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Brasil, Uruguay y Argentina: el valor de la credibilidad

Más allá del propio impacto directo en los flujos financieros, las emisiones de deuda sostenible amplifican la importancia de una necesidad de dimensión planetaria.

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Getty Images

La semana pasada, Brasil debutó en el mercado de deuda soberana sostenible, con la emisión de un bono por 2.000 millones de dólares para financiar la agenda verde del Presidente Lula.

Con esto, sigue la gestión pionera de Uruguay a nivel mundial de emitir deuda cuyo servicio por intereses está ligada al cumplimiento de parámetros de gestión medio ambiental, hecho que comenzó en 2022, emitiendo hasta la fecha bajo esa modalidad por un monto total de 2.200millones de dólares, demandados por un universo ampliado de inversores ávidos de este tipo de instrumentos. Un logro importante que robustece los fundamentos de una gestión de manejo del endeudamiento sólida.

La noticia tiene implicaciones muchas veces desapercibidas, pero de importancia relevante.

La primera es que la preocupación por el cambio climático ha permeado los mercados financieros internacionales, haciendo que los inversores estén dispuestos a premiar al emisor mediante el cobro de una tasa menor de interés, a aquellos emisores que cumplan metas ambientales preestablecidas. Y a castigarlos con el mismo mecanismo en el caso inverso.

Sabido es que Uruguay lidera ese proceso en los mercados financieros, a través del Ministerio de Economía usando como brazo ejecutor a su Unidad de Gestión de Deuda, abriendo el paso a una tendencia creciente que ya comenzaron a utilizar países relevantes como Brasil, donde los mercados financieros se convierten en una palanca para cumplir objetivos ambientales. Más allá del propio impacto directo en los flujos financieros, amplifican la importancia de una necesidad de dimensión planetaria.

El segundo aspecto es que esto no es posible si los países emisores no tienen credenciales de credibilidad robustas, pues el servicio de la deuda está ligado a indicadores medioambientales que requieren una institucionalidad sólida, ajena a cualquier manipulación. Aquí me permito hacer un poco de historia al respecto. En nuestro conocido episodio de crisis de principios de siglo, donde la credibilidad de nuestro país salió fortalecida por su estrategia de salida, Brasil también estaba en una situación altamente comprometida. A mediados del 2002, tenía un alto nivel de endeudamiento de corto plazo, sobre todo a nivel de Estados, con dificultades crecientes para renovarlo de no mediar un encuadramiento severo de sus cuentas fiscales a nivel federal.

En noviembre de ese año, había elecciones presidenciales donde el candidato Lula mostraba grandes chances de ganar las elecciones. Por primera vez la izquierda asumiría el mando del país más grande de América Latina, hecho que agregaba un grado más de incertidumbre. Y en ese lapso, el gobierno saliente liderado por Fernando Henrique Cardoso hizo en silencio un programa severo con el FMI que, visto lo que vino después, tenía el beneplácito del nuevo gobierno de izquierda. Brasil preservó así su credibilidad como deudor, manteniendo su acceso a los mercados de capital, tanto domésticos como internacionales, hecho que mantiene hasta la actualidad y que le permite a sus corporaciones y el estado se financien fluidamente en los mercados domésticos e internacionales, incluso con la novedad de incluir cláusulas ambientales en su servicio, además de viabilizar un flujo permanente de inversión extranjera.

En nuestro país la zaga fue similar, pues el gobierno del Frente Amplio en 2005 tomó como suyo las metas fiscales fundamentales del programa con el FMI negociado por la administración Batlle. Y si bien canceló ese programa mediante el pago de la deuda con el Fondo Monetario en 2006, mantuvo en pie sus parámetros fundamentales en materia fiscal. Ambos ejemplos muestran que la credibilidad no se construye con grandes épicas, sino con conductas permanentes que erradican, dentro de la sociedad, ideas de que hay atajos para escabullir el bulto.

Las épicas solamente sirven para reafirmar la credibilidad en momentos extremos. Pero también, mal utilizadas, sirven para destruirla. Así lo muestra la historia con el repudio de la deuda victoreado por el Congreso de Argentina de pie y a aplauso batiente en enero de 2002. Actitud seguida de otras, que fueron leudando un enfrentamiento con los acreedores, al identificarlos como chivos expiatorios de males autoinfligidos.

El resultado fue la segmentación de ese país de los mercados financieros voluntarios y la obturación de los canales de recibo de inversión directa extranjera. Hechos conducentes a ritmos de crecimiento subóptimos y a la reiteración de crisis de balanza de pagos.

La falta de credibilidad que acumuló durante décadas, la indujo a adoptar estrategias de financiamiento subóptimas, que dificultaran la resolución de su crisis actual.

Primero, pues en su necesidad de obtener recursos cayó en los brazos de países grandes como China, donde sobrevolando las condiciones financieras sin duda hay condicionamientos políticos. Es un hecho que no ocurre cuando se accede al financiamiento por medio de los mercados voluntarios, donde el acreedor está fragmentado y es ignoto. Segundo, dependerá del financiamiento aportado por multilaterales, que no tiene la profundidad necesaria para abastecer sus necesidades.

Además, tiene pendiente un financiamiento de corto plazo con el FMI, con estatus de acreedor preferencial que complica la optimización de su estrategia de financiamiento. Y por último, si logra acceder a alguna forma de financiamiento voluntario lo será a corto plazo y con costos elevados.

Estos ejemplos resumen el valor de la credibilidad como categoría suprema que todo gobierno debe preservar.

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