Reflexiones: el rumbo, la velocidad y los modos

No cabe imaginar la posibilidad del surgimiento de un Milei uruguayo. Pero sin llegar a ese extremo indeseable, a algo mejor deberíamos aspirar.

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En una conferencia a la que me invitaron en enero en el Este, un colega argentino comenzó su exposición preguntando a la concurrencia (abrumadoramente argentina) acerca de los tres conceptos del título, aplicados a la actual situación de ese país.

Las respuestas fueron previsibles: todos aprobaron el rumbo, una vasta mayoría la velocidad (nos quedamos sin saber si, en el caso de quienes no la aprobaron, ello fue por exceso o por defecto) y sólo una pequeña minoría aprobó los modos.

Digo que fueron previsibles (máxime en el contexto del perfil de los participantes) porque el rumbo actual de la economía argentina, después de haber probado las alternativas que se han ensayado, parece ser el único plato que iba quedando en el menú. Es posible que cuando el tiempo pase aparezcan alternativas más centradas, que limen las asperezas del rumbo actual. Pero en medio de un incendio, la cuestión es apagarlo y no preocuparse por si los muebles están bien lustrados.

Algo similar sucede con la velocidad. En un país cuya economía no había crecido en los 10 años anteriores a la asunción del presidente Milei, y que por lo tanto había caído más de 10% en términos por habitante, la necesidad y la urgencia de “recuperar el tiempo perdido” son angustiantes.
Finalmente, los modos. En este caso era previsible la desaprobación. Salvo para extremistas con escaso contenido republicano en sangre, los modos de Milei son insoportables. Inicialmente insultó a políticos y economistas, ahora le ha dado por los empresarios. Y no le resultó gratuito, al menos en el caso de los políticos, al meter en la misma bolsa a tirios y troyanos, opositores y colaboradores. Ese estilo lo llevó a revertir el score de aprobaciones en el Congreso entre 2024 y 2025, pasando de una contundente goleada a favor a una igual, pero en contra.

Dejemos a un lado a la Argentina, porque camino a casa, aquella noche, me quedé pensando en cómo serían los resultados de una compulsa similar, en este lado del Plata. Aclaro que no la pensé para un público con las mismas características que el de entonces, sino para el común de la población compatriota.

¿Cómo ven los uruguayos el rumbo de su país, su velocidad y los modos dominantes entre sus dirigentes políticos?

Quienes siguen mis columnas saben lo que pienso sobre nuestros gobernantes: creo que ellos son más parecidos que diferentes entre sí, más allá de estar hoy o ayer en gobierno u oposición. Y, en los hechos, más allá de matices, se alternan en el gobierno manteniendo lo esencial de nuestro país.

De algún modo se puede decir que la población elige más o menos lo mismo siempre. Y que, cuando aparecieron platos diferentes en el menú (lo que ocurrió, notoriamente, en 2019), ello resultó efímero. Cinco años después casi no quedan vestigios de aquellos outsiders.

Y viene al caso señalar que en ningún caso se trató de dirigentes con la agenda ni el estilo de Milei. La oferta se amplió en nombres, pero no en contenidos.

En ese contexto, el común denominador de las ideas de nuestros dirigentes políticos consiste en una concepción social estatista batllista. Y, en ese sentido, representan muy bien a una sociedad con ese ADN. Para representantes y representados, el rumbo es el correcto.

Estamos en una economía de mercado, pero con una importante participación del Estado, tanto cuantitativa como cualitativa: abultado presupuesto, con alta presencia en áreas sociales como seguridad social, salud, enseñanza y protección social. Mientras que, en otros países, gobiernos liberales se han jactado de realizar decenas de privatizaciones, en Uruguay casi que no las hemos tenido, por la sencilla razón de que nunca tuvimos un Estado obeso como propietario. Apenas hubo alguna vez algo más de una decena de empresas de propiedad estatal. Además, nuestras empresas estatales, al menos las más notorias, casi que no nos han dado dolores de cabeza por pérdidas ni por un clientelismo abrumador. Algunas ganan dinero mediante precios altos que cobran a sus clientes (por suerte ahora somos clientes, antes nos llamaban usuarios) gracias a las vacas atadas con las que cuentan, que permiten compensar ganancias monopólicas con pérdidas en competencia.

Creo que también la velocidad es factor de satisfacción entre los uruguayos. Y así ante cada reforma importante, se levantan referendos. Que a veces logran su cometido y a veces no. Pero que restan dinamismo. Y, posiblemente, contribuyen a abortar otros intentos de reforma.

¿Y los modos? Tampoco imagino mayor disgusto de los uruguayos con los modos que prevalecen en la política. Sacando extremistas barras bravas en ambos bandos, minoritarios pero vocingleros en redes sociales, el grueso de nuestros políticos ostenta respeto y buen diálogo.

Por cierto, hay minorías disconformes con rumbo y velocidad, entre las que se encuentra este columnista que, con 64 años cumplidos, ve que la agenda de reformas pendientes se mueve poco y que algunas de ellas ya estaban sobre la mesa algunas décadas atrás, cuando daba sus primeros pasos en la profesión.

En cuanto a los modos, que comparto, creo que les falta una vuelta de tuerca, que consiste en que se puedan sumar adhesiones inter partidarias a las propuestas legislativas. El comportamiento de rebaño hacia dentro de cada bloque, inhibe buenas reformas, al tener que promediarse, a la interna de cada gobierno, visiones diversas de distintos sectores o partidos que lo integran. Con lo cual se diluyen las mejores ideas, que podrían recoger apoyos extra partidarios. Pero, claro, no es evidente que lo que se propone desde el gobierno se ofrezca desde la oposición y nadie quiere arriesgar la unidad sin saber qué podría obtener a cambio.

Todo hace suponer que, dada la conformidad de una población que tiende a elegir siempre más o menos lo mismo, seguiremos por este trillo, de rumbo y velocidad.

Nuestro contexto de agua tibia nos tiene conformes. ¿Para qué cambiar, si vamos bien? ¿Para qué ir más rápido, qué apuro hay? ¿Para qué ser disruptivos (en materia de ideas) a la interna de nuestros partidos o bloques?

En este contexto no cabe imaginar la posibilidad del surgimiento de un Milei uruguayo. Ni por el rumbo, ni por la velocidad ni por los modos. Pero sin llegar a ese extremo indeseable, a algo mejor deberíamos aspirar.

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