CARLOS STENERI | | DESDE WASHINGTON DC
A manera de celebración de su primer año, la crisis financiera mundial hoy nos envuelve con su cuarta oleada de efectos negativos plasmados en el descenso inexorable de las cotizaciones en la mayoría de las bolsas. Y lo que es más importante es que esto ayuda a plasmar un cierto aire de desconcierto sobre sus causas. Su resultado es que la actividad económica en la mayoría de los países desarrollados ha entrado en una fase recesiva cuyos signos más notorios son la caída del producto proyectado, el aumento del desempleo y un resurgimiento de las presiones inflacionarias. Ya no se habla de una recuperación que está a la vuelta de la esquina, sino de un proceso que llevará su tiempo.
Eso confirma que el suceso fue más que un traspié financiero promovido por la irresponsabilidad de algunos banqueros, para convertirse en un fenómeno que contaminó a los sectores reales. Esto hace sospechar que hubo causas más profundas que hacen al modo del funcionamiento del modelo global y al diseño de las políticas macroeconómicas.
El tema se complica más para entenderlo, y para buscar la mejor salida hay que considerar en la fórmula al mundo en desarrollo, cuyo PIB medido en paridad de poder de compra representa el 50% del producto interno bruto mundial.
Este panorama conduce a varias reflexiones interconectadas.
EL G8. En medio de eventos donde todos están implicados, la visión imperante muestra que los temas de un mundo altamente globalizado quieren resolverse a puertas cerradas en un club donde muchos de sus integrantes tienen representatividad escasa. Mire por donde se lo mire no califican ni por el tamaño de su PIB, nivel de reservas o población. Faltan ahí los nuevos gigantes del mundo en desarrollo, excepto Rusia, así como potencias financieras aglutinadas en torno a los exportadores netos de energía fósil. Eso es lo que ocurrió en la reciente reunión de ese grupo celebrada en Japón. Su agenda estuvo cargada de buenos propósitos, pero sus recomendaciones son meras declaraciones pues lucen como dictadas desde el púlpito de los iluminados. A eso se agrega su escasa capacidad para hacerlas cumplir. Otra muestra de la ineptitud de tal visión se expresa en las instituciones multilaterales, incluido el FMI, donde los mismos socios son quienes se arrogan, por estatuto, las mayorías necesarias para dictar políticas.
Lo más patético es que esos gobiernos no parecen darse cuenta que el mundo transita por una situación seria cuya resolución no puede descargarse exclusivamente sobre las espaldas de sus bancos centrales o sus tesorerías. La coyuntura requiere aprobar medidas de política, algunas heroicas, que requieren de liderazgo y la participación plena de sus sistemas políticos.
Una muestra viene siendo el debate de los candidatos presidenciales de Estados Unidos, donde el tema de la crisis sólo ha sido tratado lateralmente, citando lugares comunes con la esperanza que la administración saliente resolverá prontamente el problema. Pero lo más notable es que ninguno presenta una gran visión del tema, con lo cual se muestra que reina insularidad en entender lo que está pasando. En consecuencia sus propuestas lucirán con seguridad el mismo defecto.
Los responsables de la conducción de los países del otro lado del Atlántico, casi sin excepciones, también muestran la misma conducta. Es así que ante las recomendaciones recientes del Banco Internacional de Pagos de subir las tasas de interés para combatir la inflación, el primer ministro de España Rodríguez Zapatero salió inmediatamente a la palestra a señalar que "el Banco Central Europeo (BCE) debiera tener una cierta flexibilidad, dado que la inflación en Europa es debida en gran parte al aumento de los precios del petróleo y los alimentos".
Un comentario de signo similar fue emitido por el ministro de finanzas de Alemania Steinbruck, diciendo que "el BCE debe tener en cuenta que si suben la tasa de interés podrían estar mandando una señal errónea". En ambos comentarios, lo político nubló una interpretación cabal de la realidad con la esperanza de que se trate de una nube pasajera sin efectos de segundo orden en sus países y en el resto del mundo.
Nuevamente, un mundo cada vez más interdependiente pretende resolver sus problemas con una visión local, sin tener en cuenta responsabilidades globales. La década del treinta en el siglo pasado, bajo parámetros distintos, dio lugar al aislacionismo de los grandes países cuyo motor fue barrer problemas locales hacia afuera. Disipar aquellos efectos implicó en algunos países, retrocesos históricos importantes. En otros, ritmos de crecimiento aletargados, en particular en el mundo en desarrollo.
MANEJO FALLIDO. Parafraseando el dicho común que la guerra es un tema demasiado importante para dejarla en manos exclusivas de los generales, podría decirse lo mismo de los economistas respecto al manejo de la política económica.
Los hechos muestran que hubo algo más que euforia financiera y malas regulaciones. Hay ya un consenso creciente de que la implosión hipotecaria de agosto del 2007 fue el disparador que desnudó un sistema económico desequilibrado, inundado en liquidez generada por una expansión desmedida del crédito propulsada, a su vez, por tasas de interés reales negativas que estuvieron vigentes por más de una década.
Por tanto, los economistas son co responsables en su calidad de asesores o formuladores de las políticas económicas respectivas.
Si miramos con perspectiva lo que se venía haciendo, en particular en Estados Unidos, queda delineado un cierto engolosamiento respecto a la capacidad explicativa y automatismos de los modelos dinámicos de equilibrio general acunados en el neokeynesianismo hoy en boga en la mayoría de los bancos centrales del mundo desarrollado, donde uno de sus supuestos básicos es que el dinero y el crédito no juegan prácticamente ningún papel sobre el sector real. Tal supuesto es cierto en el largo plazo, pero su presencia en las trayectorias hacia los equilibrios finales, sin duda, afecta al resto de las variables del sistema, promocionando ciclos de expansión desmedida cuyo ajuste implica desajustes serios del sistema. Hoy estamos frente a una clara comprobación de ese efecto.
Sin duda, sus creyentes se cegaron con los automatismos del modelo que facilitaron el diseño y la instrumentación de las políticas suponiendo la autorregulación de los agentes. O también padecieron de una suerte de nihilismo respecto a torcer hechos, alentados por las dificultades propias de discernir señales robustas dentro del barullo cotidiano de la realidad. Su consecuencia es abandonar el esfuerzo de predecir burbujas especulativas en los mercados. El remedio propuesto es esperar que estallen y luego aplicar la medicina respectiva.
La era Greenspan y la de sus seguidores, para decirlo de algún modo, marcó una etapa caracterizada por esa visión cargada de grandiosidad y cierta prescindencia para actuar sobre los detalles de la realidad. En definitiva, las anomalías se entendían como transitorias y capaces de ser reabsorbidas por la capacidad cicatrizante de mercados eficientes. O, a lo sumo, como aberraciones difíciles de prevenir cuya manifestación y resolución generaban efectos colaterales mínimos.
Pero en medio de esas posturas la expansión del crédito se desbocaba en un escenario de tasas reales de interés muy bajas o negativas, junto con déficit fiscales crecientes, con el agregado que en ese juego de manera indirecta participaban nuevos jugadores. Esa conducta ayudó a sumergir al mundo en la antesala de un proceso inflacionario, donde los países en desarrollo se convirtieron de alguna manera en los recicladores de esa liquidez creciente, exportando capitales hacia el mundo desarrollado y acumulando reservas a niveles impensados poco tiempo atrás.
QUÉ VENDRÁ. Nuevamente, al hacedor de la política económica le queda sobre el tapete discernir qué es transitorio y qué es permanente. Y sobre esto hay ya algunas pistas concretas. Primero, si la expansión monetaria a través de la emisión de dinero y la permanencia de tasas de interés sumamente bajas fueron una de las causas del problema, entonces la reversión de esas políticas es un hecho. El tema es cuándo y a qué ritmo, pues aún restan cerrar cicatrices en sistemas financieros complejos de escala universal. Un movimiento prematuro puede ahondar los efectos de la crisis. Eso hará que el mundo conviva con inflación por un cierto lapso.
En segundo lugar, será importante conocer cuánto hay de temporal en las cotizaciones de bienes que actúan como protección contra el alza de precios. En eso les va la vida a muchos exportadores del mundo en desarrollo, entre ellos países como Uruguay. Sin duda, todo lo que registran los precios no obedece a un cambio estructural en la demanda, hecho que le daría credenciales de permanente. Esa incertidumbre dificulta los planes de negocios y agrega riesgos a las estrategias de expansión. Además agrega dudas a los cierres fiscales de los gobiernos cuyas bases impositivas generalmente están altamente correlacionadas con el ciclo económico.
Por ultimo, el esquema conocido como Bretton Woods II donde un país, Estados Unidos, financiaba su exceso de gasto con el exceso de ahorro de China, llegó a su ocaso. Hoy el saldo negativo de la cuenta corriente de Estados Unidos pasó de casi 7 por ciento a orillar 4 por ciento en prácticamente un año. El ajuste que eso implica es impactante, más cuando se tiene en cuenta que hoy el motor de la economía americana son sus exportaciones y no el consumo doméstico que viene decayendo. En suma, quien era hasta hace poco la locomotora de arrastre de la economía mundial, pasó a mutarse en un vagón que necesita ser empujado por el resto del mundo. Esa nueva dinámica tendrá consecuencias, hoy difíciles de discernir, y abre un nuevo abanico de desafíos a ser atendidos por los hacedores de la política económica, cualquiera sea su localización geográfica.