Hay ciudades que parecen construidas sobre capas de tiempo. Xi’an, en el centro de China, es una de ellas: un lugar donde una mañana puede empezar entre rascacielos modernos y terminar frente a miles de soldados de arcilla creados hace más de dos mil años.
Con más de tres mil años de historia, la antigua Chang’an fue una de las grandes capitales del mundo antiguo y el punto de partida oriental de la Ruta de la Seda, una ciudad donde convivieron emperadores, comerciantes, monjes y viajeros llegados desde lugares lejanos.
A diferencia de otras ciudades chinas donde el pasado imperial quedó reducido a museos o reconstrucciones, Xi’an conserva una presencia histórica que se mezcla con la vida cotidiana. Sus murallas, pagodas, templos y barrios tradicionales recuerdan que aquí se tomaron decisiones que cambiaron el rumbo de una civilización entera.
Un gran ejército.
El recorrido suele empezar por el gran símbolo de la ciudad: los Guerreros de Terracota, uno de los hallazgos arqueológicos más impresionantes del siglo XX. Descubiertos en 1974 por unos agricultores que excavaban un pozo, forman parte del enorme mausoleo del primer emperador de China, Qin Shi Huang, quien unificó el país en el siglo III antes de Cristo.
El ejército subterráneo fue creado para acompañar al emperador en la otra vida. Miles de figuras de tamaño real representan soldados, oficiales y caballos organizados en formación militar. Lo más sorprendente no es solo la escala del conjunto, sino la atención al detalle: cada rostro tiene rasgos diferentes, como si los escultores hubieran intentado convertir la arcilla en una multitud real.
La visita al museo arqueológico permite observar las distintas fosas donde fueron encontrados los guerreros y entender la dimensión del proyecto: una obra monumental que habla tanto del poder absoluto del emperador como del nivel artístico alcanzado por la China antigua.
En la Ruta de la Seda.
Pero Xi’an no termina en el ejército de arcilla. El propio corazón de la ciudad conserva otros tesoros menos conocidos y fundamentales para comprender su historia. Uno de ellos es el Museo del Bosque de Estelas (Beilin), una colección de miles de inscripciones grabadas en piedra que funciona como una enorme biblioteca al aire libre. Allí sobreviven textos de distintas épocas, ejemplos de caligrafía clásica y documentos que muestran la importancia que tuvo la escritura en la cultura china.
En China, la caligrafía nunca fue solamente una forma de escribir: fue considerada una expresión artística y una disciplina espiritual. Las estelas de Xi’an conservan poemas, textos filosóficos y registros históricos que permiten acercarse a la forma de pensar de generaciones enteras.
Otro de los grandes iconos de la ciudad son las pagodas budistas. La Gran Pagoda del Ganso Salvaje, construida durante la dinastía Tang, fue durante siglos un centro fundamental para la traducción y difusión de textos budistas llegados desde India. Su arquitectura sobria y elegante recuerda el momento en que Xi’an era una capital cosmopolita conectada con Asia Central.
Durante la dinastía Tang (618-907), Chang’an llegó a convertirse en una de las ciudades más grandes y abiertas del mundo. Por sus calles circulaban comerciantes persas, viajeros de Asia Central y religiosos de distintas tradiciones. Esa mezcla todavía puede sentirse en algunos rincones de la ciudad, especialmente en el Barrio Musulmán, una zona famosa por su gastronomía callejera y por la huella dejada por siglos de intercambio cultural.
Caminar por allí es otra manera de viajar por la historia: los puestos de comida ofrecen desde brochetas y panes horneados hasta platos de fideos típicos, mientras las calles conservan una arquitectura que recuerda la influencia de las antiguas rutas comerciales.
Xi’an y sus sabores.
Pero la historia de Xi’an también se entiende a través de sus sabores. La ciudad es la capital de la provincia de Shaanxi y su cocina tiene una identidad propia dentro de la gastronomía china. A diferencia de las tradiciones culinarias del sur, donde predominan los arroces y sabores más suaves, aquí los protagonistas son el trigo, los fideos anchos, los panes horneados y los condimentos intensos.
Uno de los platos más conocidos es el biangbiang mian, unos fideos anchos y largos que se preparan a mano y suelen servirse con aceite caliente, chile, ajo y especias. También son populares los roujiamo, una especie de sándwich de origen antiguo elaborado con pan crujiente relleno de carne cocida lentamente, considerado por muchos como una de las comidas callejeras más representativas de la región. Probar Xi’an también es una forma de recorrer su pasado: muchas recetas son el resultado del intercambio cultural que llegó con las caravanas de la Ruta de la Seda.
Caminar sobre la historia.
Esa mezcla de influencias se percibe especialmente en el Barrio Musulmán, donde la presencia de la comunidad hui -una de las minorías musulmanas de China- dejó una marca profunda. Sus calles estrechas, iluminadas por faroles durante la noche, reúnen puestos de comida, pequeñas tiendas y antiguas mezquitas. La más famosa es la Gran Mezquita de Xi’an, un templo construido originalmente durante la dinastía Tang y ampliado durante siglos, que combina elementos de la arquitectura china tradicional con detalles islámicos. A diferencia de muchas mezquitas del mundo, aquí no predominan las cúpulas ni los minaretes: patios, jardines, madera tallada y caligrafía forman un espacio donde dos tradiciones culturales se encontraron.
Para tener una vista diferente de Xi’an, vale la pena subir a la muralla de la ciudad, una de las fortificaciones urbanas antiguas mejor conservadas de China. Construida durante la dinastía Ming sobre estructuras anteriores, rodea el centro histórico y permite recorrer sus enormes dimensiones a pie o en bicicleta. Desde arriba, la perspectiva cambia: de un lado aparecen los edificios modernos y del otro, los barrios antiguos protegidos por las murallas.
También forman parte del paisaje urbano la Torre de la Campana y la Torre del Tambor, dos construcciones emblemáticas que durante siglos marcaron el ritmo diario de la ciudad. La primera anunciaba el amanecer y la segunda señalaba el final del día, cuando el sonido de sus instrumentos servía como referencia para los habitantes.
Viajar a Xi’an es, en cierto modo, recorrer una de las grandes historias de la humanidad: el nacimiento de un imperio, la expansión de rutas comerciales, el encuentro entre culturas y la obsesión china por conservar la memoria.
(Con información de El País de España)