Ya lo escuchamos hasta el cansancio: Uruguay necesita crecer más. Lo repetimos casi como una plegaria. Pero mientras seguimos discutiendo el deber ser, la realidad empieza a tirar de la manga: el producto se está enfriando. No estamos ante una crisis ni mucho menos, pero sí frente a una pérdida de dinamismo que ya se siente en varios frentes.
El último dato del Indicador Mensual de Actividad Económica (IMAE) indica que la economía prácticamente no cambió respecto a noviembre de 2024. El mercado laboral sigue el mismo patrón: los indicadores de empleo, en términos desestacionalizados, están en niveles similares a los de abril. Y aunque en el último año se generaron 19 mil puestos de trabajo, esta cifra es claramente menor a la del mismo período de 2024, cuando el aumento interanual alcanzaba los 38 mil. Distintos números, misma conclusión: la actividad está más fría.
Desde el mundo empresarial, el panorama luce relativamente similar. La Encuesta de Expectativas Empresariales de Exante muestra un deterioro gradual tanto en la evaluación del desempeño actual como en las perspectivas para los próximos meses. También cayó la percepción del clima de negocios. Ya son varias las empresas que este año han armado las valijas para marcharse de Uruguay en busca de condiciones más favorables en la región.
Si realmente queremos crecer más, necesitamos un tejido empresarial más robusto: más empresas, invirtiendo más. Ese es el camino para crear empleo de calidad y mejorar los salarios. En una economía estancada, en cambio, las decisiones siempre suponen trade-offs: o se prioriza el empleo o se prioriza el salario real, pero es difícil que ambos avancen a la vez. La experiencia uruguaya muestra que, en contextos de bajo crecimiento, el aumento salarial terminó acompañado de caídas en el empleo. Más y mejores oportunidades, solo aparecen cuando la actividad está en movimiento.
La pregunta entonces es cómo lograr que más empresas decidan instalarse o expandirse en Uruguay. Una buena pista es mirar por qué algunas están eligiendo irse. Aunque cada caso tiene matices, hay un diagnóstico recurrente: operar en Uruguay es caro. Los costos laborales son un componente central. Para el lector, el salario líquido puede resultar alto, bajo o acorde; sin embargo, hay que considerar también el costo total, incluyendo aportes personales y patronales. Ese monto supera en 45% el salario en mano, una de las brechas más elevadas de la región. Esto implica que por cada peso que el trabajador se lleva a su casa, la empresa desembolsa $1,45.
La estructura tributaria también pesa. La presión fiscal uruguaya se encuentra entre las más altas de América Latina, afectando tanto a empresas como a personas. No sorprende que las zonas francas, donde la promesa es la exoneración total de impuestos, sigan siendo la principal herramienta (por no decir la única) para atraer inversión.
Dicho esto, Uruguay también tiene fortalezas para poner arriba de la mesa. Estabilidad, previsibilidad y un sistema institucional sólido que, en comparación regional, es casi un lujo. Las reglas de juego son claras y no cambian de un día para el otro. Pero confiar únicamente en esa ventaja es jugar con fuego. Si los países vecinos —más baratos— logran estabilizarse aunque sea parcialmente, nuestra ventaja relativa se achica rápidamente. Necesitamos atributos propios, no quedar atados a la idea de que somos “los prolijos” de la región. Basar nuestra competitividad únicamente en esa estabilidad relativa es simplemente insuficiente. Porque cuando los demás mejoran, las carencias quedan expuestas. Uruguay necesita ser atractivo por méritos propios, no sólo por contraste.
Para atraer inversiones, y así poder alcanzar mayor bienestar, se requieren cambios más profundos. En la columna pasada repasamos reformas microeconómicas vinculadas al mercado laboral. En materia tributaria, sería deseable una estructura más liviana, pero ello choca con un gasto público elevado y, en varios ámbitos, poco eficiente. Mientras Uruguay no encare en serio una mejora del gasto, ni siquiera se puede plantear sobre la mesa un alivio tributario creíble.
En una charla reciente me preguntaron qué es más conveniente para Uruguay una Argentina creciendo o cayendo. Mi respuesta —y la sostengo plenamente— es que conviene una Argentina con buena salud económica. Es nuestra principal fuente de turistas, nuestro quinto destino de exportaciones; los lazos son innegables. Sin embargo, también es cierto que en los últimos años varias empresas argentinas se instalaron o expandieron capacidad en Uruguay debido al caos que se vivía allí. Ese tipo de oportunidades existen, pero son coyunturales: capitalizan el desorden ajeno, no nuestras fortalezas. Y ahí está el punto central. No deberíamos basarnos únicamente en que “a los demás les vaya mal”. En realidad, nos beneficia que a los países de la región les vaya bien. Pero para poder aprovechar esos beneficios al máximo, sin contratiempos, necesitamos un Uruguay que sea atractivo por sí mismo y no solo en comparación con las asperezas de la región.
Crecer más requiere de un país rentable, con reglas claras y costos razonables, capaz de generar las oportunidades que la población necesita. Uruguay tiene los recursos y la institucionalidad para lograrlo. La pregunta es si estamos dispuestos a hacer lo que hace falta: no esperar a que otros fallen para sacar ventaja, sino construir un entorno donde las empresas quieran invertir, los trabajadores puedan desarrollarse y la economía se mueva hacia adelante.
- La autora, Deborah Eilender, es economista e investigadora del CED.