"Las penas y las vaquitas…"

JULIO PREVE FOLLE

"El arriero" es quizás una de las canciones más emblemáticas del folclore regional, que apela en sus versos a una suerte de nacionalismo cerril, combinado con un cierto enfoque ingenuo de lucha de clases, como corresponde a la ideología que profesaba su genial autor. Yupanqui sostenía que se había inspirado en los dichos de un arriero, cuando al preguntarle una vez sobre el destino de sus esfuerzos de ese día, le respondió: "aquí voy, ajenas vacas arriando y antiguas penas llevando….". Por décadas hemos cantado esta mágica canción de aquél extraordinario intérprete y autor.

NACIONALISMO AGRÍCOLA. Precisamente, a él me recuerdan las continuas expresiones de preocupación que nos llegan desde diversos ámbitos del MGAP, ya sea a través de su titular como de algunos de sus jerarcas, acerca de la nacionalidad de los titulares de múltiples actividades y agroindustriales. Esas preocupaciones llegan a intentar "organizar" la expansión agrícola, o a detener la inversión externa en algunas actividades. De esta forma se muestran preocupados por la expansión de la soja, o por la dificultad de la lechería de competir por tierra con la ganadería o con la agricultura, o por la dificultad también creciente del arroz de disputar tierra a otras actividades conducidas por otros empresarios, incluso de diferentes nacionalidades y algunos hasta de allende el océano. Se trata de un estado de ánimo que procede de un enfoque marcadamente conservador, que no entiende la dinámica de la economía real, ni tampoco las reglas del mundo globalizado. Un mundo cuyas fronteras económicas las viene borrando la tecnología, como lo señalaba el Dr. de Posadas cuando al no poder venderse Antel pronosticó que en una década el monopolio de la telefonía básica no valdría nada, porque la ciencia lo habría derogado más allá de las leyes.

Al MGAP le preocupa la nacionalidad de los dueños de la tierra, al punto que logró prohibir con ese propósito la propiedad por parte de sociedades anónimas. Pero le preocupa también la nacionalidad de las empresas lácteas (evitar la extranjerización, dice el proyecto de ley de lechería) y también de las empresas forestales. Por otra parte, querría detener la expansión de la soja en favor de la lechería, y seguramente influir en las rentas de la tierra que paga el arroz para posibilitar su competencia con la ganadería. El MGAP está pues en un lío porque la verdad que en los últimos tiempos, pero con marcada intensidad en esta administración, buena parte de la agroindustria y miles de hectáreas de tierra han pasado a manos extranjeras.

Qué tenemos hoy en materia de nacionalidad. En un vistazo muy general podemos apreciar: ventas de los más importantes frigoríficos a argentinos, brasileños o americanos; curtiembres y molinos harineros grandes en manos de argentinos e italianos; fábricas de papel, empresas de forestación, plantas de celulosa, todo en manos de españoles, americanos, finlandeses y brasileños. Buena parte del área de soja y hasta de la papa en manos de argentinos; mucha tierra en el norte en manos de brasileños, propietarios a la vez de la mayoría de las represas para riego. Varias empresas lácteas en manos de mexicanos y argentinos. Empresas textiles en manos de venezolanos. Y fuera del sector agropecuario: casi todos los bancos son extranjeros; los edificios del este, argentinos; la distribución de combustible, la fabricación de alambres, brasileña; grandes empresas de construcción, de pesca y de transporte son extranjeras. Las semillas, la maquinaria agrícola, los agroquímicos en buena medida son foráneos. Y en cuanto a lo que consumimos, los zapatos son en general brasileños o chinos; la ropa también; los electrodomésticos, los muebles, los cables, los teléfonos, las computadoras, los cuadernos, la yerba, el termo, los autos, todo es foráneo. Finalmente, hasta Peñarol es de un fondo de inversión manejado por un holandés con dinero internacional. En el enfoque del MGAP todo esto es como para encender los ánimos.

CONFUSIONES BÁSICAS. Hay en todo esto dos confusiones básicas. La primera deriva de no entender que la cantidad de recursos, incluida la tierra, aplicados en una actividad u otra, deriva de las expectativas que se generan en torno a los precios relativos de todas ellas. En definitiva que el área de soja, lechería o trigo, la cantidad de fábricas de alambre o de zapatos, son el resultado de lo que espontáneamente resuelven con libertad los agentes económicos. El beneficio de este comportamiento no es solo el de un mayor bienestar general derivado de la mejor combinación de recursos, sino especialmente por ser el corolario del accionar libre de todos. Ello no obstante, sabemos que aunque el orden espontáneo no asegura necesariamente el mayor bienestar y la máxima justicia, lo contrario, es decir las decisiones impulsadas desde el sector público, ello sí asegura intromisiones perversas a la libertad y destrucción de riqueza potencial. De manera que, salvo excepciones como la de la forestación, muy contadas, no compete al gobierno -no lo sabe hacer- torcer precios relativos para definir qué, cuanto, y como producir. No es su rol.

NACIONALISMO MADURO. La segunda confusión es asimilar nacionalismo con producir todo con recursos nacionales y consumir todo de origen uruguayo. No es así. El nacionalismo de puertas abiertas a todo lo extranjero que me gusta profesar, es uno que apuesta a que cada vez sea mayor la calidad de nuestro recurso humano y de nuestras instituciones, para que aquellos que vienen por aquí decidan quedarse y agrandar sus vínculos económicos y de otra índole con nuestro país. Que lo vean como una tierra para trabajar, para vivir y hasta para morir, como lo fue para nuestros antepasados: un Uruguay de reglas respetadas, de valores difundidos y defendidos, de políticas estables, de instituciones confiables. Por eso defiende mucho más su país, es más nacionalista diríamos, el que lucha por evitar leyes que destruyan contratos o que ensucien relaciones laborales, o que difunden un relativismo total en las relaciones humanas, que aquél que tolera todo esto y luego hace gárgaras con la nacionalidad de los titulares de ésta o aquélla actividad.

LA PARADOJA FINAL. No es, por tanto, la nacionalidad de los titulares de cualquier actividad lo que importa; éste es un punto de partida, no de llegada. Es una oportunidad para ensanchar el país y proporcionar muchas oportunidades de trabajo, si sabemos conservar valores y no fierros o galpones.

Termino con otra curiosidad. No creo que haya nada más auténticamente nuestro que la música de Yupanqui o Los Chalchaleros. Pero resulta que el principal coautor de don Ata era Pablo del Cerro, seudónimo tras el que se escondía su esposa, canadiense y radicada con él en París. Y las guitarras de Juan Carlos Saravia y Pancho Figueroa me consta que eran...japonesas, como la de Pepe Guerra. En un país de reglas, instituciones y valores, aquellos emprendimientos en manos de extranjeros producirán la música que como país les estimulemos a ejecutar. Ni más ni menos.

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