JAVIER DE HAEDO
Me siento tentado a escribir, una vez más, sobre impuestos, dada la magnitud que ha adquirido el conjunto de propuestas de cambios al sistema vigente desde 2007. No obstante, voy a dejar el tratamiento de este tema para mi próxima columna y me voy a abocar hoy a considerar una serie de temas de actualidad que hacen a la coyuntura macroeconómica en sus diversos niveles, mundial, regional y local.
La realidad actual es tan dinámica que tener que escribir sobre ella con algunos días de distancia con la fecha de la publicación de lo escrito implica un riesgo, ya que debemos tener en cuenta un escenario cambiante como pocas veces, cuando a lo largo de una misma jornada, en diversos mercados se alternan números verdes y rojos.
Empezando por el mundo, y más allá de que aún se debate acerca de si Estados Unidos habrá de entrar o no en recesión y acerca de cuánto podrán permanecer desacoplados los emergentes de los desaguisados de las avanzadas, el foco está en Europa. Encontré muy bien centrada en el problema de fondo que padece la Unión, la reciente columna de Mario Vargas Llosa, titulada sugestivamente "Reflexiones sobre una moribunda". En particular, el siguiente pasaje de la nota: "Los países europeos han creado admirables sistemas de bienestar con una visión inmediatista, sin preguntarse si sería posible financiarlos en el futuro, y se han resistido a vivir de acuerdo a sus posibilidades reales, endeudándose para ello de una manera irresponsable. Así salvaban el hoy sin importarles que ese mecanismo de evasión implicara a mediano y largo plazo desastres como el que ahora padecemos. Salir de la crisis va a significar drásticas reformas y enormes sacrificios de los que las medidas que acaba de tomar el gobierno español de Rodríguez Zapatero son solo el primer paso. No hay que engañarse: no hay otra solución. El mal está hecho y ahora solo cabe corregirlo, atacando la raíz".
Es decir que Europa ha estado viviendo por encima de sus posibilidades y ha llegado la hora de la verdad, de pagar la cuenta de la fiesta. Como nosotros, hasta que caímos en la realidad ingresados a la segunda mitad del siglo pasado. Temo que la crisis económica y financiera que se viene en Europa sea lo menos grave de lo que allí se viene.
En el caso de la región, es inevitable hablar sobre Brasil, con quien estamos casados y a quien habremos de seguir en las buenas y en las malas, en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad. Acertadamente, se cambió allá la mezcla de políticas económicas, fortaleciéndose la fiscal y aflojándose la monetaria-cambiaria, en línea con lo que muchos acá reclamamos desde hace tiempo al gobierno. La señal fue rápidamente incorporada por el mercado, que ahora espera nuevos recortes en la tasa de referencia, tras la rebaja de medio punto decidida por el Copom el día 31 de agosto. En gran parte por esa decisión, el precio del dólar subió significativamente: 20 centavos de real o 12,5% desde el día anterior a esa decisión y hasta el día lunes 19, último cierre al momento de redactar esta nota.
Una vez más, Brasil reacciona rápidamente ante los cambios en el contexto mundial, como lo hizo en 1999 y en 2008. Hace lo correcto aunque quienes no lo sigan, después lo criticarán, como en enero de 1999, por desmarcarse del pelotón.
Mientras tanto en nuestro país, como era previsible y razonable, hemos seguido a Brasil, casi con precisión diaria. Sin embargo, en igual lapso que el referido para nuestro vecino, el dólar subió acá solo 5,8%. Si bien la diferencia entre ambas variaciones luce excesiva, en principio es razonable que la recuperación sea allá mayor que acá, en la medida en que cuando ambas monedas se fortalecían, también la apreciación era superior en Brasil.
Otra buena noticia de las últimas semanas está en un terreno lindero con el anterior, el de las tasas de interés que se pagan por la deuda pública local. Hace algunas semanas que el MEF asumió un mayor protagonismo en las emisiones diarias de títulos y desplazó relativamente al BCU de esa función, acotándolo a la emisión de papeles para regulación monetaria, es decir de hasta un año de plazo. Nada tenía que hacer el Central, conceptualmente hablando, en plazos mayores. Como resultado de estos cambios, que deberían sean definitivos, se obtuvo una significativa reducción de las tasas pagadas por el Estado a pesar del deterioro del ambiente financiero mundial que se dio en forma concomitante, por lo que las reducciones en las tasas son relativamente aún mayores. Desde que operó este cambio las tasas en pesos bajaron casi un punto porcentual y las tasas en unidades indexadas no subieron, a pesar del deterioro del contexto externo. Parece claro a esta altura que el comportamiento previo del Central daba lugar a tasas excesivas, que se estaba pagando más de lo necesario.
El tercer tema local que merece algunos comentarios surge de la publicación del informe trimestral de cuentas nacionales, que permitió comprobar una sorpresiva desaceleración de la actividad económica en el segundo trimestre, antes de que entráramos en la actual zona de turbulencias. El nivel de actividad solo creció 0,5% entre el primer y el segundo trimestres, la tercera parte de lo que yo esperaba. De este modo se redujo la tasa interanual de crecimiento de la economía, que en el primer trimestre se había ubicado en 6,6% y ahora bajó al 4,8%. Si se observan los componentes de la oferta y la demanda global, la caída está explicada por el comportamiento de las exportaciones, que de crecer 13,8% entre los primeros trimestres pasa a caer 4,4% entre los segundos. Según el informe, la caída de las exportaciones se verifica en rubros de origen agropecuario y por problemas de oferta.
En cambio, y esto era previsible, el consumo del sector privado sigue firme, creciendo al 9,4% entre los segundos trimestres, mientras que entre los primeros había subido al 9,9%. Es decir que no hay desaceleración y ahora el gasto privado sube casi al doble que el nivel de actividad. Como los lectores recordarán, reiteradamente he escrito que la actual política monetaria-cambiaria en vez de contribuir a la reducción del consumo privado coadyuva a su firmeza. Cuando se espera (y luego se concreta) que el BCU suba las tasas de interés, se espera (y luego también se concreta) que baje más aún el dólar y los precios en pesos y más aún en términos de salarios de los productos importados y los viajes. Para quienes tienen sus ahorros en dólares, que son la vasta mayoría, se crean incentivos para consumir más de ese tipo de bienes y servicios y no para ahorrar, con tasas que en realidad son fuertemente negativas (tasa casi nula en dólares menos la revaluación del peso y menos la inflación). Seguramente la actual suba del precio del dólar, de mantenerse y percibirse como permanente, será más eficiente a los efectos del enfriamiento del gasto privado. Al BCU, notoriamente, le cabe aquello de que "los muertos que vos matáis gozan de buena salud".
Mientras que el mundo anda en la montaña rusa, o griega, y Brasil hace lo que debe, acá balconeamos el panorama como si nos fuera ajeno. Y, más allá de alguna advertencia inevitable que se ha realizado desde el gobierno ante la situación externa, pero sin mayores consecuencias prácticas en la medida en que no es seguida por decisiones concretas, la discusión pública en nuestro país sigue centrada en cambios impositivos, para conformar a la ideología y a cierta tribuna.
La lista se ha venido engrosando semana a semana y ya incluye el impuesto a la tierra, un cambio en el IRPF cuando se vende tierra, cambios en el IRPF por las rentas del trabajo, cambios en el IVA, en el impuesto a los semovientes, en la patente de rodados y en otro, aún inexistente, que tendría algo que ver con aquello de que "el que rompe paga". Lo vemos en la próxima.