La discusión acerca de ciertas medidas que impulsa el Banco Central ya no es solo cuestión de avezados economistas, sino que ha ganado la calle, con recurrentes preguntas y comentarios sobre lo que la gente comúnmente llama “pesificación”, aunque claramente lo propuesto no es tal, sino la introducción de sesgos en la regulación y, especialmente, un recurrente y machacón discurso para que la población deje de utilizar “el dólar” —en los hechos se debería decir moneda extranjera—, como moneda de ahorro.
Vale recordar que lo que se considera dinero cambia a lo largo del tiempo, no solo por lo que la gente entiende que cumple esas funciones (medio de pago, unidad de cuenta y reserva de valor), sino también porque las innovaciones financieras hacen su trabajo. El dinero metálico nace por necesidad unos 2.000 años AEC ante las dificultades del trueque y significa un enorme salto en la productividad de la humanidad. La primera moneda acuñada, donde se conoce su contenido exacto en plata, fue el Dracma ateniense, 700 años AEC. Roma tuvo un sistema bimetálico (monedas de oro y de plata), pero la humanidad conoce otras formas de dinero, desde dientes de ballena, discos de piedra, hasta cigarrillos en los campos de concentración en la WWII.
70 años de historia
Lo sucedido en Uruguay desde mediados de 1950 no es en vano y, más allá de que en los últimos años quienes mantuvieron ahorros en dólares (quienes ahorraron en euros, libras esterlinas o yenes les fue peor) tuvieron rendimientos negativos en pesos constantes, mirado en períodos largos la perspectiva cambia. En efecto, los precios internos medidos en dólares aumentaron a una tasa anual de 3,26% entre 1980 y 2025, y de 3% entre el 2000 y el año pasado, lo cual no es muy distinto a la tasa de inflación anual de Estados Unidos, de 3,2% y 2,6% respectivamente. Es cierto que Uruguay paga una tasa de interés real algo mayor que EE.UU. en sus títulos públicos (hoy tampoco es así en los bonos de plazos largos), pero es el precio por la inestabilidad de la historia. Finalmente, si ambas economías pagaran la misma tasa de interés real sobre su moneda, el premio por el riesgo en la moneda nacional sería de 40 puntos básicos en el último cuarto de siglo.
Dado lo anterior, para un ahorrista no sofisticado —más del 95%—, la historia y su cultura, generada o heredada, lo hacen ser cauto, porque asume que no tendrá los conocimientos necesarios para “ver venir” cambios bruscos de precios relativos. Es más, éstos también suceden en períodos de estabilidad relativa. Basta con observar los retornos de las colocaciones en pesos, medidas en dólares, en 2008 (crisis subprime y “vuelo a la calidad”), 2014, 2015, 2018, 2019, 2020 (pandemia y “vuelo a la calidad”) y 2024, años en que los precios domésticos, medidos en dólares, bajaron entre 4% y 11,5%, donde aún un depósito en pesos indexados de todas maneras hubiera tenido un retorno negativo en dólares.
El costo de no tener moneda propia
Dicho lo anterior, desde la perspectiva del manejo de la política monetaria (PM) es imprescindible tener una moneda propia que sea relevante porque, de lo contrario, la PM carece de potencia, resultando poco eficaz y nada eficiente. Uruguay está en esa posición porque el “canal de transmisión” de la PM es extremadamente débil. El uso de la tasa de interés, como los lectores seguramente recuerden, lo considero errado porque su efecto no recae sobre la demanda —la condición para su efectividad—, sino que meramente afecta el tipo de cambio, revaluando la moneda local, con los consabidos problemas derivados del atraso cambiario que provoca.
El presidente del BCU ha declarado que, ahorrando en dólares, le estamos regalando el señoreaje (el poder de compra de la emisión adicional) a Estados Unidos, financiando su déficit fiscal gratis. Tiene razón, pero por el momento buena parte del mundo lo hace porque, aun con sus enormes debilidades, esa economía sigue siendo, en términos relativos, más fuerte que casi todo el resto del mundo, y en su moneda se transa buena parte del comercio y el intercambio financiero mundial; ni que hablar de lo que podemos llamar el “área dólar” en la que estamos inmersos. Si le pasa algo al dólar, seguro que arrastra a todas las monedas de su área de influencia. Es más, lo mejor para los consumidores es que los importadores vendan en dólares, porque de lo contrario incluirán en el precio el riesgo de un cambio brusco en su valor.
El riesgo de las advertencias forzadas
Hacer firmar al depositante en dólares (supongo que será en cualquier moneda extranjera), un papel que advierta sobre el riesgo de perder capital por su ahorro —salvo que se le haga firmar lo mismo si lo hace en pesos o en UI, en este caso frente a la moneda extranjera— es un error por, al menos, dos razones: i) porque la gente se asusta y piensa exactamente en sentido contrario, y ii) porque si por alguna razón —local o internacional— la moneda local se devalúa, como sucedió en 7 de los últimos 18 años, no faltará quien reclame ante la justicia por haber sido inducido al error por parte del Estado, y el resultado de ese reclamo es incierto.
Encajes: un impuesto que profundiza el atraso cambiario
Por último, la medida de aumentar los encajes a los depósitos en dólares y reducirlos en pesos implica, en los hechos, colocar un impuesto a los primeros, castigando el manejo de caja de muchas empresas —algunas integrantes de sectores exportadores de servicios más dinámicos—, al tiempo que disminuye la demanda de dólares en un entorno donde la oferta “abunda” por las necesidades de financiamiento del déficit fiscal, lo que solo sesga el mercado hacia un mayor atraso cambiario.
Resumiendo, tener moneda propia es bueno y deseable; querer hacerlo a las apuradas y de golpe es una muy mala idea. Solo un cambio cultural, donde los jóvenes se vayan convenciendo de un mayor uso del peso, será algo permanente y sin mayores efectos colaterales.