JOSÉ LUIS ESPERT | DESDE BUENOS AIRES
La fuga de capitales que sufrió Néstor Kirchner durante su mandato presidencial fue irrelevante, todo lo contrario de Cristina. El flujo de ahorro de los argentinos hacia el "exterior" (colchón o fuera del país propiamente dicho) viene siendo en promedio de 4,5% del PIB por año, con picos de más 8% del PIB como en 2008 y tercer trimestre de 2011.
Esto ocurre no solo porque el mundo en que le ha tocado gobernar a Cristina es más hostil para los países emergentes que el de Néstor (crisis subprime, quiebra de Lehman, crisis griega, etc.), sino porque la Presidenta, en vez de frenar el insostenible crecimiento del gasto público que venía al 30% anual desde los albores de la presidencia de su esposo, lo aceleró. Así es que desde 2009 tenemos déficit, requiriendo cada vez mayor asistencia del Banco Central de la República Argentina (BCRA) vía el uso de reservas y la emisión monetaria, lo que ha hecho que la inflación haya subido del 10% (Néstor) al doble, 20% anual, lo que a su vez nos coloca entre los países más inflacionarios del mundo.
Como consecuencia de que la devaluación del peso viene al 4-5% anual, la inflación en dólares resultante ha sido del 15% anual en promedio en los últimos cuatro años, del 20% en 2011 y algo superior a partir de los datos de la primera parte de 2012.
El mercado percibe que no es sostenible una inflación en dólares diez veces mayor a la internacional y que en algún momento devaluaremos más del 4-5% actual. Las ganancias de competitividad y el shock favorable de términos del intercambio recibido, demoran el momento mientras que el ir contra todas las cajas posibles y sucesos antiempresa como la confiscación de YPF, lo anticipan.
En 2009 y luego de una fuga de capitales (2008) de casi 8% del PIB, disparada por la crisis con el campo (por problemas fiscales), la quiebra de Lehman y la eliminación de las AFJP (por problemas fiscales), el gobierno devaluó el peso 15%, diez veces más que en el promedio 2007-2008. La recesión de más de 3% permitió que la inflación bajara casi 10% respecto de 2008 a pesar de la suba del dólar.
Pero cuando a mediados del año pasado se produjo otra vez una aceleración a casi el doble de la fuga de capitales de 4,5% a 8%, disparada por expectativas de devaluación después del triunfo de Cristina en las elecciones presidenciales y un agravamiento de la crisis griega, esta vez el gobierno no respondió como en 2009 devaluando sino que, después de más de veinte años, restableció el control de cambios, desviando la fuga de capitales al mercado paralelo o al contado con liquidación. Y no solo eso, desde febrero de este año las importaciones se hacen a dedo y solo si el gobierno las autoriza. Obvio que dejó de perder reservas, pero enfrió la economía.
Mediante ese juego de pinzas, el gobierno tiene la expectativa de quedarse con los dólares del superávit en cuenta corriente, suponiendo que el señoraje que recauda el BCRA supere al financiamiento tanto en dólares como en pesos que hace del desequilibrio fiscal. A su vez, esto depende críticamente de que las brechas de los dólares paralelos con el oficial no se disparen. Si no, comenzará la típica subfacturación de exportaciones (o su retención) y sobrefacturación de importaciones a la espera que el dólar oficial suba.
Para lograr su cometido, lo ideal sería que el gobierno lanzara un plan antiinflacionario (ajuste fiscal y monetario). Poco probable. Un atajo sería que el gasto público crezca, como máximo, al ritmo de la recaudación de impuestos (hoy lo está haciendo 5% por encima) y que el BCRA induzca una suba en las tasas de interés.
POR QUÉ. En los próximos meses el gobierno se enfrenta a necesidades de fondos (déficit más vencimientos de la deuda "floating") por más de $ 100.000 millones (US$ 20.000 millones). Como mucho, la mitad, se financiará de manera "gratuita" con el señoraje, hoy todo impuesto inflacionario. Hay que buscar fondeo "nuevo" por más de US$ 10.000 millones o bajar las necesidades de caja, desacelerando el gasto público o aquietar el paralelo con más tasa de interés.
Si el gobierno no hace nada de esto, el mercado de cambios puede sufrir tensiones que podrían desacelerar más todavía el pequeño crecimiento por arrastre estadístico (de 2011) que está teniendo la economía (sin solucionar el problema de la inflación). Y por si las noticias desde Europa no son buenas, más importante sería todavía la moderación sugerida.
Entonces, en 2012 tenemos una economía con fuerte desaceleración del crecimiento, inflación acelerándose, déficit fiscal de más de 3% del PIB a ser financiado domésticamente y con una fuga de capitales de 4,5% del PIB (en gran medida, ésta es la contrapartida del desequilibrio fiscal) que hace subir la cotización de los dólares paralelos.
La respuesta tiene que ser un plan contra la inflación o moderación del gasto público combinada con suba de la tasa de interés y no más "inflador" fiscal y monetario obturado con medidas antimercado o compulsivas como controles, confiscaciones, etc.
Y una vez estabilizada la tasa de inflación en niveles de no más del 5%, Argentina debería abandonar su decadente populismo industrial.
INDUSTRIA DECADENTE. El populismo industrial, al transformar en un tótem a la sustitución de importaciones y cerrar la economía a la competencia importada, hace caer el tipo real de cambio (apreciación real). Esta perjudica al agro, pero relativamente más a la industria de exportación no tradicional (por ejemplo, el vino), que tiene que pagar los mayores salarios reales derivados de un aumento en la demanda de trabajo de la industria sustitutiva que incrementa su producción, sin recibir el crédito de la suba de aranceles o la restricción a las importaciones.
La sustitución de importaciones beneficia solo a la industria menos competitiva, y perjudica a todo el resto, incluyendo al agro, la energía, al turismo y a las más eficientes con competitividad exportadora.
El populismo industrial ha destrozado el Mercosur, acordado en 1991 por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, que establecía el comienzo de un mercado común desde 1995 y el libre comercio total (0% de aranceles) entre sus miembros desde 2005. Sin embargo, ese mismo año y a instancias de Argentina, se acordaron con Brasil Mecanismos de Acción Competitiva, eufemismo para denotar que nunca habría libre comercio con Brasil.
¿De dónde proviene el combustible para romper el oxímoron de crecer sobre la base de una economía casi en autarquía como la que propone el populismo industrial? Se trata de un modelo que se sostiene mientras las circunstancias internacionales extraordinarias lo permiten. El agro aguanta mientras el precio de la soja compensa el atraso cambiario. La producción de petróleo y gas aguanta gracias a inversiones anteriores hasta que se desplome la producción. Las exportaciones industriales desaparecen por falta de competitividad y represalias de otros países. Los depósitos y el crédito se sostienen hasta que la inflación y el atraso cambiario hacen de la compra de dólares el único refugio a la expoliación de las tasas de interés negativas. El aumento del gasto público y la presión impositiva se sostienen hasta que circunstancias internacionales inician una contracción económica y el déficit fiscal se torna inmanejable.
Se podrá argumentar que muchas de las potencias mundiales de hoy fueron proteccionistas antes. La respuesta a esto es que pasó hace siglos en contextos diferentes, que lo habrán hecho bien y que hoy son economías muy abiertas al comercio. Además, en el último siglo, las experiencias de países emergentes como el nuestro con aperturas bien hechas han sido muy exitosas, en el sentido de generar crecimiento sostenido a tasas altas y mejora en los indicadores sociales.
Terminemos con el populismo industrial, que siempre acaba mal con sus consecuencias sobre el aislamiento mundial, déficit fiscal, alta inflación, controles cambiarios y perjuicios para los sectores más eficientes de la economía, como el agro, el turismo y la exportación industrial competitiva.