La consideración que hay entre los políticos sobre los economistas no es trivial. Tengo recuerdo de anécdotas en ese sentido desde que volvió la Democracia, pero para no extenderme voy a referir sólo dos, recientes.
En marzo de 2013, el entonces presidente José Mujica expresó que “Oddone no se subió en su vida a un arado ni en pedo, pero bueno, es importante darle pelota”. Lo dijo ante proyecciones de deterioro fiscal que el economista había formulado desde su actividad de consultor.
En el período pasado, el presidente Luis Lacalle Pou criticó a los economistas (incluido el autor de esta columna) que antes de que se iniciara el período de gobierno, sostenían que sin un aumento de impuestos no mejorarían las cuentas públicas. El entonces presidente hizo ostentación de su crítica tiempo después, a mitad de período, cuando los números fiscales todavía daban bien. Festejó el resultado del partido cuando sólo había transcurrido el primer tiempo y se terminó yendo con una situación fiscal peor que la que heredó.
Ahora le tocó el turno al actual presidente, Yamandú Orsi, que en el cierre de su alocución en el evento de ADM del martes 9, destacó la necesidad de “darle la importancia que merece a la política. Que incluye a la economía y no al revés. Y para eso hay que entender el papel que nosotros los políticos tenemos. Cuál es nuestro papel. Cuál es el rol en esta hermosa tarea. Que va mucho más allá del papel de comentaristas de nuestras verdades reveladas. Y no nos permitan que nos transformemos en simples predicadores”. Dos días después el presidente volvió a la carga: “la economía no se maneja por los analistas, se maneja por el plato de comida que podés llevar a tu casa”, señaló.
Coincido con algunas de las cosas que sostiene el presidente. Efectivamente, la política incluye a la economía y no al revés. La política, y en Democracia, es la forma óptima de resolver nuestros problemas. Una super tecnocracia no lo haría mejor. Los políticos dialogan, negocian, buscan consensos o al menos, mayorías. Antes, deben palpar el sentir de la sociedad y después, explicar. En el caso de nuestro país lo hacen bien, de ahí el prestigio de nuestra institucionalidad, tanto en términos absolutos como, mucho más, en términos relativos en una realidad regional y global decadente en ese sentido.
Pero de ahí a denostar a los economistas porque analicen y comenten la realidad y prediquen ideas, propuestas y soluciones, hay un trecho enorme. Los economistas no tenemos “verdades reveladas” sino que proponemos ideas y políticas con fundamento en la teoría y en la práctica. No pretendemos dictar cátedra a los políticos porque son ellos los expertos en conseguir cosas, no nosotros. Pero sí podemos y debemos mostrar el camino de las ideas y las políticas que conducen a buenos destinos y los que no.
Por cierto, hay cuestiones discutibles, opinables, por lo general en el campo de los valores, del deber ser. Pero hay cuestiones básicas por fuera de toda duda entre economistas profesionales. Por decir tres obvias: una, no se puede tener siempre un déficit fiscal elevado como aquí tenemos desde 2014; dos, es preferible una inflación como las que tienen hoy Uruguay y Brasil (o una aún más baja) que una como la que tiene Argentina; y tres, el crecimiento económico debe “repartirse” entre empleo y salario, o sea cantidad y precio; si sólo se volcara a salarios, lo pagaría el empleo, como sucedió entre 2015 y 2019.
Pero la prueba del nueve está en el hecho de que los “analistas” tan denostados por algunos políticos, han sostenido los mismos conceptos antes, durante y después de pasar por la gestión pública. Además, los economistas más notorios que se desempeñaron en las principales posiciones en equipos económicos de los tres grandes partidos, comparten una misma visión sobre políticas económicas (y se desempeñaron de manera parecida). Felizmente, en nuestro país todos han sido médicos y ninguno curandero.
No se me ocurre mejor ejemplo que el caso de Gabriel Oddone, que fue burdamente criticado por el presidente Mujica porque a este no le gustaban sus dichos y que ahora es el ministro de Economía y Finanzas que eligió el sector político del mismo Mujica. Y que sostiene en el cargo, lo mismo que sostenía antes de soñar con asumirlo, en particular en las materias fiscal e impositiva.
En cuanto al “plato de comida que podés llevar a tu casa”, también allí mi coincidencia con el presidente es total. Ese es el objetivo último de las políticas públicas y creo que mis colegas también lo comparten. No se gobierna para las estadísticas. Pero las estadísticas sí reflejan cómo se gobierna. No es válida cualquier forma de pretender hacerlo.
Y, parafraseando al presidente, creo que “hay que entender el papel” que nosotros los economistas tenemos y “cuál es el rol en esta hermosa tarea”. Y paso a escribir en primera persona del singular.
Cuando desde estas columnas insisto en la frondosa y añeja agenda de pendientes, o me refiero a la lentitud en la velocidad de las reformas que son necesarias (inserción internacional, enseñanza pública, sector público, desregulación o mejor regulación de sectores no transables, desatar vacas atadas, etc.), o expreso que somos “el país del lucro cesante”, o que hay que dotar de consistencia a las políticas económicas, o que hay que ponerle un motor al velero que no se mueve si no recibe buen viento, estoy contribuyendo a la discusión pública de temas que permiten o no que la gente pueda llevar el plato de comida a su casa.
No es predicar para socavar al político ni enrostrarle sus carencias. Es insistir una y otra vez en que hay una forma mejor de hacer las cosas para bien de la gente.
Esa prédica no sólo está destinada a los políticos sino también a la población que vota y elige a sus representantes. Ella es la última responsable y no los políticos, que, en todo caso, la representan bien. Aunque no la lideran.
La población parece estar conforme con sus representantes porque una y otra vez eligen a los que muestran el mismo comportamiento: tocan la pelota para el costado en la mitad de la cancha, se bañan en agua tibia y hacen la apología de la penillanura suavemente ondulada.
A pesar de que una parte de la población no esté llevando suficiente comida a sus casas, en un país en el que uno de cada tres menores de edad, es pobre.