ISAAC ALFIE
A esta altura no sorprende, pero la realidad indica que cada pocos meses desde el gobierno se habla de aumentos de impuestos y modificaciones al sistema tributario. Confieso que desconozco aquí y en el mundo, a excepción de la implantación del IRPF en 2006, antecedentes de iniciativas para aumentar los tributos en épocas de bonanza. Tanto aquella como la presente idea son meras rémoras ideológicas y de ahí su planteo fuera de un contexto de necesidad o urgencia. En este caso el presidente tomó la iniciativa, al parecer sin hablar con los dos ministros involucrados y, tal su característica, realizó comentarios de todo tipo, "de esta no me bajo", "a llorar al cuartito", "son unos pesitos", "no va a matar a nadie", etc.
ARGUMENTOS. Para justificar acciones siempre hay argumentos, lo que no implica que sean acertados. En este caso se apela a la ramplona razón "han ganado mucho dinero" o "el que rompe paga", dejando de lado los más elementales principios de la economía moderna. Poco tiempo atrás, creo que no más que 4 meses, se dijo desde el Poder Ejecutivo, el propio Ministro de Economía, que el capítulo de la discusión de cambios impositivos que reclamaba el Partido Comunista estaba cerrado y nada cambiaría. El propio vice-presidente calificó a las propuestas de "oportunistas" y todo pareció terminar. El retorno del tema nos dice que el fondo de la cuestión es bien político y de política electoral combinado con una suerte de maniobra distractiva ante la discusión acerca de la Ley de Caducidad. En la actual administración no es la primera vez que pasa que, cuando el gobierno se empantana en algún tema, lanza otro grande arriba de la mesa. Dejando de lado este aspecto, bien importante por cierto, que se refuerza con la muy mala novedad que a las constantes contradicciones del presidente se han sumado las del vice, en este y otros tantos temas, quisiera centrarme en los efectos económicos de largo plazo de una propuesta como la planteada y lo burdo de la argumentación que, "es comprada" como sensata incluso por actores del sector y otras tiendas políticas. Es que "suena bien" aunque sea falaz y entonces ¿cómo le explicamos a la gente que nos oponemos a ponerle impuestos a los grandes terratenientes? Efectista, ¿no?
¿QUIÉN PAGA? Lo primero que se debe analizar es sobre quién recae el impuesto desde el punto de vista económico, quién soporta la carga económica del mismo, no quién emite el cheque. Cualquier impuesto sobre la tierra o los bienes que ella produce, recae sobre la tierra por ser un factor fijo, no hay mudanza posible para ella, está allí y por ende será su propietario quien lo sufra. Del mismo modo, todo impuesto al transporte de los bienes que ella produce, en la medida que exista un mercado de competencia para su colocación (y éstos son por excelencia así en los productos agrícolas, ganaderos, lecheros, silvícolas) también termina recayendo sobre la tierra, siendo entonces su propietario quien lo abone. ¿Por qué? Bien sencillo, los bienes que la tierra produce tienen un precio mundial de mercado que el productor no domina. Como los productores maximizan su beneficio produciendo hasta el punto que para la última unidad producida el precio iguale al costo (para todas las anteriores ganan), la aparición del impuesto hace caer el ingreso neto y entonces dejará de producir allí, lo hará en una cantidad inferior donde se cumpla la condición anterior, demandará menos tierra o, mejor dicho, estará dispuesto a pagar menos por el arriendo o la compra de la misma, de manera de compensar lo que debe abonar de impuesto. En estos casos la cuenta se hace al revés, el precio es tanto y todo impuesto que carga el costo se traslada hacia "atrás". La teoría es concluyente al respecto; los factores fijos, los que no tienen escapatoria terminan pagando los impuestos y el que se puede mover lo evita. Quien produce siempre tiene la opción de dejar de hacerlo, pero el dueño de la tierra deberá aceptar la oferta. Así cualquiera de los impuestos mencionados se refleja en un menor precio de la renta que se está dispuesto a pagar por la tierra y, como lógica consecuencia, en su precio de venta.
FUNCIÓN DE LA TIERRA. La tierra conjuntamente con el trabajo y el capital son los llamados factores de producción. La teoría de Finanzas Públicas demuestra la inconveniencia de gravar los factores de producción y peor aún de gravarlos de manera disímil. Imponer impuestos sobre ellos hace que la economía en cuestión opere por debajo de su capacidad productiva (la frontera de posibilidades de producción), en tanto que las tasas efectivas sean diferentes hace que se produzcan sesgos en la utilización de los recursos, generando ineficiencias.
La tierra como tal se puede utilizar como un factor de producción o ser usada meramente como reserva de valor. A mayor precio crece su uso como factor de producción porque el costo de oportunidad de no utilizarla es superior. Nadie está dispuesto a "enterrar" millones por las dudas sin que rindan, salvo una situación de extrema incertidumbre. En cambio, cuando más bajo es su precio, más "fácil" resulta comprar para tener allí un bien cuyo valor no es erosionado por la inflación, aún la internacional. De aquí es bien fácil deducir y nuestra historia es elocuente al respecto que, si a la tierra se la carga de impuestos su precio cae, se reduce el rendimiento y aumentan las grandes superficies. El pequeño no soporta el costo y la vende.
ASOMBRO. La división por tamaño para gravar al factor traerá consecuencias. En los hechos se está incentivando a dividir los campos, sea de manera real o ficticia, para no pagar el impuesto. Si la división es real se atenta contra la productividad, lo que termina castigando el crecimiento y con él, el empleo y los salarios.
Por otra parte, se anuncia una determinada recaudación (US$ 60 millones al año) que, en principio, no se corresponde con el monto de impuesto por há anunciado por el presidente, US$ 4 que aplicado de manera lineal arrojaría, de acuerdo a los datos de la DIEA en su último anuario un monto inferior a 30 millones de donde debo suponer que la formulación del impuesto será más compleja que lo poco conocido. De todas maneras, lo peor son los argumentos esgrimidos.
En primer lugar, "pondrán el grito en el cielo por uno pesitos, pero no pasará nada". El tema no es el "pequeño cambio" puntual, sino su acumulación, que distorsiona la producción y termina dañando fuertemente el aparato productivo sin que nadie logre identificar la causa con precisión. En segundo término, "el que rompe paga", es adecuado en la esfera privada donde cada uno asume todos los costos y tiene todo el beneficio, se asimila a "el que usa paga", pero no es aplicable porque aquí existen fuertes externalidades. De la producción no solo vive el productor y su personal, también el transporte, el comercio, los servicios, etc. Los países en serio suministran la infraestructura a costo bajo para que la producción se desarrolle y con ella, la gente. Imagine el lector que las carreteras deban de pagarlas los productores y los camioneros, el costo de sacar los bienes sería sideral y no podrían competir con nadie. Directamente se anula la actividad económica, la producción en sí.
Con asombro, he escuchado a intendentes que les parece fantástica la idea y el argumento. Realmente no los entiendo, encareciendo la producción ¿de dónde van a recaudar?
ALTERNATIVA. Comparto que se precisa aumentar y, fuertemente la inversión en infraestructura. Desde esta columna he escrito bastante al respecto, pero el camino elegido no puede ser peor. Si la recaudación es tan baja como se dice (sean 30 o 60 millones al año), para el actual estado de la economía y su evolución la fuente es bien fácil. En el 2011 se crecerá, según el Ministro de Economía, al 6,5% estimación que comparto. El presupuesto está confeccionado con 4%, es decir hay 2,5% de crecimiento por encima de aquel con el que se elaboraron las proyecciones. A los valores actuales (precios domésticos y dólar) este 2,5% aportará un ingreso adicional al previsto del orden de los US$ 350 millones. Entonces es sólo disponer que entre el 9 y 18% de este "regalo del cielo" se aplique a la infraestructura y todo solucionado.
Ciertamente espero que se reflexione, no es un tema de finalidad sino de forma de financiamiento. Ya tuvimos un impuesto como el propuesto de estrepitoso fracaso. Estamos de acuerdo en la necesidad de hacer las obras pero, a largo plazo, el "toqueteo" y las contradicciones es lo peor que nos puede pasar. El país ganó enorme prestigio en momentos muy difíciles, no lo perdamos en los fáciles, por más linda que la argumentación suene al oído.