canelones, en las instalaciones de una firma del rubro que datan de 1927.
Cuando abrió sus puertas por primera vez, la bodega estaba rodeada de campo, pero con el tiempo la ciudad fue creciendo a su alrededor y la urbanización se fue acercando, junto con el interés local por el vino.
Hoy, Giménez Méndez elabora vinos con uvas que llegan de viñedos ubicados en la zona rural de Montevideo, en Los Cerrillos y en Las Brujas, que se venden en Uruguay y el exterior. Por año, la bodega produce cerca de 1 millón de botellas.
Los vinos se pueden ir a comprar al establecimiento —aunque este no es su principal punto de venta— y la empresa prevé abrir por primera vez las puertas de la bodega al público en setiembre de este año, con una propuesta enológica y gastronómica, informó su director, Mauro Giménez Méndez, quien valoró que esta innovación es el puntapié inicial para desarrollar más actividades.
«Vamos a ofrecer una vez por mes catas en pasos, acompañadas con una propuesta muy fina, un catering de algo nivel», anticipó. «Siempre decimos que somos una bodega de puertas adentro, que se caracteriza por vinos de calidad, y queremos que la gente empiece a conocer la bodega por dentro. Lo que estamos buscando con esto de abrir las puertas es poder ofrecer al público los mejores vinos que producimos», explicó.
Más allá de su carácter urbano, estas bodegas mantienen la esencia del vino uruguayo, en un formato que busca acercar la producción al consumidor y transformar la experiencia enológica.
En 2025, abrió City Winery en Parque Rodó, un proyecto de Bodega Pizzorno. Francisco Pizzorno, codirector junto a su hermana María Clara, explicó que no se trata de una bodega, ya que allí no elaboran, sino de «un centro de interpretación del vino» en el que quisieron, a través de diferentes experiencias, reproducir el proceso del vino y acercarlo a Montevideo. Con trayectoria en la vitivinicultura, comenzaron a detectar las dificultades que enfrentaban muchos clientes para visitar las bodegas del medio rural, como el traslado. Por eso decidieron, inspirados en la Heineken Experience de Amsterdam, recrear la experiencia de la fábrica, como si se estuviera en ella.
Si bien nació con un enfoque turístico, la mayoría del público es uruguayo. El espacio realiza degustaciones, catas y ofrece una propuesta gastronómica que se acompaña con vinos de 12 bodegas locales. Cada seis meses se suman cinco bodegas, una por región.
-
Enoturismo en Uruguay, un negocio que ya suma más de 50 bodegas locales y capta público de Brasil
Trabajó con los mejores hacedores de vino del mundo, regresó a Uruguay a crear su bodega y hoy vende en el exterior
Pizzorno, la bodega familiar uruguaya que exporta vinos finos a 12 países y redobla su apuesta al mercado local
Giménez Méndez exporta primer Malbec alta gama
Enoturismo en Paysandú: esta es la historia de una de las bodegas más antiguas de Uruguay