OPINIÓN

Sobre el reparto de lo que no nos merecemos (I)

“El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo.” Albert Camus.

Foto: Reuters
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Me increpó que no lo felicitaba. Faltaban unos meses para su graduación y tenía en mano una oferta que, en las dimensiones relevantes era muy buena. Le dije que estaba orgulloso de él y que las felicitaciones no dependían del desenlace final (la oferta), que en gran medida era la decisión de un puñado de personas. Ese intercambio con mi hijo me dejó pensando en lo que representa merecer algo y en lo que significa estar orgulloso de los méritos de terceros o sentir pena por sus fracasos; en definitiva, en cómo definimos éxitos y derrotas. Más relevante para esta columna, me hizo reflexionar cómo esos aspectos se relacionan con nuestras preferencias sobre políticas redistributivas y en la, quizá, fortuna de vivir en una sociedad relativamente pesimista acerca del potencial individual.

Los economistas buscamos entender distintos desenlaces en base a decisiones y esfuerzos personales. Intuitivamente, no es sorpresa que la conclusión sea que esos dos factores, por sí solos, no pueden explicar éxitos y fracasos individuales: el azar juega un rol esencial en todos los aspectos de nuestras vidas. Nuestras características genéticas, las peculiaridades del entorno en el cual nacemos y crecemos, las personas que, sin que las elijamos, se cruzan en nuestras vidas, son algunos de esos factores. En fin, los aspectos que se nos presentan sin que medie voluntad de nuestra parte resultan ser fundamentales a la hora de explicar nuestros resultados relativos.

Claro, eso no significa que lo fortuito tenga la misma importancia para todos. Nuestras decisiones también pueden afectar la probabilidad de que seamos exitosos. Una dieta saludable no elimina por completo el riesgo de enfermedades cardiovasculares pero, con relación a una dieta en base a chivitos, disminuyen la probabilidad de que ocurran. Dicho de otra manera, no podemos eliminar el azar de las situaciones en las que nos encontramos, pero sí podemos hacer algo para que sea más probable obtener el desenlace deseado. El saber popular captura esa idea: a la suerte hay que ayudarla.

Es natural que el papel relativo del azar se traslade a discusiones sobre aspectos redistributivos; en definitiva, muchos éxitos relativos se juzgan, para bien o para mal, con la métrica del ingreso.

Debido a mi ignorancia, se me hace difícil discernir muchas distinciones entre la izquierda y la derecha que a muchos les resultan obvias. Quizá un matiz que sí me resulta distintivo es que, salvando extremos, éstas se pueden diferenciar de acuerdo al rol que se asigna a la participación del Estado en brindar redes de contención y, en términos generales, en la distribución del ingreso.

Dogmas aparte, esas posiciones debieran depender casi necesariamente, en nuestra visión sobre el rol de lo fortuito, en determinar la posición económica en la que nos encontramos. Esto es, ¿cuál es la justificación por clamores redistributivos si todo se puede explicar por decisiones y esfuerzos personales? ¿Cómo se justifica un laissez faire si el azar juega un rol primordial en la posición en la cual nos encontramos? Fuera posturas extremas o infantiles, ¿cómo se pueden justificar juicios de valor acerca de las posturas de quienes no comparten nuestras preferencias por aspectos redistributivos, cuando esas opiniones se basan en percepciones sobre el rol del azar?

Las discusiones sobre la redistribución entre economistas suelen usualmente enfocarse en el trade-off entre eficiencia y equidad. Aún cuando importante a la hora de reducir el debate a dimensiones con métricas medianamente objetivas, es tan solo uno de muchos de los tratamientos que se le puede dar a temas distributivos. En ese sentido, las ciencias sociales han volcado ríos de tinta estudiando la interacción entre meritocracia y desigualdad. (1) La disciplina económica no ha estado ausente de ese debate.

En un trabajo por demás interesante, Thomas Piketty presenta una teoría que busca entender preferencias políticas en cuanto a la redistribución (2). Un aspecto importante de ese trabajo es que brinda una explicación plausible para que individuos con ingresos similares, pero cuyos orígenes difieren, también difieran en sus votos. Una de las ideas fundamentales que surge de eso es que, quizá, una clave para explicar diferencias en el rol del Estado en la redistribución sea no tanto nuestro egoísmo y la búsqueda de rentas, sino la medida en la cual consideramos el azar en el resultado final (3).

En una sociedad pequeña e integrada como la nuestra, nuestros éxitos se encuentran intrínsecamente relacionados con la ayuda y el esfuerzo de muchas otras personas. Existen instancias en las cuales nuestros logros se encuentran tan contaminados por el azar que no cabe el lugar para que podamos sentirnos orgullosos de lo logrado. Pero lo converso también es verdad y tanto los éxitos como las decepciones pueden ocurrir a pesar de nosotros.

Incluso en círculos académicos y científicos, la meritocracia parece a menudo una utopía. Preferencias por, a modo de ejemplo, aspectos demográficos, a menudo juegan un papel que para quienes no tienen intereses creados, suele ser, cuando no entristecedor, desconcertante. Así, perjudicados, favorecidos y quienes no pueden ni quieren sacar provecho, son meros espectadores de lo que quizá con algo de razón podrían etiquetar como injusticia. La contracara es que a otros acaso la injustica les sonría; seguramente en algún momento todos hayamos estado de un lado y del otro.

Casi en las antípodas de la cita de Camus su conterráneo, el Marqués de Sade escribía al comienzo de ‘Justine o los infortunios de la virtud’: “¿por qué lamentas de tu destino, si está en tus manos, y solo en las tuyas, cambiarlo?” Ciertamente tanto Camus como Sade, deben estar en lo correcto. Pero no siempre, no en todas partes, y no para todas las personas. El error quizá sea creer que leyes universales aplican para factores tan complejos como lo que en definitiva esta detrás de muchas de las políticas del Estado: el reparto más equitativo del azar. Si no es dogma, ¿cómo se pueden justificar posiciones inmutables?

Es posible que la estabilidad social con la que cuenta nuestro país, tenga que ver con la suspicacia con la que solemos evaluar éxitos ajenos. Con una mirada rawlasiana, al intentar corregir lo que se podría considerar desenlaces que no guardan relación estrecha con esfuerzos y aptitudes —algo que también podríamos definir como `injusticias’—, es una forma de entender la motivación detrás de determinadas políticas sociales.

Dejando a un lado triviales insistencias sobre disminuir los niveles de la desigualdad de ingresos o riqueza, posiblemente el rol que le hemos asignado al Estado, en ese sentido, no sea mas que el reconocimiento de que el optimismo de que todos —en las esferas profesional y económica—, podemos lograr lo que nos proponemos y lo que nuestras capacidades nos permitan es, si no una quimera, un anhelo desmedido (4).

Por definición, no todos podemos estar por encima del promedio. Quizá el estatus relativo de nuestro país en aspectos sociales no sea a pesar de nuestro pesimismo sino gracias a este.

Si bien observamos lo que merecemos, tan solo podemos inferir lo que merecen los demás. Mi hijo seguramente haya considerado que el hecho de no felicitarlo era otra de tantas de mis posiciones que le suelen parecer —al menos a primera vista— excéntricas. Pero no. Era nada más ni nada menos que el reflejo de una visión basada en mi propia experiencia, donde el esfuerzo que he hecho en muchas oportunidades palidece con relación al de los hombros en los cuales me apoyaba y donde, salvo en mis errores, no puedo encontrar absolutamente una sola decisión importante donde el mérito no sea compartido por terceros o por el azar. Pero más relevante, donde he visto como un mismo trabajo puede ser transformado por individuos similares y sin intencionalidad, en un logro o un fracaso. Además, si las felicitaciones dependen solamente del desenlace, el qué se transforma mas importante que el cómo, lo cual puede ser perverso.

Discusiones sobre la redistribución del ingreso pueden verse como discusiones sobre cómo repartir la suerte y, entendiblemente, están sesgadas por quienes pueden participar en el debate. Quienes hoy en día no tienen la fortuna de siquiera soñar con pisar una universidad o navegar ociosamente por internet, seguramente no sean más que un susurro en dicho debate. Quizá podríamos hacer el reparto antes y escucharlos.

(*)Columnista invitado. Profesor Asociado en Robert Day School of Economics and Finance (Claremont McKenna College, CA)

1) Un buen resumen y discusión de estos temas desde una perspectiva mas cercana a la disciplina económica se encuentra en Arrow K, Bowles S, Durlauf S. “Meritocracy and Economic Inequality,” Princeton University Press, 2000.
2) Piketty, Thomas. “Social Mobility and Redistributive Politics,” The Quarterly Journal of Economics, Vol. 110 (3), Pages 551-584, August 1995.
3) Con más detenimiento y una mirada más amplia, el trabajo también alumbra a otro fenómeno interesante. A medida que envejecemos solemos mirar con mayor suspicacia la intervención estatal en el reparto de la riqueza, volviéndonos más liberales. A medida que envejecemos nuestros ingresos en promedio tienden a aumentar. Quizá no curiosamente, en etapas de relativa bonanza solemos asignarles a los méritos personales un mayor rol con el que lo hacemos en periodos de infortunio. Nuestra percepción subjetiva sobre el azar podría explicar en alguna medida el transitado camino de joven progresista a adulto conservador.
4) Además de que, al no tener en cuenta restricciones tecnológicas, ignora principios básicos de teoría económica.

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