JAVIER DE HAEDO
Uno de los pasatiempos de nuestra niñez, sin internet ni iPods, consistía en resolver crucigramas y otros juegos, como el de las dos imágenes casi idénticas a las que se les habían introducido siete diferencias difícilmente perceptibles a simple vista y que para hallarlas se debía mirar con extrema precisión. Viene a mi memoria ese juego cada vez que el gobierno se busca "desmarcar" del pasado, hasta el extremo en que a veces hay quienes pretenden que todo comenzó aquel primer día de marzo de 2005. Una calificadora de riesgo, Moody´s, que recientemente elevó la nota de nuestro país, entre varios elogios y como parte del fundamento de su decisión, deslizó que, prácticamente, en Uruguay no es muy relevante el resultado electoral porque todos hacen más o menos las mismas buenas políticas.
O sea que vistos desde afuera, los dos dibujitos con siete diferencias son vistos como casi idénticos. Y es desde adentro, que hay quienes pretenden que son más de siete, y muy notorias.
Transcurridos casi ocho años de gobiernos frenteamplistas, a mí me resulta evidente que las diferencias hay que buscarlas con lupa. Ciertamente no en el discurso, pero sí en los hechos, en las políticas, donde más que diferencias se perciben matices.
La similitud es tan grande que hay un común denominador de éxitos y de fracasos compartidos, lo que permitiría afirmar que en Uruguay tenemos numerosas políticas de Estado, tanto positivas como negativas.
Sin pretender agotar la lista, y sin entrar aún en el ámbito macro económico, parece claro que las dos reformas más importantes de los "gobiernos neoliberales de los terribles años noventa" (diría Olesker), se han mantenido de manera indudable: la reforma portuaria de 1992 y la del sistema de seguridad social de 1996. También es evidente que la política forestal iniciada en el primer gobierno democrático ha recibido todo el apoyo e impulso de los últimos dos gobiernos, hasta el extremo de enfrentar la agresión argentina. ¿Y qué podemos decir de la política comercial, en la que unos y otros coinciden con una apertura al mundo pero con la integración regional como elemento central? ¿Y en cuanto a honrar la deuda pública? ¿Y en materia de convocar e incentivar a la inversión privada y extranjera? ¿Y en materia de regulación y supervisión bancaria, tras la crisis de 2002? Unanimidades, por cierto.
Pero la lista de coincidencias no sería completa si no incluyéramos en ella los fracasos compartidos, entre los que se destacan dos: las "no reformas" del sector público y de la enseñanza, ámbitos en los cuales los partidos políticos han cedido poder (no sé cuánto por voluntad y cuánto por incapacidad) a las corporaciones respectivas.
Ante este panorama, hay quienes, desde el Frente Amplio, ponen por delante la reforma tributaria de 2007 y las políticas sociales, como elementos diferenciadores de sus antecesores blancos y colorados. Y no creo que sea tan así, excepto en cuestiones de énfasis y de matices. El caso de la reforma tributaria es muy obvio: más allá de la incorporación del IRPF, que por cierto es un cambio importante aunque solo marginal (representa el 14% de los ingresos de la DGI), el gran impuesto central al sistema tributario sigue siendo el IVA, que se mantiene desde hace añares en torno al 60% de la recaudación total, y el gran ausente al sistema, felizmente, sigue siendo la detracción a las exportaciones. En cuanto a las políticas sociales, si bien es cierto que en estos años se ha sofisticado el diseño respectivo, también lo es que Uruguay siempre se caracterizó por tener una importante red de protección social. No obstante, concedo que es posible que esta área sea una de las que permitirían diferenciar los últimos dos gobiernos, de otros de otro signo. Bueno, al fin hemos encontrado una posible diferencia… en once políticas referidas. No se equivocaba Moody´s, por cierto.
Veamos ahora el ámbito macro. Acá, a simple vista, hay diferencias importantes: en vez de tipo de cambio fijo o algo parecido hay flotación o algo parecido; hay consejos de salarios, que antes no había; se ha "pesificado" la mayor parte de la deuda pública. No se trata de diferencias menores.
Sin embargo, más allá de los instrumentos, hay que ver los resultados. Claro que las comparaciones no siempre son posibles en contextos diferentes y cotejando con la historia que no se vivió.
En cuanto a la deuda pública, yo comparto al 100% la política seguida en estos años, pero concedo que entre mis colegas de los partidos tradicionales ese no es el consenso ni mucho menos. De todos modos vale lo dicho: la pesificación fue posible en un contexto mundial que la hizo viable. Condición necesaria pero no suficiente. La suficiente fue la decisión de aprovechar el momento y pesificarla. No sabemos qué habrían hecho blancos o colorados.
En materia cambiaria, el instrumento es otro, sin dudas, más flexible, sin reglas rígidas ni preanuncios como en la banda de flotación (1991-2002), pero su utilización no ha impedido una considerable apreciación de la moneda nacional.
En el caso de la política salarial, también hay un cambio considerable, con la vigencia de los consejos de salarios. Pero el aumento del salario real no es tanto su consecuencia como la del crecimiento de la economía. De nuevo, no se puede ver lo que no sucedió pero con el extraordinario crecimiento económico de los últimos años era previsible, con cualquier institucionalidad, el aumento considerable del salario real (sin dudas en promedios, no tan claro caso a caso).
Pero si tomamos conjuntamente las políticas cambiaria y salarial vemos que hay un enorme parecido con el pasado: la rigidez y la falta de flexibilidad especialmente ante un eventual cambio de escenario, hacia uno más negativo. A las crisis anteriores llegamos con rigidez cambiaria y flexibilidad salarial, a la próxima llegaremos con flexibilidad cambiaria y rigidez salarial.
Sin embargo, las similitudes no quedan en eso. En el terreno fiscal, hay una continuidad innegable. Se siguen desarrollando políticas fiscales pro cíclicas y con un fuerte aumento del presupuesto en el período pre electoral. Es más, la combinación de políticas económicas siempre ha tendido a ser pro cíclica, como lo es ahora una vez más.
Y por último, pero no menos importante, la inflación. Existe en nuestro país tanto consenso para no volver a las inflaciones crónicas de otrora y permanecer en un dígito como para no profundizar en el camino del descenso hacia umbrales que nos alejen en forma más clara de la zona de riesgo de los dos dígitos. Como quizá nadie lo hizo con tanta claridad antes, el presidente del BCU habló hace algunas semanas de una "zona de confort" de la inflación para los uruguayos, arriba del rango meta (4% a 6%) pero abajo del 10%.
La imagen reciente de los cuatro presidentes en la Casa del Partido Colorado y el buen clima entre ellos en esa instancia, una conferencia compartida sobre el futuro del Mercosur, no fue "para la foto" ni fue casual. Como tampoco lo fue la del 12 de octubre de 2009 con los mismos cuatro protagonistas en la inauguración de una ampliación del Puerto de Montevideo. O con dos de ellos, apenas unos días antes, cortando la cinta e inaugurando el Aeropuerto de Carrasco. Esas imágenes reflejan una realidad más profunda, de continuidad de políticas y no de refundaciones de países, que solo se puede negar bajo los efectos de la politiquería.
Falta, en todo caso, que el mismo equipo, con sus relevos naturales, se ponga las pilas y transforme en positivas algunas políticas de Estado claramente negativas.