El petróleo influye menos, pero …

| Sus mayores precios han sido absorbidos con bastante facilidad; en el futuro puede ser muy diferente

Los precios del petróleo tienen un lugar especial en el folclore económico. Las dos peores recesiones globales de las décadas recientes fueron precedidas por grandes y repentinas subas en el precio del petróleo, primero en 1973 y luego en 1979. Estos picos gemelos, ambos planeados por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) limitando sus embarques de petróleo, son todavía un ejemplo de libro de texto de un "shock" económico: un cambio repentino en las condiciones del mercado. Desde entonces, los incrementos abruptos en el precio del petróleo han generado ansiedad sobre la interrupción del crecimiento.

Mayores precios altos del petróleo dañan la economía porque actúan como incrementos impositivos. Las empresas que usan combustible enfrentan costos más elevados, los que, si no pueden ser trasladados a precios más altos, pueden significar que alguna producción se vuelva menos beneficiosa. Los consumidores que deben pagar más por su nafta y su combustible para calefacción tienen menos para gastar en otras cosas. Si buscan mayores salarios para compensar la pérdida de poder adquisitivo, eso solo acarreará pérdida de trabajos.

Los países productores de petróleo se benefician con los altos precios del crudo, por lo que el impacto en la demanda global depende de cómo gasten sus ingresos extras. Pero incluso si las ganancias del petróleo son mayoritariamente gastadas en bienes producidos por países importadores de petróleo, el cambio abrupto en la distribución del ingreso global sigue siendo desestabilizante.

Dada la lúgubre historia, la incomodidad reinante sobre los altos precios del petróleo es comprensible. Una demostración de esto ocurrió el 13 de noviembre cuando, tras unos días complicados, los mercados subieron después de la noticia de que el precio del crudo había caído por debajo de 93 dólares. Después de todas las expectativas de que iba a cruzar la barrera de las tres cifras, una caída hasta apenas alrededor de los 90 dólares desató una ola de alivio que produjo una recuperación.

Pero a pesar de todo esto, algo ha cambiado. Los precios actuales del petróleo eran impensables hasta hace poco. Seis años atrás, cuando el barril de crudo podía ser comprado por tan poco como 20 dólares, los niveles de precios de hoy hubieran despertado temores de una profunda recesión. A pesar del fantasma de shocks petroleros del pasado, los precios del crudo han alcanzado alturas vertiginosas sin descarrilar un período de cinco años de fuerte crecimiento global. ¿Pero por qué el cuco del petróleo se ha vuelto menos temible? Dos nuevos trabajos (*) realizados por tres conocidos economistas intentan explicarlo. Ellos arriban a conclusiones similares: los shocks petroleros no duelen tanto como antes porque el petróleo se usa menos intensamente, porque la economía es más flexible y porque los bancos centrales son más eficientes en el control de la inflación.

Lo que hace que el petróleo sea especial es que es una forma única de energía, particularmente densa y transportable. No es fácil cambiar a otras alternativas muy velozmente, por lo que las alteraciones en la oferta son perjudiciales. De todas formas los progresos en la eficiencia energética significan que la dependencia del petróleo ya no es lo que era. Los países desarrollados usan menos de la mitad del petróleo que usaban en 1970 por cada dólar (ajustado por inflación) del PIB. Por lo que, aunque los precios en términos reales han vuelto a los niveles vistos por última vez en los setenta, su impacto no es tan poderoso cuando se lo pondera por la menor importancia económica del petróleo.

El golpe provocado por un petróleo más caro es menos intenso de lo que fue, y comparado con el estado rígido de los setenta, las más flexibles economías actuales están más capacitadas para defenderse. Los mayores precios del petróleo tienen consecuencias directas inevitables en los costos de producción de las empresas y en los precios que pagan los consumidores por productos derivados del petróleo. La amplitud del perjuicio sobre los puestos de trabajo y la producción depende de qué tan bien sean absorbidos estos incrementos de costos. Si los trabajadores insisten en salarios más altos para mantener su poder de compra, los costos de las empresas van a sufrir un golpe adicional, resultando en despidos, mayor desempleo y depresión de la demanda. Si, por el contrario, los trabajadores aguantan el golpe con la mandíbula, aceptando los altos precios del petróleo como un incremento impositivo temporal que disminuye el salario que efectivamente llevan a su casa, el daño colateral va a ser menor. La rigidez de las economías de los setenta, cuando el poder de los sindicatos y los contratos indexados significaban que los salarios eran inflexibles, magnificó los efectos adversos de los shocks petroleros. Los mercados laborales más flexibles de hoy en día permiten que estos shocks sean absorbidos con un perjuicio menor.

Si los consumidores perdonan más los shocks petroleros es, en parte, porque están más acostumbrados a precios volátiles, y en parte porque confían más en los hacedores de política para mantener la inflación bajo control. Un petróleo más caro ha elevado los precios al consumo, pero las expectativas sobre incrementos futuros de los precios se han mantenido extraordinariamente estables. Esto refleja la creencia de que los bancos centrales van a actuar como sea necesario para frenar la inflación. Esta creencia tiene rasgos de auto-cumplida. Los trabajadores son menos insistentes para alcanzar acuerdos salariales que serían inflacionarios y las empresas piensan dos veces antes de aumentar sus propios precios. Como resultado, los bancos centrales no necesitan responder tan agresivamente como en el pasado frente a la inflación causada por mayores precios del petróleo. Una política monetaria menos volátil logra una mayor estabilidad.

PROBLEMAS ADICIONALES. Los dos trabajos de referencia nos ayudan a saber por qué los shocks del petróleo dañan menos que antes. Pero esto no quiere decir que los precios del petróleo carezcan de importancia. Ninguno de los análisis toma en cuenta el incremento del precio del petróleo en el último año. Este aumento del crudo ha sido rápido, incluso para los estándares de los shocks de los setenta, y aparece en un momento particularmente malo para Estados Unidos, el principal usuario de petróleo del mundo. Los consumidores ahora tienen que absorber una andanada de golpes: la caída en los precios de los inmuebles, condiciones más rígidas para el crédito, un desempleo creciente, así como mayores precios de venta al público de la nafta. Todo esto empeora las perspectivas del consumo.

Más aún, parte del costo de absorber las anteriores subas del precio del petróleo ha sido una mayor deuda de los consumidores y un enorme déficit comercial, lo que vuelve a la economía estadounidense más vulnerable. Y por más que la credibilidad de la Reserva Federal ha permitido recortar las tasas de interés en anticipación a una recesión, la persistencia de la inflación provocada por el petróleo todavía puede cambiar las expectativas de futuras presiones en los precios, obligando al banco central a mantener una política monetaria más ajustada. La economía estadounidense ya no tiene la mandíbula de cristal, como en los setenta. Pero una combinación de golpes poderosos aún puede hacerla añicos.

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