Mundial, SpaceX, tregua y Fed: implicancias para el mundo

La tregua entre Trump e Irán debería ser buena para nuestros países, sobre todo por cierta reaceleración del crecimiento global, la debilidad mundial del dólar y alguna mejora de términos de intercambio.

La ceremonia inaugural del Mundial 2026 en México.
La ceremonia inaugural del Mundial 2026 en México.
Foto: AFP.

Escribo esta columna desde el Mundial de Norteamérica 2026, en una semana marcada por hechos relevantes desde Estados Unidos para el mundo: su liderazgo en la organización del torneo, la apertura en bolsa de SpaceX, la firma del acuerdo de Trump con Irán y el debut de Kevin Warsh como presidente de la Reserva Federal. ¿Cómo se conectan estos eventos? ¿Qué implicancias tienen para la economía mundial?

Los grandes eventos deportivos o algunas aperturas bursátiles se asocian ocasionalmente con señales premonitorias de fin de ciclo económico, pero no hay evidencia respecto de lo primero, ni algo concluyente respecto de lo segundo.

Si bien los problemas económicos que siguieron en España tras Barcelona 1992, en Grecia después de Atenas 2004, a Sudáfrica 2010 o a Brasil 2014 instalaron la idea de “la maldición del organizador”, la correlación es espuria. No se les puede asignar carácter predictivo dado el número reducido de casos. No puede derivarse que vaya a producirse un fin de ciclo o una crisis para los países de Norteamérica por la organización de esta Copa del Mundo.

Respecto de las grandes aperturas bursátiles, como SpaceX, alguna evidencia sugiere que tienden a concentrarse en las fases maduras del ciclo económico y bursátil. Pueden ser indicativas de condiciones financieras expansivas.

Típicamente, estas suelen evaluarse como el diferencial entre la tasa de interés de la Fed y su nivel neutral, pero ello se circunscribe a las condiciones monetarias.

Es necesario incorporar otros indicadores para dimensionar la expansividad de las condiciones financieras, tal como el economista Ricardo Caballero y sus coautores han enfatizado en el último tiempo. La tasa de la Fed es una referencia importante, pero la evaluación debe ser más abarcativa, incorporando el costo de financiamiento final para los agentes económicos, sobre todo corporativos (su costo de capital y de deuda). Así, el foco debe estar más en la instancia financiera general que únicamente en la monetaria.

Por eso resultan reveladoras las valorizaciones bursátiles, el volumen de aperturas en bolsa o una tan emblemática como la de SpaceX, porque en tiempos muy dinámicos como los recientes, esos aspectos suelen ser más adecuados para medir expansividad, potenciales desequilibrios y riesgos macro.

De hecho, si bien en la actualidad la instancia monetaria se considera restrictiva porque la Reserva Federal tiene la tasa de interés (3,6%) sobre el nivel estimado como neutral (3,1%), las condiciones financieras lucen expansivas a juzgar por el resto de los indicadores. Cierto. Son concluyentes en esa dirección la debilidad global del dólar, los comprimidos spreads crediticios, y el bajo premio por riesgo accionario. Es decir, más allá del nivel de las tasas de interés, el costo de captar deuda y capital se estima históricamente bajo.

Todo eso, junto con la resiliencia de la economía estadounidense y el desvío de la inflación respecto a la meta de 2%, explica que Warsh haya debutado como presidente de la Fed con un mensaje más restrictivo. Previsiblemente, no solo descartó el recorte monetario previamente sugerido para el segundo semestre, sino que además insinuó que el próximo movimiento de la tasa podría ser al alza, en contraste con los pedidos de baja de Trump. Contrario a lo que suele creerse, esto debe leerse como una buena señal, reivindicatoria de la autonomía de la Reserva Federal, que tiende a estabilizar las tasas largas, al mostrar a Warsh vigilante y proactivo.

En este contexto, el memorándum de entendimiento entre Estados Unidos e Irán refuerza algunas de esas tendencias. Despeja, en el corto plazo, el riesgo de que una escalada bélica pusiera fin al ciclo positivo de la economía y de los activos estadounidenses. Tanto para Trump, por las elecciones de mitad de mandato, como para Irán, por su crisis interna, los incentivos apuntaban a lograr una tregua y un acuerdo.

Con esto se abre “una ventana de respiro” para Estados Unidos y el mundo, al menos durante el segundo semestre de 2026. Se descartan escenarios muy negativos (recesión, estanflación) y se afianzan valorizaciones financieras incluso superiores a las observadas previamente al conflicto. Esto, junto a la caída del precio del petróleo y la diseminación del boom de la Inteligencia Artificial, debería ser favorable para la economía mundial. En particular, para nuestros países, también debería ser positivo, sobre todo por cierta reaceleración del crecimiento global, la debilidad mundial del dólar y alguna mejora de términos de intercambio.

A su vez, en todo lo anterior también subyacen algunos riesgos para la economía mundial.

Primero, el reinicio del conflicto bélico por la fragilidad del acuerdo.

Segundo, una reaceleración más persistente de la inflación estadounidense que lleve a la Fed a ajustes mayores a los esperados.

Tercero, un recrudecimiento de la guerra comercial.

Por último, una corrección significativa en el mercado accionario por expectativas sobredimensionadas respecto de los resultados de la Inteligencia Artificial.

Con todo, parecería que estas amenazas no necesariamente se materializarán antes de 2027. En el resto de este año están el Mundial, la desinflación por la caída del petróleo, el entusiasmo con la mayor productividad y las elecciones legislativas de noviembre. Otro respiro, al menos por unos meses.

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