Al parecer la tormenta de los autos amainó, nadie sabe por cuánto tiempo, como tampoco se conoce a ciencia cierta en qué consiste el acuerdo firmado. Por un lado se dijo que habría 100 nuevas excepciones al arancel externo común, de dónde Uruguay, haciendo lo que históricamente hizo, podría reducirlo para 100 posiciones de materias primas, insumos intermedios, bienes de capital o tecnología de la información. Eso le permite tener mayor capacidad de competencia al acceder a bienes esenciales a mejores precios que los regionales lo que en el fondo, aunque por afuera del espíritu del acuerdo, sería bueno para Uruguay. Pero desde otras fuentes oficiales, el mensaje fue que las mencionadas posiciones no serían libres para cada país sino que su fijación debería ser consensuada, para todos iguales y que solo se pueden utilizar a efectos de subir el arancel hasta el máximo que permite el consolidado de la Organización Mundial del Comercio. Es decir, Argentina y Brasil pondrán la lista y, tal como están las cosas, política de sumisión mediante, diremos perfecto y, en el mejor de los casos lo que haremos es no subir nuestro arancel, para evitar lo que, correctamente, ha señalado el Ministro Lorenzo, auto infligirnos un daño adicional. A su vez, el aumento en el porcentaje de integración regional para los vehículos hará más difícil que las industrias radicadas en Uruguay puedan cumplir, lo que agrava la falta de productividad de la mano de obra y la baja contracción a la tarea que tenemos. El resultado es como mínimo malo, todo indica que entregamos mucho, incluso desde el punto de vista conceptual y en contra de nuestra histórica postura de defensa de lo mejor para Uruguay, a cambio de nada. En determinado momento se llegó a decir que Brasil nos incluyó en la lista por error; de ser así, nada había que acordar, Brasil solo iba a enmendarlo apenas se lo hiciéramos saber.
Si lo anterior no fuera suficiente, Uruguay declara explícitamente que apoya el programa "Brasil maior", una "remake" de la fracasada política proteccionista, semi-autárquica, mezclada de nacionalismo con más de medio siglo de antigüedad. La suprema expresión de la misma se puede resumir en las expresiones del Ministro de Finanzas, Guido Mantega al decir, "el mercado doméstico es para los brasileños, no para importadores aventureros". La frase es el mejor resumen del atraso conceptual que solo conduce al retraso en el desarrollo. En los últimos años hemos visto a Brasil crecer básicamente en base a exportaciones de materias primas y aumento de consumo privado derivado de la mejora de los términos del intercambio. Su industria anda a los tumbos y de desarrollo de tecnología de punta ni hablamos. El ejemplo de Steve Jobs, como Bill Gates y otros, nos debería enseñar lo bueno que es la competencia y el mercado abierto para el desarrollo, pero claramente aplicamos todo lo contrario. Brasil protegió como nadie a su industria, a toda, sin medida ni excepción y, pese a ser un país grande, con buen mercado doméstico y dotado de enormes recursos naturales aquella, salvo algún sector casual, no tiene mayor capacidad de competir en el mundo, y por ende termina dependiendo de la región adonde básicamente exporta.
Afortunadamente nuestro país, al menos a estar por reiteradas declaraciones del jefe del equipo económico, el Ministro Lorenzo, no comparte esta visión.
HISTORIA. En sus orígenes, el acuerdo era netamente comercial, planteado como un regionalismo abierto y, por tanto, la idea era expandir el comercio intrazona mediante desgravaciones automáticas y progresivas, fortalecerse en la competencia aprovechando lo mejor de cada parte para ir, progresivamente, abriéndose al mundo. Era un esquema de apertura posible, compartible o no, pero nunca se lo podía tildar de descabellado. Las cosas más o menos funcionaron hasta que las dificultades comenzaron a aparecer; allí las agendas domésticas y la falta de institucionalidad mostraron que en realidad nada de fondo existía, y mucho menos el necesario "affectio societatis" y amplitud de miras de parte de los socios mayores, Argentina y Brasil, al inicio en especial este último. El retroceso comenzó, aún cuando nuestro mundo comenzó a cambiar en 2003 y los vientos favorables hicieron más fáciles las cosas, solo se advierte deterioro, violaciones al tratado y, en ciertos casos, hasta destrato hacia los más pequeños. Todos sabemos, Brasil es imperial, su cancillería se mueve con ese parámetro, mientras Argentina se vanagloria de estar fuera del mundo y no respetar ninguna regla. Con este fondo cualquier persona sensata diría que es imposible acordar algo perdurable, ni aún gobiernos de supuestas ideologías afines.
Ciertamente la miopía de Brasil ha sido proverbial, queriendo representar a un bloque en el concierto internacional y al mismo tiempo no solo no está dispuesto a pagar ningún costo, sino que por el contrario intenta ahogar a los más chicos. Es posible que nuestra cancillería piense que la entrega que estamos haciendo es lo mejor, pero todos deben tener presente que en algún momento ésta va a cambiar, aún cuando el partido que gobierna sea el mismo y entonces, las cosas no le serán tan fáciles como le fueron en el pasado.
Las medidas que adoptan tanto Brasil como Argentina constituyen un brutal freno a la competencia y entonces lo único que logran es retrasar el progreso. La lógica es más reservas de mercados, menos inversión, menos innovación, menos riesgo, menos desarrollo. Es tan simple que parece hasta mentira que quienes se proclaman defensores de los sectores más postergados apliquen políticas que conduzcan a la postración.
LA "EXCUSA CHINA". Ciertamente, nadie puede defender a China como un prodigio de competencia limpia. Brasil argumenta que se quiere defender de China, y está en su derecho hacerlo pero, que para ello afecte a sus socios desde hace más de veinte años debería, al menos, probar que éstos están haciendo cosas con dicho país por fuera del acuerdo, cosa que no ha hecho. El mayor problema hoy no es que China subsidie exportaciones o que los salarios en este país sean "un plato de arroz", de hecho los subsidios han prácticamente desaparecido y los salarios aumentado bastante, el tema de fondo es la productividad de la mano de obra y el tipo de cambio. China tiene una moneda depreciada y Brasil (Argentina y Uruguay) muy apreciada, pero esto no es artificial, sino producto de la política fiscal. En efecto, mientras los chinos ahorran y con ello compran reservas, evitando la valorización de su moneda, en estos lares gastamos más de la cuenta, tenemos altos déficits fiscales que financiamos con dinero del exterior, al ingresa dólares que aumentan su oferta y, con ello, deprimen su precio. Casualmente estos dólares nos los proveen los países que ahorran, China entre ellos. Hace diez años, China apenas si producía autos y Brasil era un productor razonable (de baja calidad y por tanto no puede vender más allá de la región). Hoy China es el fabricante Nº 1 del mundo de automóviles y con calidad en rápido ascenso. Este país empezó mucho después y nos "caminó por arriba". No fue su proteccionismo por cierto quien la hizo progresar, algo más debe haber, sería bueno que lo conociéramos y no nos quedemos en la exculpación, deporte favorito de América Latina. Es fácil culpar a terceros y si es China mejor, debemos mirarnos en nosotros y ver qué hemos hecho y por qué mientras otros han desarrollado industrias, nosotros no podemos y somos cada vez más productores de materias primas para terceros, con el riesgo que ello conlleva.
¿Y EL RESTO? Si bien no son parte del proceso de integración, al menos como fue concebido, hay otros asuntos entre los "socios", tanto o más importantes que los comerciales, que siguen sin resolverse, cuando no se toman medidas para dañar al otro. Son cuestiones de buena vecindad, que la normalidad en las relaciones entre países impone. La integración física es inexistente, los problemas con el suministro de energía y la inadmisible política argentina al respecto, el dragado del canal Martín García, las cuestiones medio ambientales y los informes que no se dan a conocer, los trámites de aduana para pasajeros de los países miembros, los "fondos estructurales" y muchos otros ejemplos, dan cuenta de la mentira institucionalizada. Al parecer lo único que queda es un tren que demora casi un día en ir de Montevideo a Buenos Aires (contando los tramos para llegar a los lugares de partida y llegada), el que obviamente no tiene pasajeros, salvo algún nostálgico o masoquista.
Ante este vacío, es imperioso para Uruguay de alguna manera zafar de esta cárcel utilizando todo lo que tiene a su alcance. Para ello nuestros negociadores deben tener instrucciones precisas respecto de apoyos o no pues siempre vamos a lograr algo. Esto hay que cambiarlo y Uruguay tiene mucho para hacer en ello, lo primero es tener un norte ¿lo tenemos?