No es fría. Tampoco es viscosa ni áspera. Al tacto, Moncho —una pitón bola de 10 años nacida en Solymar— es liviano, seco, suave, fresco. Unos segundos alcanzan para desarmar una idea que parecía fija: agarrar una serpiente no se siente como uno imagina. Es raro, sí. Y precisamente por eso a algunos les tiembla la mano mientras posan para una foto; otros, especialmente los niños, lo miran con fascinación.
Moncho no muerde. Cuando se incomoda, se enrolla sobre sí mismo y esconde la cabeza. Y aunque lo observa detenidamente una veintena de personas, permanece inmóvil, ajeno a la atención. Su tranquilidad es un comportamiento aprendido durante generaciones de cría, pero también una herramienta pedagógica. En Alternatus Uruguay —el centro educativo de cría y rescate de reptiles que funciona en Piriápolis— tocar una serpiente no es un espectáculo: es una estrategia para mostrar que el miedo no siempre se corresponde con el riesgo real. En Uruguay hay más de 30 especies de serpientes y solo cuatro son venenosas.
“Cuando empezamos a informar en 2012 nadie hablaba de serpientes. Si alguien hablaba de conservación, lo hacía sobre lo más carismático que podía ser: osos pandas, ballenas, tortugas… Nadie hablaba de serpientes ni nadie trabajaba con los bichos estigmatizados”, cuenta Ignacio Etchandy, quien impulsó una exhibición de animales exóticos que con el tiempo se transformó en un centro de educación, rescate y mediación con la fauna silvestre.
Así empezó.
Al principio llegaban con botellas, bidones y recipientes improvisados. Tocaban timbre y preguntaban qué habían encontrado en el patio, si era venenoso, si había que matarlo. Muchos lo habían agarrado con la mano. Con el tiempo, esas visitas espontáneas se volvieron llamadas, y las llamadas se volvieron rutina. Hoy, una parte de los rescates que atiende Alternatus Uruguay llega derivada del 911. Solo en 2025, el centro realizó más de 230 rescates. “Hay días en los que tenemos hasta cinco”, precisa la codirectora, Irasema Bisaiz.
Aunque el centro abre al público a las 10, muchas veces a las 9 ya hay gente esperando en la puerta. Hay jornadas que se estiran hasta las 21 y otras en las que el teléfono suena de madrugada. El trabajo no sigue un horario fijo: responde a la urgencia.
“Cuando llegamos a Piriápolis nos encontramos con algo que no esperábamos: es una zona caliente. Hay mucha biodiversidad y, con ella, muchas serpientes venenosas”, explica Irasema.
La escena se repite con variaciones mínimas. Una serpiente aparece en una casa: debajo de un parrillero, detrás de un ropero. Alguien la encierra como puede y pide ayuda. Del otro lado, el equipo de Alternatus evalúa la especie, decide si es necesario intervenir y coordina el traslado y —tras varios trámites, que incluyen conseguir un sello en una comisaría— su liberación en un lugar seguro. Con los años, la lista de intervenciones se amplió: además de serpientes, intervienen en rescates de comadrejas, lagartos, tarántulas, mulitas, zorros, erizos y otras especies.
“En otros tiempos se mataba todo. Una comadreja, palo. Un lagarto, palo. Una serpiente, palo. Y si era una serpiente venenosa, tres palos. Afortunadamente, los tiempos cambiaron y hoy es más evidente el impacto humano en la vida silvestre”, dice Ignacio a Domingo.
Algunos animales llegan muy lastimados y requieren meses de cuidados. El mes pasado, por ejemplo, Alternatus liberó un grupo de comadrejas que había pasado casi tres meses en recuperación. Cuatro de ellas, con poco menos de 60 gramos, habían sido abandonadas en la puerta del centro. Cuando volvieron a la naturaleza, pesaban entre 500 y 700 gramos.
Durante ese tiempo permanecieron en la sala de cuarentena, con alimentación cada pocas horas y una dieta especialmente preparada, rica en vitaminas y calcio. Más adelante incorporaron presas vivas —cucarachas, zophobas— y rutinas de enriquecimiento ambiental pensadas para que se movieran, exploraran e interactuaran con elementos naturales. La rehabilitación no busca solo que sobrevivan, sino que puedan valerse por sí mismas una vez liberadas.
En estos días, el equipo trabaja con Chizito, un erizo africano encontrado en la vía pública, con sarna avanzada y muy bajo peso. El tratamiento previsto dura dos meses; por ahora van 10 días y la evolución es favorable. No todos los casos tienen el mismo desenlace: a fines de diciembre, en cambio, llegó un charabón —una cría de ñandú— con traumatismo craneal aparente, shock térmico y signos neurológicos. Murió durante la noche.
De la curiosidad a la misión.
Mucho antes de que Alternatus Uruguay existiera como centro educativo de cría y rescate de reptiles (y más), la relación de Ignacio Etchandy e Irasema Bisaiz con los animales ya ocupaba un lugar central en sus vidas. No empezó con un proyecto ni con una misión formulada, sino con mascotas poco habituales, visitas repetidas a zoológicos, horas de lectura de enciclopedias y armado de fichas. De chicos, ambos convivieron con animales que no solían entrar en la categoría de “mascota” convencional: reptiles, arácnidos, roedores… especies que despertaban curiosidad antes que ternura (para otros) y que exigían cuidado, información y tiempo.
“A los 6 años, recuerdo que hubo una inundación en el río Paraná o en el río Uruguay que hizo que la playa Malvín se llenara de camalotes. Y con ellos vino un montón de culebras. No sé cómo me dejaron en mi casa, pero me llevé dos. Esa fue la primera vez que interactué con mis dedos, además de con mis ojos, con una serpiente”, relata Ignacio. Con el tiempo tuvo hasta 50 animales, entre ellos varias pitones que hoy pueden ser vistas en Alternatus.
Irasema, por su parte, recuerda su propia colección de animales exóticos: “Tenía pitones, boas, tortugas e iguanas; un lagarto africano, como un dragón de Komodo en miniatura, todo en mi habitación. Es una atracción que no tiene explicación”.
Cuando años más tarde comenzaron a construir Alternatus —ella es mexicana y se conocieron interactuando en un grupo sobre reptiles en Facebook—, ese bagaje personal se filtró de manera natural. El centro no nació como una estructura profesional cerrada, sino como una extensión de una vida ya organizada alrededor de los animales. Al instalarse en Piriápolis, la casa y el proyecto crecieron juntos, al igual que sus hijos, Mauri y Yara. Para ellos, tener serpientes cerca, ver llegar animales heridos o escuchar hablar de liberaciones y rescates no fue algo extraordinario. Aprendieron desde niños a reconocer especies, a entender por qué algunas no debían tocarse y a respetar tiempos y silencios. “Teníamos la cunita de Yara al lado de las iguanas”, se ríe su padre. La educación ambiental no apareció como un discurso: se vivió día a día, entre rescates, cuidados y observación constante.
A la experiencia acumulada se sumaron formación, redes de contacto, protocolos y una mirada más amplia sobre la fauna silvestre y su vínculo con las personas. Esa trayectoria se tradujo en cursos y talleres abiertos al público: desde charlas sobre manejo seguro de reptiles hasta programas para aprender a identificar especies, entender sus hábitos y necesidades, y reconocer señales de alerta que pueden evitar accidentes.
La formación también alcanza a profesionales. Bomberosde distintos departamentos del país participan en capacitaciones sobre rescate de fauna silvestre; obreros de la construcción y hasta militares que integran misiones de paz —aquellos que iban a Altos del Golán aprendieron, por ejemplo, que la víbora de Palestina tiene un tamaño y un comportamiento similar a la yarará— han pasado por el centro para aprender manejo de reptiles y otras especies en contextos complejos.
Para los vecinos, el aprendizaje se traduce en estrategias de prevención y manejo del entorno. “No hay forma de ahuyentarlas; lo que sí se puede hacer es dejar de invitarlas”, explica Irasema. Algunas estructuras, como desks de madera o contenedores, resultan muy atractivas para las presas de las serpientes —ratones y otros roedores— y, por ende, para las propias serpientes venenosas. Con esa información, el equipo enseña medidas preventivas simples y efectivas para reducir riesgos.
Así, la pasión de infancia se transformó en un centro que no solo rescata animales, sino que también forma a quienes pueden protegerlos.
Un mundo en terrarios.
Recorrer Alternatus Uruguay es entrar en un pequeño universo donde cada tanque, terrario y rincón tiene una historia que contar. Dorita, la única cobra de monóculo que se puede ver en Uruguay, es una de las estrellas: una especie asiática muy venenosa, con carácter nervioso e irritable. A pocos metros, una tortuga caimán espera en su tanque, también de carácter irritable —de ahí un cartel que, con humor, advierte que no le arrojen niños—, con una esperanza de vida de más de 80 años. Mientras tanto, la falsa coral de Puebla y la falsa coral de Honduras, constrictoras y de comportamiento tranquilo, ofrecen un acercamiento seguro a los reptiles.
Irasema aprovecha para enseñar diferencias sutiles pero importantes: “En Estados Unidos tienen la ‘regla RANA’ para distinguir corales verdaderas de las falsas: rojo, amarillo, negro y amarillo indican peligro. Pero la coral de Uruguay tiene otra secuencia de colores, así que no se debe seguir eso”. Las corales sudamericanas intercalan negro, rojo y blanco.
El comportamiento tampoco siempre indica toxicidad. “Una especie venenosa, como la crucera, puede estar muy tranquila; y una no venenosa puede mostrarse defensiva si uno se acerca demasiado. La coral nunca te va a morder; hace un espiral con la colita para engañar y hacer creer que esa es la cabeza. La verdadera cabeza está escondida debajo del cuerpo”. Con estas explicaciones, los visitantes aprenden a observar, respetar y reconocer a las serpientes más allá de colores o actitudes aparentes.
En Uruguay hay más de 30 especies de serpientes; cuatro de ellas son venenosas. Al año ocurren unas 100 mordeduras. Estas son sus características:
Crucera: Mide entre 25 y 150 cm. Manchas castaño oscuras o casi negras y un fino trazo blanquecino. Vientre claro. Vive en pajonales, pastizales, bañados y cursos de agua.
Yarará: Mide entre 22 y 92 cm. Coloración dorsal castaño oscuro a ceniciento con manchas oscuras en forma de trapecio. Vientre claro. Vive en sierras, montes, costados de senderos, médanos.
Cascabel: Mide de 30 a 160 cm. Coloración dorsal castaño, pardo claro o amarillo verdoso, con rombos castaño grisáceos con borde claro. Vientre claro. Monte de serranías y quebradas.
Coral: Mide de 18 a 80 cm. Cuerpo brillante, tríadas de anillos negros con finas líneas amarillentas; separados por bandas de color coral. Cabeza negra. Pradera abierta, sierras pedregosas, arenales.
Las pitones y las boas son un atractivo especial de la visita. La pitón reticulada “China” y su compañera “Marilyn” —“por Marilyn Monroe”, apunta Irasema— llaman la atención por su tamaño y por los patrones de colores únicos, producto de generaciones de cría doméstica. China mantiene la base marrón, más parecida a las silvestres asiáticas; Marilyn es blanca.
Diego, otra pitón reticulada, completa la tríada. “En la naturaleza, estas serpientes son muy defensivas y rápidas; aprietan cuando se sienten amenazadas, pero no tienen veneno”, explica Irasema. Criadas con paciencia y conocimiento, aquí su comportamiento es mucho más tranquilo.
Cada terrario está pensado para replicar las condiciones naturales: pisos con losa radiante, piletas para beber o bañarse, múltiples balcones con distintas temperaturas, iluminación que sigue un fotoperiodo estable y sustrato natural descontaminado que absorbe la humedad y protege a las pitones durante los inviernos uruguayos.
Entre las pitones reticuladas, Gran Lady ocupa un lugar especial. Con sus cinco metros de largo, es la más larga del centro y su terrario está diseñado a su medida: por ahora cuenta con mantas calefactoras en el suelo, pero la idea es replicar la infraestructura de las demás pitones, con espacio amplio, múltiples balcones y una futura cascada. A diferencia de China, Marilyn o Diego, que provienen de líneas de cría “enanas” y no crecerán demasiado, Gran Lady pertenece a una genética continental y alcanza tamaños mucho mayores. Su terrario le permite elegir dónde sentirse cómoda, mantener su temperatura ideal y moverse con libertad, replicando lo más posible su comportamiento natural.
Las boas, originarias de América, comparten algunos recintos comunitarios, con más balcones y opciones para trepar y refugiarse. “Todavía falta enriquecerlos un poco más —palitos, vegetación— para que puedan interactuar con su entorno como en la naturaleza”, comenta Irasema. Es parte de un plan continuo de mejora: con la recaudación por la venta de entradas y de la tienda de regalos se adapta y amplía la infraestructura, incorporando enriquecimiento ambiental para acercar los terrarios cada vez más a los hábitats naturales de los animales.
También se puede ver una anaconda amarilla. “Esta es la más pequeña de las anacondas; la verde es la famosa de las películas”, compara Irasema.
Más allá de pitones y boas, Alternatus Uruguay permite recorrer un universo de serpientes y reptiles del mundo y del país. Entre las más llamativas están las venenosas nativas: la yarará, presente en Piriápolis en abundancia, y las cruceras. “Esta es una crucera albina, de Paysandú”, presenta Irasema. Dice que se ha adaptado bien: está mudando de piel, una señal de buena salud.
Estas serpientes venenosas son las únicas que no se alimentan con presas descongeladas; necesitan que el organismo vivo (o recién sacrificado) de la presa active su veneno, que cumple una función digestiva esencial.
Entre los reptiles, los dragones barbudos captan la atención por su coloración y comportamiento. En el centro se mantienen ejemplares que muestran hábitos de termorregulación y alimentación: más oscuros al despertar para captar la radiación UV, se vuelven amarillos a medida que se “cargan” y ya están listos para comer.
Las tortugas, desde la tortuga caimán hasta tortugas de tierra y morracoyos, combinan longevidad y temperamento variable. No todas se pueden mantener juntas: algunos machos se pelean, por lo que el equipo las va turnando para evitar lesiones. Muchas fueron donadas por personas que ya no podían cuidarlas o cuyos dueños fallecieron; algunas presentan malformaciones por dietas deficientes, como divisiones en el caparazón o puntas. Entre ellas, Mili fue mamá el año pasado: la primera cría que tuvo nació de la unión con Sebastián, un macho criado por el centro.
Los axolotes, incluido un ejemplar albino, aportan un toque casi mágico al recorrido y permiten mostrar la importancia de la conservación de especies acuáticas en peligro.
En verano, el flujo de visitantes es constante: solo el primer domingo de enero pasaron 600 personas, todas atraídas por la combinación de exotismo, color y educación que ofrece el centro.
En Alternatus Uruguay advierten que muchos problemas con erizos ocurren por desconocimiento de sus necesidades. “Si no tienen un recinto seguro, con temperatura y humedad controladas, se escapan o sufren accidentes: se les enredan los pelitos, se hace un torniquete y pierden la patita”, explica Irasema Bisaiz. Actualmente el centro cuida a cuatro erizos. Chizito, uno de ellos, llegó con sarna avanzada y bajo peso; su evolución, tras 10 días de tratamiento, es favorable.
Son animales inteligentes y fáciles de criar si se respetan sus condiciones básicas, aunque sufren con exceso de calor o falta de espacio. Muchos llegan lastimados, incluso atacados por perros. La compulsividad humana —querer tener un animal sin conocer sus necesidades— es un riesgo frecuente. Por eso, antes de adquirir una mascota, hay que conocer qué especies se pueden tener de manera segura. Durante la visita de Domingo, por ejemplo, el equipo liberó una culebra de collar (Phalotris lemniscatus) que tiene veneno y era la “mascota” de un niño: un recordatorio de que no todos los animales silvestres son aptos para convivir con humanos. Mantenerlos seguros implica entender su bienestar específico y adaptar el entorno a cada especie.
Cuando suena el teléfono.
No todos los rescates comienzan igual ni ocurren en condiciones tranquilas. Ignacio Etchandy recuerda uno en el aeropuerto de Punta del Este: había un pozo de unos 10 metros, angosto, que quizá había sido una fosa séptica décadas atrás. Allí había dos yararás. Al descender, las serpientes comenzaron a morderlo. “Ni bien voy bajando, empiezan a tirarme mordidas. Estaban muy asustadas”, relata sobre un episodio que le pareció de película.
Otras situaciones exigen improvisación y cuidado extremo. En una casa sobre pilotes, a un metro del suelo, una yarará se había refugiado bajo la vivienda. Cuando Ignacio llegó, el dueño lo recibió con un revólver en la mano, prometiendo disparar al animal si se escapaba. Durante la maniobra, mientras él reptaba por la arena, aparecieron dos mastines y un caniche ladrando que se le vinieron encima mientras intentaba retirar a las yararás con su gancho.
Cada ejemplar de yarará es documentado con precisión: lugar de colecta, condiciones del animal, sexo, longitud, peso y fotografías que permiten identificar patrones individuales. Esta documentación ayuda a tener una lectura más realista de la presencia de estas especies en el país, mucho más allá de estimaciones generales. En uno de esos procesos, Ignacio sufrió un piquete leve mientras manipulaba a una serpiente para tomarle fotos, un recordatorio de que incluso con experiencia, el trabajo con animales venenosos exige respeto absoluto.
“Mi envenenamiento fue leve o nulo, no empezaron a manifestarse los síntomas; sí sentí tenso el dedo”, cuenta. Una de las medidas prehospitalarias más importantes que aplican es mantener a la persona tranquila y consciente de que está recibiendo la atención correcta. “Decirle que no se va a morir, que está yendo a tratarse, que está haciendo lo correcto”, subraya. En Uruguay, al año ocurren unas 100 mordeduras de serpientes; de estas, 70 corresponden a cruceras o yararás.
Cada rescate, insiste Ignacio, tiene un objetivo concreto: “Es evitar que alguien salga mordido. Lo hacemos de manera amigable con el ambiente y con respeto por las especies nativas”.
Más allá de la adrenalina de los rescates y del exotismo de los reptiles, Alternatus Uruguay deja claro un mensaje que se refleja en cada visita, cada curso y cada video que suben a las redes sociales.
Así que anímese a tocar a Moncho: no muerde, no intimida. Se enrolla tranquilo para la foto y, en silencio, recuerda algo esencial: la convivencia con la fauna es posible si se hace con cuidado, conocimiento y respeto.
Entre yararás, pitones y comadrejas, el centro demuestra que entender a los animales —aunque no sean los “carismáticos”— y sus comportamientos no solo salva vidas. También transforma la manera en que los humanos habitan el mismo entorno.