RR.HH.

«A las empresas les falta entender la diversidad y la integración»

La visión del gerente de felicidad que se crió en una villa y hoy une barrios con empresas.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Cerezo. "En el sector privado no existe la solidaridad. Yo venía de otro palo". (Foto: La Nación/GDA)

A sus 32 años de edad, Daniel Cerezo es famoso por haber sido gerente de Recursos Humanos y de Cultura y Felicidad en la fábrica de alpargatas Páez. El hambre, el frío y la necesidad de trabajar de chico para subsistir no le fueron desconocidos, como tampoco la solidaridad de su barrio y la guía de la concertista Liliana Alpern. Con ella, que enseñaba piano en un centro comunitario, aprendió a tocar desde música tropical hasta Beethoven. A los 14 años, Cerezo decidió que debía devolver a su comunidad lo aprendido. Estudió psicología social, lideró proyectos comunitarios y enseñó a presos del penal de San Martín.

Ahora, con su empresa Creer Hacer busca replicar su experiencia en Páez en otras compañías. Organiza charlas en los barrios con testimonios de referentes y líderes barriales sobre sus historias particulares, y lleva docentes de escuelas de negocio a dictar cursos de liderazgo. Para las empresas, brinda el programa «Vuelta de tuerca»; son talleres basados en los testimonios reales de oradores barriales a partir de los que se trabajan diversos temas corporativos.

—¿Qué se pueden aportar los barrios y las empresas?

En el sector privado vi esta cosa espantosa de «vamos a medir tu competencia», la ambición por hacer carrera... me di cuenta de que el saber no se comparte, porque si tal persona quiere un puesto no va a compartir con otro que también lo puede querer. No existe la solidaridad. Yo venía de otro palo y pensaba que si todos compartíamos lo que sabíamos podíamos crecer como comunidad. Y lo que las empresas pueden aportar al barrio es la formación profesional, organizarse y armar procesos. Planes estratégicos.

—Cada vez hay más gerentes de felicidad en el mundo. Hay quienes critican que las empresas se preocupan por el tema porque cuanto más feliz es la gente, es también más productiva.

Estoy de acuerdo con las críticas en muchas cosas. Se puede ver desde esa perspectiva, de que a la empresa le conviene, pero es cierto que al empleado también, porque hay alguien preocupándose por su bienestar profesional y personal. La empresa gana pero la gente también. De todos modos, cualquier empresa que solo tenga esa visión es muy cortoplacista. Pasa lo mismo con la RSE; se dice que las empresas buscan tener la conciencia más limpia. Tarde o temprano las personas se dan cuenta de si se hace por convencimiento o por conveniencia.

—Suele decir que el dinero no es todo lo que buscan las personas para su felicidad.

Es mucho más sencillo de lo que uno cree. Si trabajás conmigo y sé que te gusta tomar mate, entonces en mi empresa siempre habrá yerba. Pero si sé que te gusta la yerba de una marca y compro esa, hay una diferencia. No te tengo que llevar al Colón, que está buenísimo, para hacerte feliz. La felicidad se construye generando un vínculo y éste generando confianza y ésta con respeto.

—Al hablar de diversidad muchas empresas se enfocan en el género y en las edades de los empleados y menos en de qué sectores social provienen.

Estoy en contra de hablar de inclusión. Quiero decir, ¿cuando yo vivía en la villa no estaba incluido? Yo hablo de transformación. No es cuestión de incluir sino de respetar, aceptar la diversidad, y aprender a construir un nuevo código. Hay que trabajar para la integración más que inclusión.

—Si en una terna de candidatos para un puesto en una fábrica uno vive en una villa, ¿lo eligen?

No. Al principio pensé que eran unos hijos de su madre, pero es el miedo a lo desconocido, que es fuerte y paraliza. Las empresas tienen mucho que aprender. Les falta conocimientos para entender la diversidad y la integración en serio. No lo digo desde el rencor. Yo tenía muchos prejuicios sobre los empresarios, pero cuando entré al sector privado me di cuenta de que no era así. Imaginate los conceptos que deben tener ellos. Lo que más nos cuesta es el aprendizaje colectivo, no solo aceptar sino aprender. Y eso se logra generando oportunidades.
(La Nación / GDA)

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