FRANCISCO ROSENDE DESDE SANTIAGO DE CHILE
A partir del año 2003 la economía chilena se ha beneficiado de un cuadro internacional muy favorable, gracias al fuerte aumento experimentado por el precio de sus principales productos de exportación, dentro de los que destaca el cobre. Así, se estima que entre el año 2002 y el 2006, los términos de intercambio crecieron en alrededor de 80%. Esta variable habría crecido en un 6,5% en el primer semestre del presente año, de acuerdo a estimaciones preliminares, prolongando el período de bonanza.
No obstante el favorable cuadro de precios de exportación, al que cabe añadir abundantes condiciones de crédito externo, el escenario descrito genera sentimientos encontrados. En efecto, por un lado resulta satisfactorio comprobar que las autoridades fiscales han logrado contener -en buena medida- los apetitos de gasto que genera la abundancia de recursos en las arcas del tesoro público. Sin embargo, por otra parte es desalentador comprobar que no ha sido posible recuperar el dinamismo que exhibió la economía chilena hasta la irrupción de la crisis asiática -hacia fines de los noventa- a pesar de las muy favorables condiciones internas y externas.
ATENUAR LOS CICLOS. La historia económica chilena -y probablemente también la de otros países de la región- muestra nítidamente como los ciclos favorables de términos de intercambio fueron en el pasado una fuente de desequilibrios macroeconómicos, los que ocasionaron altos costos sociales. Así, con frecuencia la mayor disponibilidad de recursos generada por el cuadro externo favorable dio origen a una fuerte expansión del gasto público, puesto que resultaba irresistible para los gobiernos de turno, dejar de pensar que dicho escenario era "permanente". Sin embargo, cuando ocurría el fenómeno inverso, se postergaban los ajustes requeridos, puesto que se trataba de un evento esencialmente "transitorio".
La regla fiscal establecida algunos años atrás en Chile, plantea que el gasto del gobierno sólo puede crecer en función de lo que un panel de expertos estima son sus ingresos de largo plazo. Ello de modo que el resultado final de las finanzas públicas arroje un "superávit estructural" de un 0,5% del PIB. Así, de acuerdo con la mencionada regla, se estima que el gasto del gobierno habría crecido cerca de 10% el presente año, estimándose que lo hará en alrededor de 9% el próximo.
A mi juicio, se trata de una regla adecuada para una economía tan vulnerable a los ciclos de sus términos de intercambio. No obstante, lo que no estaba en los planes de nadie, era que el ciclo favorable de términos de intercambio fuese tan prolongado, lo que ha creado un enorme espacio para la expansión del gasto fiscal. En la práctica, esta regla ha dificultado la realización de un análisis riguroso de los diferentes programas propuestos, siendo altamente posible que una fracción importante de estos recursos no se estén usando eficientemente, lo que ha llevado a que las propias autoridades fiscales se hubiesen planteado como objetivo para el año 2008, la evaluación de un porcentaje significativo de los programas de gasto.
De cualquier forma, es indudable que el establecimiento de una regla como la señalada ha ayudado a limitar las presiones políticas por mayores gastos, amortiguando la caída del tipo de cambio real, en un contexto donde el riesgo de la aparición de la "enfermedad holandesa" es elevado. Así, según estimaciones del Banco Central de Chile, el tipo de cambio real prevaleciente en agosto -última cifra disponible- del presente año era sólo un 3,7% inferior al promedio del año 2002, año en el que se inició el ciclo alcista en los términos de intercambio.
En todo caso, es muy probable que en los próximos meses veamos un tipo de cambio real algo más bajo, en un contexto donde la demanda interna crece más rápido que el producto, y donde es probable que aumente la brecha entre las tasas de interés internas y externas, como consecuencia del alza en la inflación que se ha registrado en los últimos meses.
EL PROBLEMA. A comienzos del presente año, muchos economistas anticipaban un fuerte crecimiento de la economía chilena -del orden de 6%- tras el modesto 4% del año pasado. Se pensaba que la combinación de un cuadro externo favorable, junto con un manejo monetario y fiscal expansivo, permitirían mejorar sustancialmente el desempeño real de la economía. Sin embargo, tras un primer semestre bastante dinámico, donde la tasa de crecimiento alcanzó a 5,9%, en los meses siguientes se ha observado una moderación importante del dinamismo, provocando una revisión a la baja en las proyecciones de crecimiento. Así, actualmente la mayoría de los analistas proyecta un crecimiento anual en torno a 5,5%.
Es justo señalar que en los meses de invierno se hicieron particularmente críticas las disminuciones en el abastecimiento de gas natural desde Argentina, en un contexto donde el precio internacional del petróleo se mantuvo elevado. A ello se añadió un año escaso en lluvias, configurándose así un fuerte aumento en el costo interno de la energía, lo que indudablemente ha afectado el dinamismo de la actividad.
No obstante, las diversas estimaciones disponibles muestran una caída en la tasa de crecimiento del producto potencial, quedando cada vez más lejana la expectativa de sostener un crecimiento en torno a 7,1% anual, como el registrado entre 1984 y 1997. Desde entonces, la tasa de crecimiento promedio anual -entre el año 1998 y el 2006- ha sido de 3,6%.
En general, el diagnóstico de los especialistas coincide en destacar la restricción que plantea la baja calidad de la educación escolar que recibe cerca de un 90% de los niños de Chile. Esta corresponde a la educación municipalizada y la particular subvencionada. El 10% acude a la particular pagada, cuyos resultados son significativamente mejores, aunque peores que las que muestran, en promedio, las dinámicas economías del sudeste asiático.
Para algunos sectores, en su mayoría afines a los gobiernos de la Concertación, se requiere elevar el gasto público en educación para resolver el problema. Además, se señala que no cabría esperar resultados rápidos, puesto que una parte importante de la capacidad de aprendizaje de los niños viene determinada por el medio intelectual en que se desenvuelven cotidianamente, siendo más difícil influir en éste.
Otros economistas hemos destacado el obstáculo que representa la estructura de incentivos dentro de la cual se desenvuelve la educación escolar, como consecuencia del denominado "Estatuto Docente" -en vigencia desde comienzos de los noventa- el que impide vincular las remuneraciones de los directores de los establecimientos educacionales y también la de los profesores, con el desempeño que muestren sus estudiantes.
Una prueba de la importancia de la estructura de incentivos en este sector es el satisfactorio rendimiento que obtienen niños provenientes de familias de bajos ingresos, cuando estos acuden a colegios de fundaciones privadas, en los que se establece un conjunto de mecanismos que premia el éxito académico de los alumnos, al mismo tiempo que estimula la participación de los padres en el proceso educativo.
El tema educacional es actualmente un "talón de Aquiles" de la economía chilena, y su solución no será simple. Más aun, considerando que la nueva directiva del Colegio de Profesores, de tendencia comunista, ha rechazado de plano unos tímidos esfuerzos de evaluación de su desempeño promovidos por la autoridad.
La combinación de una cuantía considerable de recursos públicos, en un contexto donde el dinamismo de la economía no satisface las expectativas, configura un escenario peligroso, puesto que alimenta un conjunto de iniciativas para aumentar el gasto público, de una cuestionable rentabilidad social. Esta amenaza irá aumentando en los próximos meses, considerando que a fines del 2008 hay elecciones municipales, y el año siguiente corresponde la elección presidencial.