Montevideana, madre de tres hijos y abuela de nueve nietos, Patricia Damiani asegura que un pilar fundamental es la unión familiar. Entre las enseñanzas que la han marcado destaca una frase: “Más vale la felicidad que la rentabilidad”. Preside Conpriste Acisa, empresa que lleva en sus siglas el nombre de sus hijos (Constantino, Priscila y Stefanía) y que desarrolla actividad ganadera, forestal y olivícola en los departamentos de Salto, Río Negro y Soriano.
Más que productora, se considera empresaria agropecuaria. Desde ese rol, destaca que Uruguay tiene grandes oportunidades de crecimiento en diferentes mercados a través de la producción de alimentos y que para seguir desarrollándose debe cuidar un activo fundamental: su seguridad jurídica. Preside una firma dedicada a ganadería, forestación y olivicultura y en esta entrevista analizó la actualidad de un sector clave para el país como el agro.
—Uruguay compite internacionalmente con su producción agroindustrial. ¿Cómo observa el país como escenario para hacer negocios?
—En nuestro país somos 3 millones de habitantes y sin embargo producimos alimentos para 20 millones. Realmente nuestra producción es local, pero nuestro escenario es global, y exportamos la mayor parte de lo que hacemos. A nivel local creo que no hay competencia entre productores, al contrario. Como productora me comunico con la industria frigorífica, y voy entendiendo cómo van cambiando los mercados y sus exigencias. Antes un novillo de 400 kilos se podía mandar a faena, ahora se exige que por lo menos sea de 500 kilos. Como productores nos tenemos que ir actualizando. Siempre digo que, además de productora, sobre todo soy empresaria agropecuaria, porque estoy siempre con los números. Por ejemplo, en la zafra pasada de (cultivos de) verano, los granos —tanto el maíz como la soja— no valían, entonces era mucho mejor para la ecuación hacerlos carne. Ahí la herramienta de feedlot, del engorde a corral, resulta fundamental y es uno de los eslabones que más valoro y más nos hacen competir. Como representantes del país, los productores agropecuarios tenemos responsabilidades en cuanto a la trazabilidad o temas sanitarios, en los que somos sumamente respetuosos. También está vigente el plan de uso y manejo responsable de suelo. Por más que algo sea súper rentable, como era antes plantar soja, tenemos que hacer rotación de cultivos para cuidar el suelo, que es el único recurso finito que hay. Por ejemplo, después de tener cuatro años de agricultura, esa fracción de campo pasa a un “descanso”, hacemos una pradera y eso ayuda al aporte de nitrógeno. Como productores somos súper respetuosos de las exigencias que tenemos.
—El campo nuclea a algunas de las principales industrias del país. ¿Considera que Uruguay valora suficientemente al sector?
—Cuando me preguntan si me voy para afuera, siempre respondo: “No, no me voy para afuera, me voy para adentro”. Porque realmente el campo es donde se produce el PBI uruguayo, en todos los rubros: la forestación, los granos, la carne. Nosotros ahora también tenemos la olivicultura, la producción de aceite de oliva. Creo que falta un poco inculcarles a las nuevas generaciones la importancia que tiene el agro para el país y el mundo. La caminería (rural) está mucho mejor, los puentes, los puertos y la infraestructura también, y eso está bueno, porque no es una limitante. Hay un proyecto de un puerto en la Laguna Merín que sería fantástico, porque tenemos los puertos de Nueva Palmira y Montevideo y estamos muy bien ubicados.
—¿Qué reforma cree que ayudaría al país a mejorar a nivel de competitividad?
—Tenemos costos, por supuesto. Por ejemplo, se ve en cuánto tiene que rendir una hectárea de un cultivo para poder cubrir los costos de implementación; (ese rendimiento) es mucho más alto que en Argentina o Brasil. El precio del combustible también afecta; tenemos que ver alguna manera de bajar (el costo de) la energía. Ahora hay otras fuentes de energía renovables que van a ayudar, como la fotovoltaica, la solar o el hidrógeno verde, que amplían el abanico de opciones. Pero el país también tiene otras ventajas como la seguridad jurídica, algo que los inversores consideran muchísimo, porque saben que si vienen a invertir en cualquier rubro este es un lugar seguro. Por eso tenemos que cuidar la seguridad jurídica, porque es fundamental.
—El agro ha visto la llegada de nuevos inversores, locales, extranjeros y también outsiders del sector. ¿Cómo visualiza ese fenómeno y el clima inversor?
—Yo siempre digo que fueron los argentinos los que nos enseñaron a plantar soja, porque acá no se plantaba. Lo mismo pasó también con los feedlots. Me acuerdo de que el primer nutricionista de mis animales era argentino, porque hace más de 25 años acá no había. Cuando empecé era una outsider porque no sabía nada de campo. Me quedé viuda muy joven y fue la única vez que desobedecí a mi padre, el contador (José Pedro) Damiani, que me decía: “Vendé el campo porque no sabés nada de campo”. Y yo le respondí: “No, voy a aprender”. Fui a clases en la Universidad de la Empresa y aprendí. Tengo esa impronta de empresaria, siempre voy con la calculadora y no es que me aferro a las tradiciones del “siempre se hizo así”. Soy sumamente dinámica, y si mañana me dicen que en vez de carne hay que producir aves o lo que sea, me abro y veo cuál es la opción más rentable.
—Teniendo en cuenta esa experiencia, ¿qué le parece Uruguay como lugar para emprender?
—Creo que va en la actitud de cada persona. Hay lugares del mundo a los que yo no iría a invertir, pero en Uruguay sí, siempre cuidando la propiedad privada y la seguridad jurídica. Son elementos que hay que seguir protegiendo para atraer inversores. Más allá del partido político que esté en el gobierno, es necesario que eso se respete. Gracias a Dios hemos tenido una buena experiencia, eso se ha respetado y por eso los inversores vienen al agro y otros sectores como el inmobiliario.
—¿Ha cambiado el sector agropecuario con la llegada de nuevos perfiles de inversores?
—Lo que hay que hacer hoy en día es ser más intensivo en la explotación y aplicar tecnología. Eso es fundamental. Y la tecnología está llegando mucho al agro. Por ejemplo, antes se fertilizaba con 50 kilos de fertilizante por hectárea y ahora la máquina hace un mapeo y si hay una zona en la que tiene que aplicar 100 kilos y en otras 20, las identifica y lo hace. Eso ayuda a la competitividad. Hay que cuidar los costos, pero saber también a qué cosas destinar esos costos. En algunos departamentos el campo ha cambiado. Un caso es Maldonado, donde crece la parte inmobiliaria en el sector rural. También hay que ver si se da el puerto en Laguna Merín; sería muy bueno porque los fletes para la agricultura son muy caros. Los granos que producís se cotizan con la cosecha puesta en (el puerto de) Nueva Palmira, entonces, por más de que haya tierras fértiles en el este, si tenés que pagar US$ 50 por tonelada producida, para la competitividad es un tema. Entonces, si mejora la ubicación del puerto, es algo bueno. También hay otros incentivos para invertir, como los proyectos de Comap (Comisión de Aplicación de la Ley de Inversiones). Eso ayuda mucho a aplicar tecnología. Nosotros implementamos el riego utilizando inversiones de este tipo y cambió totalmente. En un campo en Salto, que es de basalto superficial, nadie podía creer que se pudiera tener feedlot, porque los cultivos rinden menos, pero teniendo la tecnología del riego es otra cosa. Cambia el libreto: se trata de aprovechar las herramientas que tenemos para trabajar.
—¿Cómo afectan los conflictos bélicos en el mundo a la demanda de productos uruguayos?
—Nuestro destino más importante para la carne es la Cuota 481, que va a Europa. Pero también hay otros commodities en los que China marca la demanda y los precios a nivel mundial, como la carne o el trigo. Todo se ha globalizado mucho, pero por más que haya guerra no se deja de comer. Tenemos la certeza de que aunque suban los costos, la demanda sigue existiendo. Eso, como país agropecuario, nos da respaldo. Hoy los mercados tienen exigencias y los consumidores valoran cosas como el cuidado del medioambiente. Nosotros tenemos certificación LSQA que muestra que no contaminamos. Por un lado, el gas metano de los animales contamina, pero forestamos, y eso es un plus y un empuje para la producción. Ser productor de alimentos es una gran responsabilidad.
Desafíos para los productores del futuro
—El recambio generacional afecta a todo el agro. ¿Cuál cree que es el desafío de los nuevos productores?
—En Uruguay tenemos que poner foco en que las nuevas generaciones tengan buena conectividad en el campo, y mostrar que perfectamente podés ser un empresario agropecuario sin tener que irte del todo a instalarte allí. Creo que los desafíos de los nuevos productores fueron también mis desafíos: hacer sinergia entre el campo y la ciudad, por ejemplo. Hoy existe mucha conectividad aérea, hay muy buenas empresas de ómnibus y muy buena infraestructura en carreteras. Además, con toda la tecnología que hay, como drones o cámaras, podés ir haciendo el seguimiento de los animales o los cultivos. Hasta podés ver si llueve, desde un celular. Tenemos que darle a las nuevas generaciones la certeza de que trabajar en el campo es algo dinámico.