En ese afán fiscalista anti agrario que ya se recogió con la creación del ICIR, ahora se desata una nueva competencia hacia la interna del gobierno para ver quién es más audaz para sacarle dinero a los que supuestamente lo tienen, para dársele vaya a saber a quién, esto es lo de menos. Así el MPP, en una muestra de resentimiento, propone nada menos que extender el Impuesto de Primaria al sector rural, derogado en la más completa reforma tributaria para el agro y de mejor calidad técnica que fue la de 1996. La prensa da cuenta de la modalidad que adopta esta competencia. Por un lado el MPP quiere más impuesto de Primaria, los comunistas y el MPP quieren también subir el IRAE, Economía en cambio propone rebajar el IVA aunque agregar más tramos al IRPF, y otros se anotan para crear un impuesto para arreglar carreteras bajo el simplismo marquetinero y hueco de "el que rompe paga".
SIN RESPETO. Una primera reflexión es considerar cómo se ha perdido el respeto por la gente común, al punto de plantear sacarle plata sin sentir la menor obligación de acompañar la idea con un mínimo atisbo de propuesta de gasto, de inversión, nada. Se produce una suerte de remate tributario sin que nadie sienta el menor reflejo moral derivado de la condición de representantes de la sociedad, que tiene derecho en todos sus miembros, los ricos y los pobres, los muchos y los pocos, a saber de qué forma está contribuyendo al bienestar general, o al de algún grupo social vulnerable. Nada de eso parece interesar; solo extraer dando por bueno que el gobierno repartirá. Por cierto a nadie se le ocurre analizar cómo gastará, y ahí tenemos a la enseñanza con el mágico 4,5% del PIB -ahora se plantea el 6%- sin que nadie proponga cómo arreglar un sistema que se muere. O la seguridad, o la salud, todos temas en los que más que el monto del gasto importa la calidad del mismo, tema totalmente ausente en esta competencia por nuevos impuestos.
PRIMARIA. Entre las propuestas de mayor contenido demagógico se encuentra la del Impuesto de Primaria, afortunadamente rechazada hasta ahora por Economía. Los que proponen extender este impuesto al sector agropecuario utilizan el típico lenguaje dicotómico del resentimiento: hay que sacarle a los estancieros para darle a los niños, así fundamentan la nueva
exacción. Con un trasfondo de guardapolvos y moñas, de estancias cimarronas y campos desolados, se apela a la sensiblería para justificar no haberse parado a pensar un minuto. Podría proponerse así un impuesto para las madres violadas, para los niños con retraso, para los viejos abandonados, para huérfanos y viudas, y por qué no para enfermos terminales, o ancianos en casas de salud. Podríamos tener así tantos impuestos como los que generara la sensiblería en competencia.
En realidad, cualquier objetivo social debe ser atendido por la política de gastos públicos, no la de ingresos. De lo contrario tendríamos que establecer un impuesto para la universidad, otro para la policía, otro para pagar la deuda, otro para tales y cuales empleados públicos, otro para los servicios veterinarios, etc. Solo el éxito en la lucha por no depender de los cheques del Ministerio de Economía ha hecho posible que algunas dependencias tengan su propio impuesto. En este sentido, tan equivocado como el Impuesto de Primaria Rural es el de Primaria Urbano; ambos expresan el éxito de una práctica demagógica que pone por delante a los niños, cuya atención en verdad no tiene nada que ver con la existencia de un impuesto específico sino con la política de gastos que se quisiera impulsar.
PRESIÓN GLOBAL. Este es el contexto en el cual deben analizarse todos los impuestos, contribuciones, tarifas, etc., el de la presión fiscal global o en todo caso la sectorial. A nivel agregado, considerando los impuestos recaudados por la DGI netos de devoluciones se pasa el 30% del PIB, comparable a Europa, superior a Estados Unidos o Corea. Si sumáramos a este valor los aportes a la seguridad social, la tributación municipal, los precios monopólicos que generan utilidades a las empresas públicas y a otras dependencias, que también son impuestos, más otras alteraciones en los precios derivadas de intervenciones políticas, el conjunto seguramente treparía varios puntos por encima del 30%. Si este es el promedio, imagino que unos cuantos deben estar por encima de él: clase media, padres con varios hijos, con ingresos esencialmente salariales o de honorarios, que pagan dos veces la salud -Fonasa y su mutualista-, la educación -impuestos incluido el de Primaria y la cuota del colegio privado-, etc. Más allá de detalles, para una cantidad enorme de uruguayos la presión fiscal total supone un agobio muy duro de soportar. Y para todos ellos -nosotros- no hay discusión posible sobre impuesto alguno: lo primero es que baje la presión global, después vemos si hay modos más justos de recaudar en cada impuesto. En otras palabras en este infierno de presión fiscal y policía tributaria que no hace más que expandirse no hay lugar para más impuestos. Si a alguien le parece que Primaria necesita más recursos, que los saque del 35% del PIB que debe alcanzar, no del campo que ya paga en forma exclusiva varios tributos como por ejemplo este de reciente creación, el ICIR, originado solo en un duro sentimiento anti agrario, con bases claramente inconstitucionales como lo han señalado especialistas como los Dres. José Luis Shaw o Gonzalo Aguirre.
GASTO. Con este remate que da rienda suelta a los deseos de sacarle a los que tienen más sin pararse a mirar efectos económicos, presión global, igualdad ante la ley, etc. se ha roto, lo que es quizás peor, la necesidad moral de justificar un impuesto en algún tipo de gasto, convirtiéndolo simplemente en un arma para sacarle a los productores rurales, usando ahora un lenguaje de guardapolvos y niños, latifundios y otras antiguallas.
En la reforma tributaria del campo de 1996 liderada por el Ec. Luis Mosca se eliminaron tasas progresivas en el impuesto al patrimonio, se quitó de él a la tierra como activo, y se eliminaron 5 impuestos a la tierra, entre ellos el de Primaria en medio de la reforma de Rama y con él mismo en las cuchillas y con incidentes. Eso sí fue convicción, fortaleza, solvencia técnica y ausencia de demagogia, sin que la política de gastos retaceara nada ni a los niños ni a los indigentes. Es un ejemplo que vale la pena recordar.