Impuestos a los electrodomésticos

JUAN DUBRA

Sin llegar al extremo del gasoil productivo, agregar impuestos a los electrodomésticos de alto consumo, para reducir el uso de electricidad, califica como una de las peores medidas que se podrían implementar. Sería mala por muchas razones. La primera, y más importante, es que distorsiona los incentivos de la gente para hacer "lo correcto". Hay un teorema fundamental en economía que se llama Primer Teorema del Bienestar, que dice que si se deja actuar al mercado libremente, o sea sin intervenciones, la asignación de recursos es eficiente. El resultado es válido por una razón sencilla: cuando el gobierno no interfiere en las decisiones de la gente, los precios reflejan el valor para los consumidores de las cosas, y también el costo para la sociedad de producirlas. Entonces, se produce sólo lo que "se tiene" que producir (lo que vale la pena producir, de acuerdo a las preferencias de la gente) y se consume sólo lo que "se tiene" que consumir (los bienes que dan más satisfacción que lo que cuesta su producción).

La sencillez del argumento también desnuda las limitaciones a su aplicabilidad: se necesita que cada bien tenga un precio. El argumento falla por ejemplo, cuando hay bienes públicos para los cuales no hay un precio. Si se dejara la producción de "seguridad nacional" a un ejército privado, cuando la empresa me quisiera cobrar por el servicio, yo no pagaría pues no habría forma de negarme el servicio; la empresa no sería rentable y se produciría menos seguridad que lo que la gente querría. Falla también el teorema si hay "externalidades" (consecuencias de mis acciones sobre otros) para las que tampoco hay un precio: si tengo una barraca de leña, lleno la casa de mi vecino de ratas, y él no me puede cobrar nada por ello, estaríamos todos mejor si él me pagara y yo cerrara mi leñería. Pero no llegamos a un acuerdo por dificultades en la negociación.

A pesar de estos factores que hacen que en algunos mercados esta lógica no se pueda aplicar al pie de la letra, y otros problemas como el "problema del segundo mejor" -si ya hay distorsiones en la economía, puede ser mejor agregar una distorsión adicional-, la lógica del Primer Teorema se aplica perfectamente con los electrodomésticos. Para ver cómo la introducción de impuestos distorsiona asignaciones que de otra manera serían eficientes, imaginemos que estoy dispuesto a pagar hasta $ 2.000 por un radiador eléctrico que cuesta $ 1.800, o hasta $ 1.800 por tres estufas de cuarzo que juntas cuestan $ 1.800. Las dos alternativas producen la misma cantidad de calor, pero el radiador consume menos energía. En ausencia de impuestos, compraría el radiador, porque cuesta menos que lo que estoy dispuesto a pagar por él. Si el gobierno pone un impuesto de (digamos) 15% a los radiadores, ya no compraré el radiador, sino las estufas. Así, seré $ 200 más "pobre": comprando el radiador "ganaba" $ 200 (pues estaba dispuesto a pagar $ 2.000 por algo que costaba $ 1.800), y ahora estoy forzado a comprar las tres estufas. No solo soy menos feliz, sino que además aumentará el consumo de energía. Aunque los detalles del impuesto aún no están disponibles, cualquier forma que adopte estará sujeto a críticas similares a esta. Por ejemplo, si se gravara a los electrodomésticos en función de su eficiencia (y no de su consumo total), el gobierno tendría que decidir cómo gravar una lavarropa que centrifuga, versus una que no lo hace pero que es más ineficiente en el lavado; o decidir si gravar calefones chicos que son más ineficientes, forzando a la gente a comprar calefones más grandes que no necesitan y que gastan más.

Cada vez que el gobierno pone impuestos, distorsiona las elecciones de la gente y de las empresas, y aleja a la economía de la asignación eficiente de recursos. La gente es menos feliz, las firmas ganan menos dinero y los recursos se asignan ineficientemente (alguien que era bueno produciendo radiadores, se verá forzado a fabricar estufas). Por supuesto, el gobierno debe recaudar impuestos, pero hay que evitar distorsiones innecesarias. Por si esto fuera poco, hay varios motivos adicionales que hacen que el impuesto a los electrodomésticos de alto consumo sea malo desde el punto de vista económico.

Para empezar, el impuesto complica el código impositivo. Un código sencillo es más fácil de administrar para el gobierno y los particulares. Las empresas deben actualizar sus programas de computación para agregar una nueva vuelta de tuerca, como el desastre que fue para los particulares la implementación del Cofis. También gastarán más en asesoramiento contable, y en ver cómo eludir el impuesto. Finalmente, como la lista de electrodomésticos a incluir será arbitraria, las empresas gastarán recursos, que de otra manera estarían haciendo algo productivo, en tratar de hacer que sus productos no entren en la lista de los bienes gravados. Los códigos impositivos complicados incentivan el lobby y favorecen las arbitrariedades.

Para el gobierno también suele resultar contraproducente la introducción de este tipo de impuestos. Como argumenté, la conexión entre los tributos a los bienes que gastan mucha energía y el consumo de energía es tenue: en el ejemplo utilizado, el radiador gastaba menos energía que las tres estufas. Además, la administración de impuestos complicados y que recaudan poco suele terminar en un gasto administrativo mayor que la recaudación, por lo que hay que subir los impuestos para poderlos administrar. Esto no es una posibilidad teórica remota: a menudo cuando se simplifican los códigos impositivos, se eliminan impuestos que son más caros de administrar que lo que recaudan. Eso ya ha ocurrido en nuestro país. Uno de los objetivos de la reciente reforma tributaria era simplificar la estructura impositiva.

Por supuesto, se puede argumentar que como el objetivo principal del impuesto no es recaudar, sino reducir el uso de electricidad, no deberíamos preocuparnos por si el impuesto recauda o no. Pero otra vez, el argumento está mal.

Primero, el objetivo no debería ser reducir el consumo de electricidad. De la misma manera que el gobierno empeora el bienestar de la gente al distorsionar sus elecciones entre radiadores y estufas, también lo hace al entrometerse en las elecciones de la gente entre electricidad y otras cosas. Si, y este es un condicional muy grande, los precios de la economía reflejan el costo que tiene para la sociedad producirlos, el gobierno debería dejar que la gente eligiera libremente y así se asignarían los recursos eficientemente. Los precios en nuestra economía están lejos de reflejar los costos de producción, por lo que el argumento no sería válido, pero la situación es aún más a favor del mismo, porque los precios de la energía en Uruguay son mucho más altos que su costo de producción. Por lo tanto, la gente ya está consumiendo mucha menos energía que lo que es socialmente óptimo: con precios de la energía más cercanos a los verdaderos costos de producción, se consumiría mucha más energía. Las causas de los sobreprecios en la energía en nuestro país son variadas, pero tienen que ver básicamente con decisiones del gobierno, del actual y de los anteriores. Los dos ejemplos más claros son las decisiones de mantener el monopolio de Ancap, que es muy ineficiente refinando petróleo, y de usar a las empresas estatales como agentes de recaudación fijando un precio alto o gravando sus ventas con altos impuestos. Esto nos lleva a una ilustración de lo equivocado que es nuestro manejo energético: en el pasado reciente, ¡UTE subsidió la adquisición de equipos de alto consumo!

En segundo lugar, si a pesar de ser un objetivo equivocado, el gobierno insiste en bajar el consumo de electricidad, hay al menos dos formas mejores de hacerlo. Una es bajando el costo de formas alternativas de energía. Así por ejemplo, si bajara el gas, la nafta, o el fuel oil, algunas aplicaciones eléctricas se pasarían a otras alternativas de energía: las calefacciones de los hogares, o algunas aplicaciones industriales.

La otra forma de bajar el consumo de electricidad es subir su precio. Repito, no es que subir el precio sea bueno, pero si el objetivo es bajar el consumo, subir el precio es mejor que poner impuestos a los electrodomésticos de alto consumo. La suba de precio englobaría varias de las distorsiones que tiene nuestro mercado eléctrico. Así por ejemplo, UTE tiene tarifas decrecientes para la industria: si una empresa consume más energía, le bajan el precio por unidad. Esto incentiva el uso de electricidad. Por otro lado, el gobierno también incentiva el uso excesivo de energía de otras maneras: la gente que vive en los asentamientos se "cuelga" de los cables de UTE y no pagan por el uso de electricidad. Un conocido que vende electrodomésticos cuenta que la gente que está colgada es la que compra las estufas de cuarzo con más potencia: son más baratas que los radiadores eléctricos, pero a pesar de ser más ineficientes y gastar más electricidad, como el comprador no paga la cuenta, no le importa. Peor aún, algunas veces para no comprar estufas de cuarzo utilizan sus cocinas eléctricas como calefactores, que es aún más ineficiente.

La UTE sabe cuánto le cuesta cada asentamiento en términos de energía robada. Una forma más eficiente de manejar este problema, sería dar un subsidio fijo (e igual al gasto estimado por familia en cada asentamiento), y obligar a la gente a conectarse legalmente a la red. De esa manera la gente consumiría sólo lo que está dispuesta a pagar; sólo la energía que le da más felicidad que lo que cuesta producir. Por supuesto, después habría que controlar que la gente no se colgara, pero existirían los incentivos correctos a la hora de usar energía.

Esta administración ha introducido bombas de tiempo micro; éste sería un nuevo disparate micro. Se dirá que cualquiera de las alternativas que mencioné es complicada desde un punto de vista político, pero tenemos un gobierno que tiene las mayorías necesarias para hacer lo que le plazca. Más aún, el ministro Daniel Martínez es inteligente, bien preparado, y con cierto respeto por la tecnocracia; debería escuchar a la gente del oficialismo que sabe de economía.

Finalmente, el ministro dijo que una de las razones para adoptar este impuesto, sería para "educar" a la población sobre el consumo eficiente de energía. Yo no quiero que me eduquen, y creo que el gobierno no debería educarnos. Yo quiero más libertad y no más distorsiones.

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