Montevideo y la trampa de la decadencia

El deterioro de la ciudad no se explica por problemas presupuestales, sino por mala gestión, mala asignación de prioridades, baja productividad y ausencia de rendición de cuentas

Las veredas rotas son un asunto a resolver por la futura IMM
Veredas rotas en calles de Montevideo.
Foto: Estefanía Leal/Archivo El País.

Para un país del ingreso de Uruguay, el deterioro de Montevideo es inaceptable. Y es, además, penoso. La ciudad convive hace años con veredas rotas, calles mal mantenidas, basura persistente, espacios públicos degradados, mobiliario urbano vencido y una resignación generalizada ante lo que debería indignar.

La causa no es misteriosa, el presupuesto está atrapado en un equilibrio clientelar-corporativo. El 78% del gasto se fue en remuneraciones y funcionamiento en el año 2024, mientras la inversión quedó reducida a una fracción menor del presupuesto, solo el 15%. Ese es el dato central. La ciudad gasta mucho (en el orden de los 850 millones de dólares anuales), pero invierte poco en lo que la ciudadanía ve, pisa y usa todos los días: calles, veredas, limpieza, arbolado, alumbrado, plazas, saneamiento, fiscalización y mantenimiento preventivo. La decadencia urbana no se explica por problemas presupuestales, sino por mala gestión, mala asignación de prioridades, baja productividad y ausencia de rendición de cuentas.

Las corporaciones capturan buena parte de la renta departamental y operan con baja exigencia y productividad. Pero la culpa no es solo del chancho. Si la mayoría de la ciudadanía reelige sin castigar desempeño, los gobernantes no tienen incentivos suficientes para ordenar el gasto, enfrentar intereses organizados, exigir productividad y priorizar inversión urbana. En política, la falta de castigo también es un mandato.

Así, Montevideo queda presa de la trampa del triángulo de la decadencia (corporaciones, gestión y votantes): alto gasto, bajo resultado y poca rendición de cuentas. Las corporaciones defienden privilegios y rigideces. La gestión administra el equilibrio antes que transformarlo. Y la mayoría de los votantes, por historia de malas gestiones previas, identidad partidaria, resignación o baja expectativa, toleran resultados que no aceptarían en otros servicios privados o públicos. El resultado es una ciudad deteriorada y con poca rendición de cuentas proporcional al dinero que maneja.

El deterioro ya no es solo una percepción. También empieza a leerse en las decisiones de residencia. Entre los censos de 2011 y 2023, Montevideo pasó de 1.375.540 habitantes a 1.302.954, una caída de 72.586 personas, equivalente a 5,3%. En el mismo período, Canelones creció 13,5% y Maldonado 23,7%. No todos se van por las mismas razones, pero el dato es un síntoma. Muchos montevideanos parecen empezar a votar con los pies.

El problema, además, no es solamente estético. Una ciudad descuidada altera la convivencia. El deterioro visible transmite señales. Si el espacio público parece abandonado, si nada se repara, si la basura permanece y las reglas no se hacen cumplir, el mensaje implícito es que cuidar no importa demasiado. No porque los vecinos sean peores, sino porque el entorno cambia las expectativas sobre lo que otros hacen y toleran.

Basura alrededor de un contenedor de residuos en Montevideo.
Basura alrededor de un contenedor de residuos en Montevideo.
Foto: Estefanía Leal/El País

La literatura urbana ayuda a entenderlo. La teoría de las “ventanas rotas”, formulada por Wilson y Kelling, sostiene que los signos visibles de abandono pueden favorecer más desorden. Un estudio experimental publicado en Science por Keizer, Lindenberg y Steg mostró que observar una norma ya violada —por ejemplo, grafitis o basura donde no corresponde— aumenta la probabilidad de que otras personas incumplan otras reglas. El deterioro, en otras palabras, puede contagiarse porque debilita las normas compartidas.

También importa lo que la sociología urbana llama “eficacia colectiva”. La confianza entre vecinos y la disposición a intervenir por el bien común. Los barrios funcionan mejor cuando la gente cree que los demás también van a cuidar, reclamar, ordenar y respetar. Pero esa cooperación no nace en el vacío. La colaboración vecinal es imprescindible, sí, pero debe ser incentivada. Y el primer incentivo lo tiene que dar la Intendencia (y no al revés): reparar rápido, limpiar bien, iluminar, fiscalizar, mantener, responder reclamos y demostrar que el espacio común tiene dueño institucional.

Incluso la seguridad se juega en parte en el estado del espacio público. La evidencia dice que intervenir espacios degradados puede reducir miedo, vandalismo y ciertos delitos. Un experimento aleatorizado en Filadelfia encontró que recuperar terrenos baldíos redujo violencia armada, crimen y temor en las zonas tratadas.

Por eso, cuando la inversión se posterga, no solo se deteriora la infraestructura. También se deteriora la cultura de convivencia. Una calle o vereda rota durante años, una plaza abandonada o una esquina tomada por basura enseñan que la ciudad se puede maltratar sin consecuencias. Cuando el vecino ve que el Estado departamental no cuida, tiene menos incentivos para cuidar. Cuando reclama y no obtiene respuesta, reclama menos. Cuando el deterioro se vuelve paisaje, la indignación se vuelve costumbre.

Ese es el círculo vicioso de Montevideo: mala gestión, bajo esfuerzo inversor visible, mal mantenimiento, resignación ciudadana, menor presión política y más deterioro. La ciudad no solo se degrada materialmente; también se deseduca cívicamente.

La salida exige invertir el orden. Primero, la Intendencia debe mostrar capacidad de cuidado: mantenimiento rápido, limpieza sostenida, fiscalización efectiva, inversión visible y rendición de cuentas. Después, los vecinos tienen más incentivos para colaborar. Y luego esa colaboración refuerza el mantenimiento, la convivencia y el orgullo urbano. Las ciudades cuidadas no dependen de buenos vecinos; producen mejores vecinos porque les muestran que cuidar vale la pena.

Montevideo no necesita discursos épicos sobre sensibilidad social para justificar veredas rotas o basura acumulada. Necesita gestión, inversión visible, productividad y castigo político al mal desempeño. La decadencia urbana no es inevitable. Es una decisión sostenida en el tiempo. Y también puede ser revertida, si la ciudad vuelve a emitir una señal básica: el espacio público importa. Ojalá se enmiende el paso.

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