JAVIER DE HAEDO
En la "Cumbre de las Américas" que se realizó el mes pasado en Trinidad y Tobago, quedaron una vez más en evidencia, y quizá como pocas veces antes debido a la gestualidad utilizada en cada caso, las dos vertientes de gobernantes que tiene hoy América Latina. Por un lado, el presidente de Costa Rica, Oscar Arias, se puso a la cabeza, indudablemente, de los presidentes sensatos de los países ídem, con un discurso extraordinario en el que realizó un mea culpa en nombre de los latinoamericanos de las últimas décadas, negándose en los hechos a encolumnarse con la tendencia que prefiere buscar culpables en otros lados, normalmente en el imperialismo, mediante teorías conspirativas. Por otro lado, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, optó por mostrar sus cartas por medio del regalo que le hizo al presidente Barack Obama, de los Estados Unidos, el libro de nuestro compatriota Eduardo Galeano, titulado "Las venas abiertas de América Latina".
A partir de ambas actitudes llego al título de mi columna de hoy. Lo imagino como el título que Arias le pondría al libro de Galeano si lo escribiera él, pero claro que, en ese caso, no tendría el mismo contenido y tampoco la suerte de que Chávez se lo regalara a Obama.
Arias comenzó su discurso titulado "Algo hicimos mal", expresando: "Tengo la impresión de que cada vez que los países caribeños y latinoamericanos se reúnen con el presidente de los Estados Unidos de América, es para pedirle cosas o para reclamarle cosas. Casi siempre, es para culpar a Estados Unidos de nuestros males pasados, presentes y futuros. No creo que eso sea del todo justo".
Chávez, en cambio, con el regalo al presidente norteamericano expresó todo lo contrario, de un modo más gestual, menos elaborado, bien propio de sí mismo.
¿Dónde estamos nosotros, entre ambas visiones de nuestra propia suerte? No tengo dudas que muchos compatriotas se sienten identificados todavía con la visión de Galeano, visión equivocada ya en 1971 cuando fue llevada al papel, y mucho más casi cuatro décadas más tarde. Una visión, reitero, que busca crear una conspiración en nuestra contra que no existió ni existe, que busca situar en otros, y no en nuestros errores, la causa de nuestros males, y que por lo tanto prioriza el lamento sobre la acción, y que también a veces ha dado lugar a acciones lamentables. Otros coincidimos, y me incluyo en la primera fila, con la visión del presidente Arias.
No hace tanto, sólo algunas décadas atrás, los países del Río de la Plata éramos de los de mayor ingreso per cápita en el mundo, y por lo tanto éramos países de inmigración. Parecidos respectivamente Argentina y Uruguay a Australia y Nueva Zelanda en tamaño, y todos ellos entre sí en clima, latitud y producción, la distancia que éstos nos han sacado, luce hoy indescontable. Y la culpa no está en otro lado más que en el Río de la Plata, donde se "compró" un libreto equivocado y se desaprovechó la oportunidad que el mundo en crecimiento le daba.
Arias ejemplifica con otros casos, que permiten comprobar peripecias similares a las nuestras: "Hace 50 años, México era más rico que Portugal. En 1950, un país como Brasil tenía un ingreso per cápita más elevado que el de Corea del Sur. Hace 60 años, Honduras tenía más riqueza per cápita que Singapur, y hoy Singapur (en cuestión de 35 ó 40 años) es un país con US$ 40.000 de ingreso anual por habitante. Bueno, algo hicimos mal los latinoamericanos". Y agrega: "En 1950, cada ciudadano norteamericano era cuatro veces más rico que un ciudadano latinoamericano. Hoy en día, un ciudadano norteamericano es 10, 15 ó 20 veces más rico que un latinoamericano. Eso no es culpa de Estados Unidos, es culpa nuestra".
Luego, en su discurso, se refiere tanto a causas como a consecuencias de "haber hecho algo mal" y en mi opinión, ni unas ni otras reflejan del todo bien el caso de Uruguay, que siempre fue un caso bastante atípico en el continente, aunque cada vez lo es menos. Alude a la baja escolaridad, a la alta mortalidad infantil, a países con una muy baja carga tributaria ("del 12% del PIB"), lo que muestra que no se le cobran impuestos a los más ricos, a que se gaste excesivamente "en armas y soldados" cuando el verdadero enemigo es la falta de educación, de salud, de infraestructura y de cuidado del medio ambiente.
Arias se acerca más a nuestro caso, cuando señala que "uno va a una universidad latinoamericana y todavía parece que estamos en los sesenta, setenta u ochenta. Parece que se nos olvidó que el 9 de noviembre de 1989 pasó algo muy importante, al caer el Muro de Berlín, y que el mundo cambió". Lamenta coincidir con la tendencia de pensamiento mundial que considera que "el siglo XXI es el siglo de los asiáticos y no de los latinoamericanos" y lo fundamenta en forma elocuente: "Porque mientras nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías, seguimos discutiendo sobre todos los "ismos" (¿cuál es el mejor, capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo, neoliberalismo, social cristianismo…?), los asiáticos encontraron un "ismo" muy realista para el siglo XXI y el final del siglo XX, que es el pragmatismo". En este sentido, alude a la célebre frase de Deng Xiaoping, que tras ver el fuerte crecimiento de Singapur y Corea del Sur, al volver a Pekín dijo a sus viejos compañeros de ruta, que "la verdad es que a mí no me importa si el gato es blanco o negro, lo único que me interesa es que cace ratones".
¿Cuáles fueron los errores que cometimos los uruguayos, o por decirlo en los términos del presidente de Costa Rica, lo que hicimos mal? Le dimos la espalda al mundo, cerramos nuestra economía al comercio internacional, optamos por no importar, sustituyendo importaciones por producción nacional más cara y de peor calidad, y de ese modo hicimos muy difícil a nuestras empresas poder exportar; pensamos que el gasto público era por naturaleza bueno, tanto que justificaba imprimir moneda nacional a cualquier ritmo para financiarlo, y nos metimos en la inflación crónica; pusimos al Estado por encima del mercado y nos quedamos con un Estado obeso y un mercado casi inexistente, con ninguno de los dos cumpliendo con sus funciones esenciales; creímos que bastaba con repartir mejor la torta y luchamos entre nosotros cada uno por una porción mayor y nos olvidamos de hacerla crecer.
Todo eso sucedió desde mediados del siglo pasado, siguiendo las teorías dominantes en el continente, que le dieron la espalda al crecimiento económico mundial y luego buscamos en el mundo la causa de nuestros males.
Más recientemente se dieron pasos en un sentido diferente, pero a una velocidad que tampoco hace pensar en descontar la referida ventaja que los del otro lado del mundo nos han sacado. A finales de los 60 hubo un primer impulso hacia una economía más abierta, pero quedó más en los papeles que en los hechos. A mediados de los 70 se modernizó el sistema tributario y se impulsaron las exportaciones, siguiendo la teoría económica, mediante el desmontaje de todo tipo de instrumento proteccionista que daba lugar a una enorme dispersión en materia de protección efectiva, e imprimía un fuerte sesgo antiexportador a la política comercial. En los 90, se dieron pasos adicionales en materia de liberalización de mercados, se terminó con la inflación crónica y se reformó el sistema de seguridad social. Y por último, a mediados de la presente década se completó la rotación de partidos en el gobierno, con el acceso de la izquierda, sin que temblaran las raíces de los árboles, confirmándose que en Uruguay hay una base firme de políticas de Estado que lo ubican merecidamente entre los países bien vistos del continente, más cerca de Arias que de Chávez.
No se trata de cambios menores, pero tampoco son de tal magnitud como para devolvernos al trillo y pensar en alcanzar no muy lejos al pelotón principal. En el futuro cercano el mundo no va a estar en sus mejores tiempos, no vendrá de ahí el impulso. En la región ya hemos comprobado que no podemos creer. Sólo depende de nosotros. De hacer las cosas bien por y para nosotros mismos.
¿Por dónde habrá de transitar nuestro país en los próximos años? ¿Por el trillo de Arias o por el de Chávez? ¿Cuántos ciudadanos piensan como Arias y cuántos como Chávez? ¿Y en el nivel político? Un destacado político compatriota dijo alguna vez que más importante que la velocidad era el rumbo. Parece llegada la hora de ratificar el rumbo y, al mismo tiempo, de aumentar la velocidad.
Para ganar un partido es fundamental no hacerse goles en contra. Pero es igualmente importante meter al menos una pelota en el arco de enfrente. De lo contrario, en el mejor de los casos, seguiremos siendo el país del empate.