Karl Marx apuesta a títulos chinos

| Lo más sorprendente es que todos saben que el mercado bursátil chino se está transformando en una enorme burbuja

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William Pesek | BLOOMBERG

Karl Marx está de vuelta en China, y se podría decir que el filósofo tiene más renombre que nunca.

Sí, sí, la segunda economía del Asia avanza velozmente por la autopista del libre mercado. Pekín incluso ha entrado en la locura del capital riesgo, comprando una participación de US$ 3.000 millones en Blackstone Group LP. Como podría decir Milton Friedman, eso sí es capitalismo.

Resulta interesante entonces que los mercados de China son en algunos aspectos más parecidos a los tipos concebidos por Marx que a los ideados por Friedman el campeón del "laissez-faire".

Mao Tsetung se consideraba un heredero de Marx. Hoy, cuando los inversores miran el crecimiento chino de once por ciento y las reformas locales, la teoría marxista a la que se adhirió China allá por el siglo XX, pocas veces viene a la mente.

Y si Marx visitara la China de estos días, podría sentirse atribulado al ver cómo florecen los ricos y cómo una parte considerable del producto interno bruto proviene de las compañías privadas, en tanto los pobres tienen que pagar por la educación y la atención sanitaria. Asimismo, China espera algún día llegar a un sistema donde los mercados controlen los precios de los bienes, la producción y el trabajo.

Aun así, algo en el espectacular auge bursátil chino lleva el sello de Marx por todas partes.

Una de las principales preocupaciones del filósofo nacido en Alemania respecto del libre mercado era un "ejército laboral de reserva", una enorme fuente de mano de obra que impediría los aumentos salariales y beneficiaría solo a las empresas que explotaban a los trabajadores. En la China de hoy, un ejército de reserva formado por inversores individuales interviene para impulsar los precios de las acciones.

OÍDOS SORDOS A GREENSPAN. Tal vez no sorprenda que los inversores que se lanzan a los mercados de Shangai hayan hecho caso omiso de la reciente predicción de Alan Greenspan sobre una "contracción espectacular". Es improbable que muchos de los cientos de miles de chinos que a diario abren cuentas para negociar valores hayan oído hablar del ex presidente de la Reserva Federal, o les importe lo que él piensa.

Están demasiado ocupados con su propia interpretación de la creencia marxista de que una revolución obrera es lo mejor para la sociedad. Solo que esta revolución trata más sobre las masas chinas pobres que están alcanzando a los nuevos ricos de Shangai, Pekín y Cantón.

¿Se opondría realmente Marx? Después de todo, si el auge bursátil chino aumenta la riqueza de las familias de los trabajadores y torna a la nación más igualitaria, ¿no justifica el fin a los medios? ¿Se opondría el filósofo a que los trabajadores tuvieran grandes ganancias con poco trabajo real, en vez de lo contrario?

A Marx le podría importar una vez que la burbuja bursátil china estalle, llevándose los salarios duramente ganados del equivalente moderno de los campesinos del país.

EL CASINO MÁS VISITADO. Lo más sorprendente en el disparo del índice CSI 300 es que todo el mundo sabe que es una burbuja y aun así hay dinero nuevo fluyendo a las acciones. Las compañías chinas podrán carecer de transparencia, pero sus inversores seguramente no. En forma bastante transparente, están echando los dados en el casino más concurrido del mundo.

Así como el hundimiento de 9,2 por ciento el 27 de febrero fue visto como una oportunidad de compra, la caída de 7,7 por ciento el 4 de junio simplemente trajo más demanda al mercado. Es una burbuja y a legiones de trabajadores chinos que abren cuentas de inversión no les importa.

Los críticos del marxismo -entre ellos Friedman, ganador del premio Nobel de economía- sostienen que el capitalismo es un medio más eficiente de crear y distribuir riqueza. Creen que la brecha entre ricos y pobres en las economías que se están industrializando es un fenómeno temporal que el capitalismo a la larga corregirá.

La ironía es que los trabajadores chinos están usando la expresión extrema del capitalismo -la especulación bursátil- para achicar la diferencia entre los pudientes y los no pudientes. En otras palabras, usan a Friedman para acercarse a lo que quería Marx.

¿CAPITALISMO O QUÉ? Es posible que los funcionarios de Pekín hagan lo opuesto. No hay duda de que el Gobierno chino, armado con reservas monetarias de US$ 2 billones, intervendrá para estabilizar el mercado si éste se derrumba realmente. Hong Kong lo hizo a fines de los años noventa del siglo pasado con pocos efectos secundarios duraderos. Y Japón raramente evita el socialismo financiero cuando se hunde el promedio bursátil Nikkei 225.

Es previsible que en China se tomen medidas similares. Por hora, los nuevos inversores que esperan enriquecerse hacen subir las acciones como una enorme pirámide donde se apilan millones de personas. Tales manías funcionan para quienes entran tempranamente. Son los que llegan tarde quienes a menudo experimentan grandes pérdidas. Y no hay duda de que esto terminará mal para unos cuantos.

Las autoridades chinas quieren ambas cosas: capitalismo y socialismo. Quieren que la burbuja bursátil deje de inflarse; no quieren que explote, aplastando la confianza de las empresas y los consumidores. De ahí la timidez que observamos en las esferas del poder en China.

China posiblemente suba las tasas de préstamos y depósitos al menos una vez más este año para enfriar la inversión y achicar las burbujas de activos, según un sondeo a dieciséis economistas llevado a cabo por el periodista de Bloomberg Nipa Piboontanasawat.

China debe tomar medidas más enérgicas si quiere impedir que el dinero de los superávit comerciales récord alimente burbujas bursátiles o inmobiliarias y un exceso de capacidad en la industria. Eso es especialmente cierto cuando la inflación supera los rendimientos después de impuestos de los depósitos bancarios, alentando la especulación que ha motivado el alza de setenta por ciento en el índice CSI 300 este año.

Es improbable que nada de esto impida al ejército de reserva de los inversores chinos apostarlo todo en Shangai. No está claro si ni Friedman ni Marx lo aprobarían.

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