La ministra hizo caso a gremios y se arrepintió

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Manuel Ramos | Dueño del Expreso Pocitos y Presidente de Casa de Galicia

Nació en 1942 en un pueblo de La Coruña llamado Arzúa. A los 18 llegó a Uruguay sin saber bien lo que quería, pero con la convicción de escapar al servicio militar de su país. Su primer trabajo fue como limpiador y mozo en el bar Rodelú de Malvín, pasó por otros bares y terminó comprando en 1974 el mítico Expreso Pocitos de Benito Blanco y Avenida Brasil, que cumple cien años de vida. Dice que aprendió en la "universidad de la calle"; hoy también es dueño del restorán Nuevo García en Carrasco y preside Casa de Galicia desde el 2007, que le ocupa mucho tiempo. Está casado y tiene dos hijos.

Por Gastón Pérgola | gpergola@elpais.com.uy

A los 18 años -en 1960- dejó La Coruña y decidió emigrar a Montevideo ¿Con qué fin?

En verdad no sabía a qué venía. A esa edad uno es un aventurero. Tenía un hermano mayor viviendo acá y nos preguntó a los once hermanos si alguno quería venirse. En ese momento yo tenía dos opciones: ir al servicio militar obligatorio en España o armar las maletas y viajar a América. Para mí Uruguay no existía, era `venir a América`. Por suerte me fue bien aquí, pero he tenido que trabajar duro y parejo. Ojo, también me divertí en mi juventud, no fui de esos que vino y se quedó atrás del mostrador contando dinero.

¿Cuál fue su primer trabajo?

A los ocho días de llegar conseguí un lugar en el bar Rodelú de Malvín. Un vecino español, hoy socio mío, me llevó. Estuve diez meses e hice de todo. Lavé copas, baños, estuve atrás del mostrador, hice churros, fainá y fui mozo. De a poco fui aprendiendo del negocio. Luego mi patrón compró un bar en Propios y Arrieta (Bar Modelo) y para sorpresa lo puso a mi nombre. Mi jefe quería jubilarse pero en aquella época como patrón uno se jubilaba muy mal. Entonces compró el local a mi nombre y se anotó como empleado. Ahí estuve hasta 1966. Junté plata y compré un bar en Garibaldi y Requena (Bar Uruguayo). Ya en 1974 compré el Expreso Pocitos, con dos socios más. Hasta el día de hoy sigo enamorado de esta esquina.

El Expreso Pocitos cumplió cien años de vida. ¿Cuántos dueños tuvo?

Se inauguró en 1910 y en cien años solo tuvo tres dueños. Es toda una institución en Pocitos, un bar de referencia. Lo mejor que ha tenido este bar es haber sabido adaptarse a los nuevos tiempos. La gastronomía cambió como todo en la vida y el comensal es cada vez más exigente y sofisticado. El Expreso se ha ido acoplando a eso. Si no fuera así, hoy no estaríamos vivos. Seríamos historia como muchos otros bares que ya no existen.

¿Cuál es el cliente del Expreso Pocitos?

A este bar lo visita toda la sociedad. Desde políticos, empresarios, músicos, de todo. Es un público muy heterogéneo. En esta casa es bien recibido el de la alta sociedad como el más humilde. Acá no tenemos distinguidos. Vienen por algo que los atrae: la zona, porque es una tradición, porque es un lugar de encuentro o porque se toma buen café. Convengamos que es una zona linda de la ciudad.

Precisamente su bar se ubica en una esquina privilegiada. ¿Nunca pensó en cerrar la cortina y vender a buen precio?

(Piensa) No. He tenido alguna tentativa pero por ahora no pienso en vender. Quizás dentro de unos años lo evalúe, cuando ya esté pensando más en el retiro. Hay mucha nostalgia también. Sería lindo también que siguiera de generación en generación y mantuviera una tradición. Pero eso ya no depende de mí.

Usted no es el clásico cantinero de barrio. Tiene otro emprendimiento gastronómico y es el actual presidente de Casa de Galicia.

Formo parte de una sociedad en el restorán Nuevo García de Carrasco y desde agosto de 2007 presido Casa de Galicia, una institución de asistencia médica colectiva sin fines de lucro, cuyos dueños son los socios. También la presidí un año y medio antes de la intervención del gobierno, que fue cuando tuve que alejarme aunque después la propia ministra de Salud me vino a buscar.

¿Por qué lo volvió a buscar la ministra?

Cuando asumió el Frente Amplio los sindicatos pidieron la intervención de Casa de Galicia y el gobierno se la concedió. Nosotros nos tuvimos que retirar. Hasta ese momento habíamos dejado a la institución con un superávit de US$ 1.8 millones, cuando en 2002 estaba a punto de fundirse, con una hipoteca de US$ 8 millones en el Banco Comercial, un pasivo de US$ 46 millones y un déficit mensual de 46%.

En los nueve meses que estuvo el gobierno dejó a la institución con 13% de déficit y varios millones de pesos de déficit, además de un sueldo sin pagar a los funcionarios. Fenómeno… estaban ellos, nosotros nos fuimos calladitos la boca. No quisimos hablar nada y nunca hablé nada, preferí no decir nada.

A los seis meses de la intervención me llaman de parte de la ministra de Salud, que quería hablar conmigo. Me dijo que quería tener una reunión. La invité a cenar al Nuevo García. Vino con una doctora de Casa de Galicia que también estaba en la intervención y la reunión duró desde las 20 horas hasta las 12 de la noche. Ahí me ofreció devolverme la institución y me reconoció que había sido un error intervenirla en su momento. Que le hicieron caso a los gremios y se equivocaron. Yo le dije que era difícil lo que me pedía. Pero le puse algunas exigencias, le di un papel con diez puntos para que me arreglara al menos cuatro o cinco. En realidad me arregló muy pocos. Le dije que no quería que me la devolvieran sino que llamaran a elecciones. Nos interiorizamos un poco sobre cuál era la situación, hicimos una auditoría externa y la verdad los números daban el cierre total, no había forma de gestionarla después de la intervención.

¿Cuál fue la solución?

Me fui a España, a Galicia, y hablé con la Xunta. Les expliqué la situación. Hicimos un convenio por dos millones de euros para obras y equipamiento y firmamos un convenio con los funcionarios. Se formó una comisión y ahí trabajamos seis meses para lograr llegar a un acuerdo. Se elaboró un proyecto de viabilidad con algunos profesionales de Casa de Galicia y la institución empezó a merjorar. Hoy estamos en 60.000 socios. Casa de Galicia ha absorbido mucho de mi tiempo.

Gallegos y uruguayos están a mano

¿Faltan emprendedores en este país?

No. Lo que faltan son oportunidades. Hoy es mucho más difícil que en mi época. Si no hay quién te de una mano o encuentres una herencia de familia resulta muy difícil de verdad.

¿Qué reputación tienen los gallegos en Uruguay?

Una buena imagen, de gente trabajadora, sana y noble. Le hemos dado mucho al Uruguay y el Uruguay nos ha dado mucho a nosotros. No nos debemos nada.

¿Le molestan los chistes de gallegos?

No, para nada. Hay algunos que recibo con más beneplácito que otros. Incluso en algunos casos reconozco que nosotros nos hicimos justificadamente acreedores de esos chistes.

Trabajar veinte horas por día "ya fue"

¿Qué cosas debe mejorar el país para seguir creciendo?

Somos un país pobre que a veces quiere hacer cosas de ricos. El Estado es más grande de lo que tendría que ser de acuerdo al país que somos. El gasto público y del gobierno ha sido demasiado y eso hace que nos cueste mucho más llegar a los objetivos.

En el último tiempo se desarrollaron muchas inversiones españolas en el país.

Es un país serio, sobre todo porque respeta las inversiones. Eso hoy en día no es poca cosa. Fíjate tú lo que está pasando en otros países donde se expropia todo. Hay que respetar determinadas inversiones que en su momento le sirvieron a los países.

La cultura del inmigrante gallego se centró en el trabajo de sol a sol ¿Hoy ya no es así?

A mí me sirvió pero los tiempos cambian. Trabajar 14 o 20 horas por día hoy ya fue, es retrógrado.

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