Una recuperación algo decepcionante

| El repunte no tuvo la fuerza esperada y ya se admite que se está frente a una década perdida, como Japón en los noventa

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Este mes, Estados Unidos experimentará dos hitos económicos. La "flexibilización cuantitativa" (QE, por su sigla en inglés) de la Reserva Federal (Fed), que significa aflojar la política monetaria comprando bonos con dinero recién creado, llegará a su fin. Y la recuperación, para cuyo estímulo se designó a la QE, cumplirá su segundo aniversario.

A pesar de todos los estímulos monetarios y fiscales aplicados, la recuperación ha sido una desilusión. Aunque la posibilidad de que se produzca otra recesión es escasa, en una deprimente repetición del año último, una prometedora aceleración en las contrataciones y el gasto se está desdibujando.

Desde que finalizó la recesión, en junio de 2009, el crecimiento del PIB alcanzó un promedio del 2,8%, casi su tendencia a largo plazo. Luego de una depresión tan profunda, el ritmo es generalmente mucho más rápido. La brecha entre el PIB real y el PIB potencial se estancó en alrededor del 5% desde fines de 2009. Desde ciertos ángulos, el panorama se ve todavía peor: medida según el ingreso global sumado en vez de desde la perspectiva del gasto, la economía no es más grande que en 2006. La proporción de personas en edad de trabajar que cuentan con un empleo es menor que durante el peor momento de la recesión.

LA LECCIÓN JAPONESA. Recientemente, Larry Summers, que hasta diciembre fue el principal asesor en economía de Barack Obama, advirtió que Estados Unidos estaba a mitad de camino de una década perdida, similar a la que vivió Japón en los noventa. En aquel entonces, a los legisladores estadounidenses les gustaba dar lecciones a los japoneses respecto de cómo escapar de sus aprietos. Tim Geithner, que en ese momento era un funcionario del Tesoro y ahora es secretario de esa entidad, presionó a sus pares japoneses por una mayor cantidad de estímulos fiscales. Ben Bernanke, que era un académico y ahora preside la Fed, denominó la incapacidad de curar la deflación por parte del Banco de Japón un caso de "parálisis autoinducida".

En verdad, la respuesta inicial de Estados Unidos a su propia crisis y recesión se inspiró en las lecciones de Japón. Desde que Obama asumió la presidencia, se ha inyectado alrededor de 1,2 billones de dólares en estímulos fiscales. La Fed rebajó las tasas de interés a prácticamente cero y luego, en dos rondas de QE, compró 2,3 billones en bonos respaldados por el gobierno y por hipotecas.

Pero, últimamente, los líderes estadounidenses han mostrado los signos de inercia por los cuales solían reprender a Japón. Obama sugirió extender un recorte en el impuesto sobre la Seguridad Social de los empleados, aprobado en diciembre, pero la mayor parte de su atención, y de la de los republicanos, está ahora puesta en rebajar el déficit presupuestario. A los funcionarios de la Fed que entusiastamente respaldaron la QE ya casi no les agrada más.

Desde la Depresión, los gobiernos estadounidenses han considerado que es un deber utilizar la política macroeconómica para reducir el desempleo. Ese deber fue codificado en la ley de empleo de 1946. En lo sucesivo, dice Brad DeLong, un historiador dedicado a la economía en la Universidad de California, Berkeley, "el gobierno que no lograba un rendimiento macroeconómico aceptable era un gobierno fracasado".

Los legisladores posteriores a esa época aprendieron que no podían aspirar a una tasa mayor de empleo si eso significaba alimentar la inflación con una política monetaria laxa o desplazar la inversión privada con préstamos públicos. Nada de eso sucede en la actualidad. La falta de apetito por lograr un mayor estímulo tiene más que ver con una creencia, particularmente entre los republicanos, de que la intervención en la escala presente es tan ineficaz como peligrosa. John Boehner, el vocero de la Cámara de Diputados, dice: "Muchos de nuestros problemas se remontan a una creencia equivocada de que (la economía) puede controlarse o que se puede ejercer sobre ella un excesivo y minucioso control". Mitt Rommey, el favorito del partido como candidato a presidente, señaló en un debate de candidatos, el 13 de junio, que Obama "no creó la recesión, pero sí la empeoró y la prolongó".

Esas visiones obtuvieron el respaldo académico de John Taylor, de la Universidad de Stanford, quien afirma que los traspiés de la economía surgen del abandono de políticas monetarias y fiscales predecibles y que se basan en las normas. Los rescates y los estímulos de George Bush hijo y de Obama, y el préstamo de emergencia y la QE de la Fed, afirma, sembraron una paralizante incertidumbre. Él considera que profundos recortes en el gasto revertirían este efecto y en consecuencia, generarían gasto privado y crecimiento.

Para esto apenas existe un tenue respaldo empírico cuando las tasas de interés están cerca de cero. Un caso más fuerte contra otra flexibilización fiscal es el que plantea Carmen Reinhart, del Instituto Peterson. En las 15 crisis que estudió con su esposo, Vincent Reinhart, del Instituto Estadounidense de la Empresa, las respuestas políticas variaban ampliamente, pero el resultado no: un crecimiento inferior y prolongado. La razón era que la crisis tenía una causa común: una deuda excesiva que únicamente se podía corregir mediante un largo período de reducción del apalancamiento. Las familias estadounidenses han dado el primer paso en esto, pero sus deudas todavía están muy por encima de la tendencia previa a 2000. Reinhart considera que un mayor estímulo fiscal simplemente pospone el ajuste necesario, porque reemplaza a la deuda privada por un préstamo público incluso mayor.

La crisis de la deuda soberana de la zona del euro ha recordado a los gobiernos de todo el mundo que una abultada deuda pública arriesga más que simplemente el desplazamiento de la inversión privada. Puede, en casos extremos, acarrear insolvencia.

Las posibilidades de que en Estados Unidos se produzca una crisis al estilo de la de Grecia son bajas, dada la condición del dólar como moneda de reserva, pero no nulas. Según las tendencias de hoy, la deuda de Estados Unidos está aumentando de modo insostenible. Para 2016, el déficit total del gobierno será del 6% del PIB, según estimaciones del FMI, lo cual se ubica bastante por encima del nivel de comodidad relacionado con la estabilidad de la deuda. Prácticamente, nada de ese déficit será producto del ciclo económico.

El gobierno de Obama ha debatido mucho sobre los méritos relacionados con un mayor estímulo fiscal. Christina Romer, que fue la jefa del Consejo de Asesores en Economía de Obama, señala que un estímulo fiscal casi inmediato, implementado mediante el fomento del empleo y el ingreso, reduce la presión que experimentan las familias al tener que pagar la deuda, en tanto que una austeridad prematura podría empeorar el ciclo de crecimiento más débil y menor apalancamiento.

Desde que Romer y Summers dejaron la Casa Blanca el año último, sin embargo, la visión opuesta ha imperado. En una reciente reunión, un funcionario repetidamente dijo a los periodistas que el foco del gobierno sobre la reducción del déficit era necesario para mantener la confianza. Esto puede ser tanto una concesión a la realidad política como una declaración de preferencia económica. La Casa Blanca está negociando reducciones en el déficit de entre 1 billón y 4 billones de dólares en los próximos 10 a 12 años para lograr el acuerdo de los republicanos respecto de aumentar el límite sobre la deuda federal. Sin un incremento, el tesoro no podrá pagar algunas de sus cuentas el 2 de agosto.

A los asesores de Obama todavía les gustaría asociar el estímulo fiscal a corto plazo con un ajuste a largo plazo. Recientemente, algunos funcionarios sugirieron extender el recorte sobre el impuesto a las remuneraciones, acordado en diciembre pasado, que expirará a fines de 2011, por un año. Summers también ha solicitado un recorte al impuesto que grava las remuneraciones de los empleados. Funcionarios del gobierno consideran que ambas sugerencias podrían ser parte de un paquete que reduzca el déficit en diez años y eleve el tope de la deuda. Pero no está bien definido si los republicanos aceptarán.

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