SERGIO ABREU
La crisis financiera en Estados Unidos es realmente seria. Ella se deriva de una fractura en el mercado de viviendas, de una restricción del crédito (como consecuencia de las dificultades del sector financiero) y de un debilitamiento en la formación de capitales. El dólar se depreció 17% en el último año y 31% desde fines de 2005. La pérdida de los grandes bancos, por revalorización a la baja de sus activos invendibles, se estima que podría alcanzar los 400.000 millones de dólares. La corrida bancaria sobre Bear & Stearns y el rescate por JP Morgan (facilitado por un préstamo por la Reserva Federal de New York por 30.000 millones de dólares) han obligado al gobierno de Estados Unidos a adoptar urgentes medidas. A pesar de ello, la reducción de la tasa de interés de los fondos federales, el estímulo fiscal de 168.000 millones de dólares y la inyección de liquidez en el sistema financiero, en acuerdo con los Bancos Centrales europeos, no han disipado la incertidumbre en el mercado global. A diferencia de crisis anteriores, que se produjeron en economías emergentes, ésta se ha instalado en la principal economía mundial y ya se habla de un proceso de recesión que avizora un crecimiento de su economía de solo un 1.5% para el año 2008, la menor tasa anual desde 2001.
En otros tiempos estas realidades lejanas llegaban a estos lares con distinta intensidad, pero no con el efecto desestabilizador que hoy transmiten. La nueva agenda internacional registra un crecimiento mayor del comercio frente a la producción de bienes y servicios, donde un tercio de las transacciones comerciales se realizan intra-firma. Agregado a un creciente marco multilateral que tiende a fijar reglas de juego para todos los Estados.
Sin embargo, las grandes dificultades de la globalización se localizan en el flujo de capitales; su movilidad se enfoca a aplicaciones financieras en portafolios de títulos o acciones bursátiles y la tendencia de los mercados financieros muestra una gran sensibilidad a impulsos "psicológicos" ya sea de optimismo o de pánico, según las circunstancias. Los bancos, en particular, parecen poseídos, como se ha dicho, de un "instinto de manada" volcando préstamos al mercado en situaciones favorables, o retrayéndose en conjunto a la sola insinuación de una crisis. En estos casos, gracias al desarrollo de complejos instrumentos financieros basados en tecnologías de la información y en poderosos medios de procesamiento de datos y comunicaciones, las aplicaciones financieras alcanzan una velocidad fulminante y la volatilidad de los capitales es el atributo esencial del nuevo escenario.
En este contexto, el riesgo que se esboza en cualquier punto del planeta se transmite inmediatamente al resto de la comunidad financiera. Aunque también es cierto que no todos reaccionan de la misma manera, y ello por una sencilla razón, cuando la adrenalina sube en un mercado en crisis siempre existe una organización o una persona que advierte una oportunidad única para concretar un buen negocio; y por otro lado instituciones o individuos que siempre se dan margen para cometer un nuevo error.
Por eso, en tiempos de prudencia y mesura las preguntas adecuadas son: ¿cómo se puede enfrentar esta situación?, ¿existen respuestas que compensen la vulnerabilidad de las economías menos desarrolladas?, ¿la crisis se transmitirá en forma gradual o caerá como un mazazo sobre la comunidad internacional? Las expectativas son la clave de la reacción del mercado, y como decía John Galbraith "aparte de formarse un criterio más afinado sobre la tendencia especuladora y sobre el proceso en sí mismo probablemente no es mucho lo que pueda hacerse… No hay posibilidad de poner fuera de la ley, la incredulidad financiera o la euforia masiva".
A pesar de ello se ha planteado que el futuro está ligado a las políticas monetarias y fiscales de cada país. Así, se analiza la relación entre las tasas internacionales de interés, las tasas nacionales y en especial la que fija el FED, los alineamientos de los distintos Bancos Centrales de modo de encarar entre otras cosas, la eventual variación de los precios internacionales y su incidencia sobre las cuentas corrientes de cada economía. A la luz de estos hechos, los especialistas comienzan a simular escenarios sobre tasas de inflación, tipo de cambio y el impacto sobre las inversiones directas extranjeras, en especial sobre las economías más ricas.
En cuanto a la economía uruguaya, poco se puede hacer para cambiar el rumbo de la crisis, pero en cambio, mucho se puede prevenir para evitar efectos económicos y sociales negativos.
Hasta el surgimiento de la crisis, los números muestran un aumento del gasto público mayor al del crecimiento del producto (47% versus 35% en los últimos cinco años); por otro lado, se insinúa un mayor gasto social a concretarse en la próxima rendición de cuentas y un eventual ajuste de la relación ingreso/gasto en función de cómo se solucione el tema de la inconstitucionalidad del IRPF a las pasividades.
Se agrega una pregunta adicional: ¿Podrán mantenerse las pautas fijadas por el Comité de Coordinación Macroeconómica del Banco Central para el año 2008 de un crecimiento del 3.8% y una inflación del 4 al 6%? Asumiendo, como expresáramos en la interpelación al Ministro de Economía y Finanzas, que la inflación que se quiere alcanzar en 2008 y 2009 ronde el 5% anual (cifra ya descartada) el gasto nominal no debería crecer más de 9% en 2008 y no más del 8.4% en 2009 si se lo quiere mantener de forma constante como proporción del Producto Interno Bruto. Como bien ha explicado el economista Javier de Haedo en estas páginas, seguramente las previsiones no serán cumplidas, porque el aumento de las pasividades del 13% en función del Índice Medio de Salarios de 2007, el incremento de los salarios públicos y otros gastos a ser incluidos en la rendición, indican que el gasto nominal seguirá creciendo a más del 10% interanual y se acercará al 15% entre 2007 y 2009.
El análisis de esta situación, y las respuestas del gobierno, deben vencer la tentación que el cálculo político electoral despierta. El equipo económico tendrá que explicar cuál es su visión sobre la proyección de la crisis respecto del ciclo económico, y en particular, de su eventual acortamiento y su repercusión sobre la economía real. La vulnerabilidad del Uruguay es un dato de la realidad, por lo que el efecto dominó, típico de estas crisis financieras, y en especial cuando provienen de la principal economía mundial, puede determinar una caída de la demanda y de los precios de diversos productos, un aumento de la desconfianza en el clima de los negocios, un impacto sobre la tasa de inversión directa extranjera (de por sí baja en el Uruguay) y una reversión de las expectativas que puedan afectar nuestra estabilidad.
Esto se produce además, en un escenario inconcluso en el ámbito multilateral de comercio, habida cuenta de las dificultades que atraviesa la ronda Doha. La ausencia de un acuerdo puede alentar el proteccionismo impulsado por el temor de los productores domésticos de las economías más desarrolladas para evitar la invasión de productos del mercado externo.
La cautela con que debe manejarse esta situación no debe confundirse con un mensaje apocalíptico, pero tampoco se pueden disimular las eventuales turbulencias que se nos avecinan. Las autoridades no deben especular con separar los tiempos políticos de las dificultades económicas del futuro; menos aún reeditar los efectos negativos del año 1989 en que el gobierno que iniciaba su mandato en 1990 se enfrentó a un déficit fiscal del 7% del producto y a una tendencia inflacionaria de tres dígitos. No se puede olvidar que el ideal de Lord Keynes (tantas veces invocado) se centraba en que los gobiernos debían equilibrar el presupuesto en las épocas buenas, para permitir una mayor flexibilidad en las cuentas públicas cuando la producción amenazara a descender y el desempleo a aumentar.
En ese sentido, hasta ahora, las políticas contra-cíclicas no han existido, y los tiempos que se acercan pueden encontrar a la economía uruguaya débilmente preparada para capear el temporal.