CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
Son tiempos donde tanto la banca privada como la bancocentralista copan el escenario de los eventos financieros mundiales. Sin duda será un trimestre para recordar, que comenzó balbuceando un episodio inédito para el mundo desarrollado: la aparición de una crisis en el mercado hipotecario que demolió prestigios, puso en duda paradigmas de solidez y prudencia en el negocio bancario y que culmina con la decapitación todavía en curso de los máximos ejecutivos de las instituciones afectadas.
Estos episodios velaron una de las fusiones bancarias más grandes de la historia, que aglutina instituciones con una dispersión geográfica extensa, cuya base fue la absorción del ABN, y que coloca como uno de los líderes del sector a una institución española.
En un nivel menor, pero de enormes implicancias mirado como comienzo de un proceso, el Banco Comercial e Industrial de China adquirió el 20 por ciento del Standard Bank, una de las instituciones líderes de Sudáfrica. De esta manera, China comienza a penetrar y mostrar presencia en el continente africano, hecho que seguramente se extenderá a otras latitudes. Una muestra más de una visión montada sobre una forma de capitalismo autoritario arropado de "socialismo", convertida en una de las locomotoras de arrastre de la economía mundial.
Por su lado, los bancos centrales en lo suyo pero lidiando con temas diferentes según sea su ubicación geográfica. Y en eso con la particularidad de que los ubicados en el mundo desarrollado están ejecutando roles, que hasta hace poco estaban reservados para los ubicados en el mundo emergente. Los primeros tienen como preocupación máxima rescatar a su sistema financiero inyectando liquidez. Los del mundo en desarrollo preocupados en cómo doblegar presiones inflacionarias.
Es un escenario con papeles opuestos a los que nos tenía acostumbrado la historia reciente. Hoy las turbulencias están afincadas en los grandes centros financieros, y el ancla se encuentra en su periferia. Más aun, como hecho nuevo hay de por medio cortafuegos armados en base a liquidez acumulada por los países en desarrollo que los inmuniza de los eventos adversos que afloran en el centro. En algunos casos, pueden incluso cumplir el rol de prestamista de última instancia -China es el mejor ejemplo- financiando tesorerías de países desarrollados o la expansión del consumo doméstico, forma indirecta de compensar el nivel de actividad del mundo desarrollado.
Descifrar estos nuevos comportamientos, son la pista inicial para comprender hacia dónde probablemente se canalizará el futuro.
LA CULTURA DEL RIESGO. Las pérdidas crecientes en empresas de primera línea por préstamos en el mercado hipotecario ponen un signo de interrogación sobre episodios futuros, en los que pueden aflorar aun mayores pérdidas. Incluso que se arrastre a otra clase de instituciones que aseguraron la caída de valor de instrumentos financieros respaldados con garantía hipotecaria. De convalidarse ciertos supuestos, se podría generar la quiebra de algunas instituciones por falta de capital, o la necesidad de instrumentar otra operación de rescate para eludir efectos adversos mayores.
Este aspecto agrega una disyuntiva adicional a la Reserva Federal. Además de su cometido de mantener dentro de ciertos límites la inflación, tiene el objetivo adjunto de encarrilar la actividad económica a los niveles cercanos al de su potencial sin despertar presiones sobre los precios. Sobre esta fina línea se balancea la política monetaria, y en particular el nivel de la tasa de interés. A esto se agregan las eventuales inyecciones de liquidez para preservar la salud del sistema financiero, senda indirecta de consolidar el crecimiento.
El tema es que las decisiones de la FED tienen repercusiones internacionales. Sus acciones recientes en materia de aportes de liquidez y baja de tasas impulsaron una caída rápida del dólar con repercusiones sobre el resto del mundo, en particular Europa. Y seguramente haciéndole preguntar a los países que tienen a esa moneda como unidad de reserva, qué sentido tiene mantenerla cuando hay fuerzas que inducen a su depreciación sustancial.
Por tanto, ya afloran voces diciendo que es necesario sincronizar y repartir la carga del ajuste de los desbalances de la economía estadounidense expresados en sus abultados déficit en la cuenta corriente cercanos al 6% del PIB, hoy exacerbados por el financiamiento del rescate de una crisis financiera impuesta por una institucionalidad bancaria adicta al riesgo desmedido.
Por una vía indirecta, desatada en el centro, figura nuevamente la necesidad de un nuevo multilateralismo que resuelva eficientemente estas tensiones.
LA ENCRUCIJADA EUROPEA. El resurgimiento en su ámbito de presiones inflacionarias ha despertado al halcón que integra el Banco Central Europeo (BCE) -Alemania- que pide un aumento de las tasas de interés. La Unión Europea ya soporta los efectos adversos de la depreciación del dólar sobre su nivel de actividad, a lo que en algunos países se agrega la explosión de una burbuja inmobiliaria con consecuencias actuales o futuras sobre su sistema financiero. Gran Bretaña, Irlanda y España -estando en esa situación-, lo menos que necesitan es un alza en las tasas de interés que agregaría más penurias tanto a sus sectores reales como financieros. Esto hace prever una confrontación en el seno del BCE para mitigar los efectos del ajuste sacrificando el objetivo inflacionario.
Lo antedicho abre otro capítulo de discusión que también se presenta en la mayoría de los países emergentes, al plantearse en su seno cuál es la medida de la inflación relevante para tomar decisiones en política monetaria. Los aumentos del precio de los alimentos y de la energía, hechos que se consideran extraordinarios y por una única vez, han puesto el tema sobre la mesa.
EL MUNDO EMERGENTE. A diferencia de los episodios de crisis de una década atrás, esta parcela del mundo se encuentra en sus antípodas: en su conjunto es un exportador neto de capitales que los convierte en un factor de estabilización del resto del sistema financiero internacional. Además, sus bancos centrales acumulan reservas como forma de preservar -aunque en el mediano plazo es una ficción- la competitividad de su sector productor de bienes transables.
Desde Rusia, pasando por nuestra región, y terminando en otros países lejanos, la apreciación de las monedas domésticas viene siendo un proceso irreversible que en muchos casos no ha sido suficiente para frenar presiones inflacionarias.
Aquí aparecen indeleblemente los límites de la política económica para contener los embates de los empujes inflacionarios. Nadie deja apreciar su moneda lo suficiente como para neutralizar genuinamente la presión alcista en los precios. Más aun, los hechos demuestran que hay "miedo a flotar" con compras masivas de divisas financiadas con emisión que la autoridad monetaria tiene dificultades de esterilizar totalmente.
También aparecen los límites del fisco, como generador genuino de los recursos necesarios para financiar las compras de divisas, evitando exacerbar los niveles de precios.
En todos los casos, aunque haya diferencias de grados o de matices interpretativos, hay un territorio común en el conocimiento de las causas y las consecuencias de las políticas adoptadas. Sin duda, que bajo estas coordenadas mundiales y las actitudes de los gobiernos para adaptarse a las mismas, las presiones inflacionarias serán un compañero de ruta inseparable. Lidiar con el problema no tiene atajos duraderos ni soluciones mágicas. Para solucionarlo es necesario aplicar los fundamentos básicos de la teoría. Pero debemos reconocer que eso implica traspasar umbrales que la institucionalidad o la realidad política muchas veces no permiten.