JORGE CAUMONT
Algunos uruguayos, no sólo los políticos, están preocupados por el precio de la carne, ante lo que cabe preguntarse si es alto, ¿por qué alguien no la importa y la vende localmente?; miran con desconsuelo el desempleo transitorio en los frigoríficos -¿por qué las plantas no importan ganado en pie al precio que pagan a los productores locales que, como dicen, es el internacional?-; y no les convencen las condiciones del abastecimiento a la población uruguaya -¿será por la preocupación del alto precio?-. Es por esto que están de acuerdo en aplicar diversas medidas que, para ellos, contemplarían todos esos puntos y las persiguen con tan grande como inútil afán.
PROHIBIR EXPORTAR. Una de las propuestas que se reitera con una constancia que trae preocupación a los productores de ganado, y no tanto como debería a frigoríficos y consumidores de carne, es la que consiste en prohibir la exportación de ganado en pie. La aplicación de esa medida tiene efectos que pese a que pueden ser beneficiosos en el corto plazo para los frigoríficos y tal vez también, aunque en mucho menor medida para los consumidores locales, traería consecuencias negativas en el mediano plazo.
La explicación la conoce cualquier estudiante de Economía que haya cursado la materia Teoría de Precios, más comúnmente conocida como Microeconomía. Y es la siguiente. Los productores de ganado tienen dos alternativas: vender a los frigoríficos o exportar ganado en pie. Que hagan una u otra cosa depende del precio que logren en cada alternativa. Si exportan el ganado en pie es porque encuentran que el precio internacional que reciben es mayor que el que le pagan internamente los frigoríficos. Si no existen restricciones a las exportaciones y venden internamente a los frigoríficos es porque el precio que reciben es mayor o igual al que recibirían del comprador del exterior. Si los productores están exportando ganado en pie y los frigoríficos no tienen materia prima es porque no pagan el precio internacional ni adentro ni afuera del país. Si se prohíbe seguir exportando, los productores locales deberán volcar internamente mayor cantidad de ganado hoy preparado, el precio que pagarán los frigoríficos, sin cambios en las demás condiciones, será menor y el ingreso de los productores disminuirá. Habrá una clara transferencia de ingresos desde los productores rurales a los frigoríficos que tendrán por un tiempo mayor actividad y emplearán más trabajadores que en la situación anterior. Pero la reducción del ingreso de los productores les hará recomponer la ecuación de su negocio. En el mediano plazo, en dos o quizás tres años, la caída del precio que reciben y en consecuencia la baja de su ingreso, les hará reducir la cantidad ofrecida, ya que la ley de la oferta y la demanda es implacable. Ante la reducción de la cantidad ofrecida al menor precio, tanto los frigoríficos como sus empleados y los propios productores rurales se verán perjudicados y en definitiva la contribución al bienestar que realizará este mercado distorsionado por la prohibición, será notablemente menor a la actual. En realidad el país entero sufrirá porque pudiendo producir más al precio internacional del ganado se produce menos y se estarían empleando menos factores productivos que los que se usarían si el precio del ganado en pie fuera el internacional: menor producción, menor empleo, efectos negativos sobre empresas y personas que abastecen al productor de ganado y mayores precios para los consumidores de carne. Si en una primera instancia, en el corto plazo, los consumidores locales de carne pueden verse favorecidos levemente por la medida, en poco tiempo no lo estarán porque los frigoríficos venderán al precio internacional de la carne que será el que rija internamente. Seguramente ante un desengaño de esta naturaleza, los promotores de la audaz medida -todos conocemos su limitado alcance pues el país ya vivió etapas con ella en aplicación- tendrán un incentivo para ir más allá en la distorsión del mercado de la carne. Ese incentivo puede llevar a proponer la prohibición de exportación ya no de ganado en pie sino de la carne, o a fijar cuotas de exportación y a fijar precios internos para el producto. Cualquiera de estas alternativas favorecería de nuevo al consumidor, pero de nuevo tan solo por un tiempo. En estos casos, la consecuencia sería un beneficio de cortísimo plazo para el consumidor pero en contrapartida se desataría un proceso que llevaría en poco tiempo a una nueva disminución de la producción de ganado y adicionalmente a la declinación de la actividad frigorífica y a un menor empleo en ella y en la actividad de los sectores que también trabajan para abastecerla de otros insumos. La aparición de un mercado negro de la carne sería tan inminente como también sería el fin de un camino por el que ya nuestro país transitó hasta 1978 provocando el estancamiento primero y el retroceso de varias décadas de la producción rural.
FRIGORÍFICO NACIONAL. La refundación del Frigorífico Nacional es otra idea que es bien vista por quienes no conocen cómo funcionan los mercados y por quienes además, no recuerdan la experiencia del funcionamiento de la institución durante muchísimos años. Años durante los cuales se le toleró con gran sacrificio de los contribuyentes, que debieron financiar sus cuantiosas pérdidas y durante los que no cumplió con el fin para el que fuera creado. El abasto que realizaba era escaso, con alto costo explícito e implícito y, además -si no me equivoco- no llegó a tener cobertura totalmente nacional. La eventual refundación de la institución supone que deberá competir con los actuales frigoríficos en la adquisición de ganado preparado, lo que implicaría menores exportaciones de ganado en pie o importaciones de ganado en pie, siempre a precios internacionales. En el caso que existiera prohibición de esas exportaciones o de importaciones, el precio al productor será seguramente menor pues hay una baja probabilidad que sea mayor. Sin distorsiones de precios en el mercado local final de la carne, sin precios fijados por la administración o subsidios explícitos o encubiertos, no habría razones para pensar que los consumidores de carne se beneficien ni siquiera en el corto plazo por la aparición de un nuevo frigorífico. El precio mundial seguiría rigiendo en el mercado doméstico, obviamente ajustado por los costos de transacciones. En resumidas cuentas, tampoco esta medida mejoraría la situación actual y podría llevar a la tentación de introducir distorsiones en el mercado con costos sociales importantes. No mejora la posición de los productores rurales que seguirían recibiendo el precio internacional del ganado en pie; tampoco la de los consumidores ni aumenta la producción de ganado preparado. El gran riesgo es, como todos adivinan, el alto costo de funcionamiento que tendrá para los contribuyentes una nueva entidad estatal para prestar una función que no traerá beneficios para la sociedad.