La más grande reforma agraria

JULIO PREVE FOLLE

Creo que algunos cuantos ciudadanos conocerán lo que el agro viene cambiando en su paisaje económico, productivo y social a partir de los noventa, y con mayor intensidad a partir del año 2000. Las cifras que recogen los cambios económicos son seguramente las más conocidas: aumentos en el producto sectorial, en la producción y en la productividad ganadera, en la lechería, expansión en superficie y productividad de todos los rubros agrícolas no afectados por el gobierno (y estancamiento y caída en casi todos los otros), progresión geométrica de las exportaciones, cambio técnico generalizado. Respecto de este último punto quiero hacer un paréntesis referido a una intervención que le escuché al Ministro de Industria, Energía y Minería en un almuerzo de ADM.

CONTENIDO TECNOLÓGICO. El Ministro dividió los bienes que produce la economía según lo que llamó su contenido tecnológico, situando a los primarios entre los que tienen el menor contenido, luego los industriales y más adelante, otros, los más deseables, del tipo del software. Se trata de un error conceptual, de otra antigualla a las que nos viene queriendo acostumbrar el monocorde discurso "productivo" oficial. El contenido tecnológico actual de un grano de soja, de trigo o de maíz, que poco se parecen a lo que eran quince años atrás, es muchísimo mayor que el de los productos industriales, de escasísimo valor agregado, con mínima utilización de mano de obra, y con tecnologías casi de tiempos bíblicos. La biogenética, robótica, logística, ingeniería mecánica de los equipos de precisión, química de plaguicidas y de suelos, y tantas cosas más que recoge un grano hoy, poseen un contenido tecnológico muchísimo mayor que la prensa que los muele. Y un cuero curtido o un corte de carne, aun siendo productos intermedios o materias primas de otros procesos industriales, poseen un contenido tecnológico tan diferente a los cueros o cortes de años atrás, se dirigen a mercados tan diferentes, poseen un uso de inteligencia humana tanto mayor, que ubicarlos en aquella lógica de productos tradicionales y no tradicionales supone una ignorancia supina respecto de lo que ha venido pasando en el país.

Señalaba líneas arriba que los cambios económicos en el agro son en general conocidos. Pero algunos cambios sociales lo son menos, y me sorprenden a mí mismo.

LAS IMPACTANTES CIFRAS. En un muy buen trabajo sobre lo ocurrido con la propiedad y los arrendamientos de tierra desde el año 2000, el MGAP divulga información que me tiene favorablemente impresionado. Veamos. En más de 19 mil operaciones, entre el año 2000 y el 2007 se vendieron 5.082.000 hectáreas de campo, esto es el 31% del país, lo que ya de por sí es impactante. Pero aparece por primera vez información sobre arrendamientos. Ella señala que en el mismo período, la superficie que se arrendó fue de 4.336.625 hectáreas, es decir el 26% de la superficie agropecuaria del país. Como hay algunas operaciones repetidas -campos que se venden o arriendan más de una vez- no se puede decir que el 57% del área uruguaya cambió de titular de la explotación. Pero sí se puede afirmar que un área equivalente al 57% del país cambió de titular del negocio agropecuario. Voy a suponer que el proceso no se ha interrumpido y que este año se terminarán vendiendo otras 600 mil hectáreas de campo, y se arrendarán 700 mil, en ambos casos cifras menores a las del año 2007. Y voy a suponer con un criterio más que conservador que entre 1995 y 2000 que no hay datos, se vendieron un millón de hectáreas y se arrendaron también un millón.

Si sumo todas esas cifras, la conclusión es que entre el año 1995 y el 2008, un área equivalente a por lo menos el 77% de la superficie agropecuaria del país habría cambiado de titular de la gestión. Se trata, no tengo dudas, de uno de los cambios sociales más trascendentes por lo rápido, profundo y silencioso, de la historia.

Es fuerte lo que digo, pero indiscutible. No puede haber habido en el planeta proceso alguno de reforma agraria que haya logrado cambiar la titularidad del 70% de las explotaciones de un país en tan poco tiempo -no más de doce años- en paz, y en un proceso de mejora continua de todos los indicadores productivos en casi todos los rubros. Aunque se trata de cosas diferentes, me fijé cuántas hectáreas había en el año 2000 en explotaciones por encima de las 2.500, que era el límite famoso de proyectos sesentistas de reforma agraria: la cifra apenas supera los 5 millones de hectáreas. Esto quiere decir que si se hubieran expropiado todas esas hectáreas se trataría de una cifra menor a las vendidas entre el 2000 y el 2008.

Es mucho lo que se puede decir sobre este proceso, y más lo habrá con el tiempo. Pero lo primero es destacar este fenomenal impacto de movilidad social, logrado con algunas tensiones, es cierto. Pero con un balance general para el país netamente favorable. En efecto, si se asocian estas cifras de movilidad en la titularidad de las explotaciones agropecuarias, con las otras de impactante crecimiento productivo, uno no puede menos que concluir que aunque los que se fueron lo hicieron quizás con dolor, fue logrando una cantidad de dinero por sus tierras no equivalente a un precio vil sino todo lo contrario, a un precio que cada año supera el récord del anterior. Un monto estimado por el mismo trabajo en 3.866 millones de dólares se habría transferido de vendedores a compradores en 7 años, lo que arroja un promedio que aunque en él estemos metiendo negocios muy heterogéneos, supone una cifra nada despreciable del orden de 200 mil dólares.

EN PAZ Y LIBERTAD. Lo que quiero señalar es que este proceso de fuerte movilidad social, en paz y sobre todo en libertad, a partir de genuinas relaciones contractuales entre ciudadanos libres, ha generado un cambio tan impactante del paisaje productivo como no creo haya otro en el pasado. Sé que entre la gente que vendió los habrá genuinamente doloridos; los habrá también que con lo que producían no les daba para igualar la renta de otros que pagaron más y lo dejaron a lo mejor sin actividad. Pero en conjunto lo ocurrido lleva a un estado del agro mucho más preparado para seguir saltando a una ganadería de precisión, a una agricultura de gran contenido tecnológico, a una inversión en fin, sin parangón. Quizás hay menos gente: hasta el 2000 no ocurrió así; ahora sí tal vez haya menos productores, aunque a lo mejor muchos de ellos son hoy empresarios de servicios. No se sabe; habrá que esperar nuevas mediciones de ingreso rural, que ya en el año 1999 demostraban en un famoso estudio, que no era la pobreza un fenómeno esencialmente rural sino urbano; y debe seguir siendo crecientemente así.

OTRAS LECCIONES. Hay otras lecciones del estudio. Una en la que me siento particularmente involucrado, por la lucha que significó la reforma de la ley de arrendamientos rurales del año 1991, es que el arrendamiento volvió a ser una forma normal de acceso a la tierra, dado un clima de no intromisión de la ley en el plazo y la renta. Cuando estos eran de orden público, hubiera sido inimaginable el arrendamiento en esta magnitud, y solo tal vez los convenios de pastoreo o los contratos por una sola cosecha, como era antes, en los momentos de máxima inestabilidad productiva.

Otra lección es que el capital ha encontrado confortable la inversión bajo la modalidad de sociedades anónimas, que suponen la mitad de la superficie adquirida entre 2000 y 2007. Su eliminación por parte del gobierno es coincidente con aquella afirmación del ministro anterior de "poner un palo en la rueda" a todo este proceso. En realidad esta restricción ya la había establecido en la inicua reforma tributaria el MEF, al gravar a aquéllas a las tasas máximas, por más que luego el mismo MEF evidenciara dificultad en votar la prohibición proveniente de la ideología.

En definitiva, una vez más se plantean el impulso y su freno. Hoy como ayer, como anteayer.

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