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Cuando se vive de lo que las manos son capaces de hacer

Historias de gente que eligió los trabajos o la expresión manual para ganarse el sustento o expresar su personalidad e identidad, y la importancia de cuidarse las manos. 

Fermín Hontou
Fermín Hontou (Ombú) vive de sus dibujos desde 1981, cuando arrancó en la revista Patatín y Patatán. Foto: Francisco Flores.

Durante siglos, el trabajo manual fue una marca, casi un estigma, que las clases más desposeídas cargaban. Tenían que realizar esos trabajos para poder poner el pan sobre la mesa. La distinción entre la labor manual y todo lo demás dio lugar a arduas cuestiones filosóficas, como la dicotomía Amo-Esclavo de Friedrich Hegel (1770-1831), explicada así por el intelectual argentino José Pablo Feinmann en uno de sus libros: “El amo se relaciona con la cosa (lo material) de modo mediato. Si su relación con la cosa fuera inmediata, el amo la consumiría él mismo. Pero lo que el amo consume no es la cosa, sino la cosa tal como el esclavo la ha trabajado”.

Bastante agua ha corrido bajo el puente desde entonces, pero aún hoy se sigue hablando —y mucho— de lo importante que es y seguirá siendo la “economía del conocimiento”, casi siempre en referencia a cómo hay que estar constantemente actualizando el cerebro con nuevas aptitudes intelectuales y así poder enfrentarse a los desafíos de una economía posindustrial, digital y casi etérea, inmaterial.

Pero ganarse el sustento con labores manuales no ha perdido vigencia, aún en esta época. Y como lo demuestran algunas de estas historias, nuestras manos pueden ser una vía para asegurar un pasar más que decente. Más allá de que nos aguarda un futuro en el cual los robots nos “liberarán” de tareas de esa naturaleza, nuestras manos seguramente seguirán encontrando la manera de darle la forma que queremos a lo que nos rodea.

La moda

Agnes Lenoble - Artigas Silvestro
Agnes y Artigas en actividad. Foto: Fernando Ponzetto.

Agnes Lenoble tiene 23 años, y ya hace casi cinco que tiene su propio emprendimiento, que se llama como ella. Agnes diseña y fabrica accesorios, joyas, bijouterie y vestimenta, y ya ha mostrado sus creaciones en la edición pasada de la semana de la moda, Moweek. Todo lo hace con sus manos. Primero “baja a tierra”, como dice, los diseños que imagina a un cuaderno de dibujos. Y luego le empieza a dar forma a sus creaciones. A veces lo hace sola, pero más a menudo junto a Artigas Lionel Silvestro (70), artesano y músico (fue integrante de una de las bandas de rock que padecieron los años dictatoriales, Siddharta, en la que también tocaba el notable guitarrista José Pedro Beledo).

Entre los dos crean todo tipo de accesorios en metal y piedras semipreciosas. “Por suerte, hay mucho laburo”, comenta Silvestro en su taller, en Canelones, donde se junta regularmente con Agnes para trabajar.

La diferencia entre las manos de uno y otro es tan notable como la cantidad de años que los separa. Las de ella son tersas, sin marcas y lozanas. Las de él llevan encima años de trabajo, con cicatrices y piel endurecida, casi rocosa. “Me ha pasado de todo en las manos. Cortes grandes, golpes, quemaduras”, cuenta Silvestro sobre sus años de artesano, que empezaron cuando se fue a Brasil, país en el que vivió casi 18 años, donde se formó en el oficio y también llegó a tener más de 20 empleados. Cuando uno le da la mano, todas esas heridas y experiencias se palpan en el apretón. “No me las cuido, aunque debería hacerlo. Lo hacía cuando tocaba el bajo, pero ya no”. Agnes asiente y agrega: “A veces cuando trabajamos juntos veo que se quema y le digo ‘¡Cuidado, te estás quemando!’. Pero él tiene las manos tan curtidas que ya ni lo siente”.

Manos trabajando
Las curtidas manos de Artigas Silvestro. Foto: Fernando Ponzetto. 

Ella empezó a trabajar con sus manos de niña, con sus hermanas, haciendo cintos y otros artículos de cuero, para ayudar a su madre, que los vendía. Pensó que estudiando en Arquitectura estaría más cerca de su vocación, pero tras dos años en esa facultad, abandonó para seguir por su cuenta y se puso a estudiar diseño y diseño de moda. “Las primeras piezas que hice fueron unas caravanitas, y a la gente que venía a comprarle carteras a mi madres le gustaron, y me siguieron pidiendo”. Ahí se percató de que no solo era algo que le gustaba, sino también podía ser un medio de vida.

Silvestro, en tanto, arrancó en la artesanía como una manera de ganarse la vida en un país nuevo. Había llegado a San Pablo para probar suerte junto a sus compañeros de banda, pero esos planes no resultaron. Ya solo, recaló en el municipio Embu Das Artes, un lugar que convoca a muchos artesanos. Ahí empezó a formarse, en la práctica misma, para sobrevivir. Y no le fue nada mal. Durante años vendió artesanías tanto para clientes brasileños como internacionales. Durante diez años, además, se especializó en piezas de temática judía, que vendía para distintas colectividades en el mundo y que le permitieron crecer como emprendedor. “Allá, si te va bien, pasás al frente. Pero si te caés, te pegás fuerte. Eso también me pasó”, cuenta ahora. Hace 19 años, luego que falleció su madre y con su padre enfermo, regresó a Uruguay para cuidarlo y estar junto a él en sus últimos días. No quiere retornar a Brasil, pero sí le gustaría volver a juntar a todos sus compañeros de Siddharta, para poder grabar el disco que nunca pudieron registrar cuando eran jóvenes.

Caras y caricaturas

Fermín Hontou
Los trazos de Ombú. 

En el apartamento de Fermín Hontou, quien firma como Ombú, no hay casi espacio libre en las paredes. Un sinfín de ilustraciones, cuadros, fotos y posters cubren las superficies de ese lugar, además de una biblioteca repleta de libros y discos que va del piso al suelo, hecha por el hermano de Fernando Cabrera, de quien es amigo. Puede parecer desordenado para cualquiera, pero él encuentra todo en segundos. ¿Los primeros dibujos que publicó, "Las aventuras de Juan el Zorro", en la revista Patatín y Patatán? Los saca enseguida debajo de unas carpetas. ¿Las primeras caricaturas políticas que hizo cuando se fue a vivir a México a principios de los años 80? Los encuentra en un estante debajo de la mesa que usa para dibujar. ¿Un dibujo que nunca pudo publicar porque es inclasificable y lleva como título La mano del dibujante? También aparece en cuestión de instantes.

“Para mí, las manos son muy importantes. Si ves mis dibujos, te habrás dado cuenta que siempre están muy presentes, que me gusta dibujar cómo se mueven y gesticulan”, dice con una taza de café en la mano, rodeado de lápices, pinceles, papeles y tintas.

Como caricaturista (Hontou publica en el semanario Brecha y también en las páginas de El País Cultural), se fija mucho en cómo los políticos mueven sus manos, y trae a colación a Wilson Ferreira Aldunate: “Lo vi en vivo solo un par de veces, y su manera de usar las manos era casi un manual de cómo había que usarlas. Igual que Sanguinetti, claro. Políticos de otra época, con otra expresividad”.

Él empezó a dibujar siendo adolescente, y enseguida descubrió que era algo que le gustaba mucho. Ahora recuerda que su padre le decía que no entendía cómo podía dibujar así y, al mismo tiempo, ser tan “torpe” con las manos. “Porque se me caían las cosas, y se rompían”, recuerda ahora con una sonrisa.

Tampoco él le ha puesto demasiada atención y cuidado a sus manos. “Nunca tuve miedo de que les pasara algo. Medio insconsciente de mi parte, y tuve suerte, porque nunca me pasó nada grave. Y he hecho cosas que las han puesto en riesgo”, dice y agrega que tuvo la fortuna de nacer zurdo y que no lo hicieran cambiar de mano para escribir cuando era niño, algo que antes ocurría.

Los cuidados de las manos

Cuidado de manos

Cuando le comentan al cirujano Matías Craviotto sobre el poco cuidado que por ejemplo Hontou o Silvestro le dispensan a sus manos, el médico no se sorprende.

Craviotto es parte del equipo de médicos que fundó la Clínica de la Mano, un consultorio especializado en problemáticas y patologías de, justamente, las manos. Aclara que no es nada común que en Uruguay se le preste mucha atención a esas extremidades, y el círculo se completa: los posibles pacientes no las cuidan, y hay pocos médicos que se dedican exclusivamente a especializarse en ellas.

Él hace operaciones únicamente de manos, nada más. Se formó en Uruguay, pero se especializó —y lo sigue haciendo porque tiene un viaje planificado a Francia a capacitarse en cirugía robótica— en el extranjero. “Me dediqué a un área que, podría decirse, está entre la cirugía plástica y la traumatología”, explica.

Para él, la gente subestima los problemas que puede llegar a tener con sus manos. “Recién cuando les pasa algo que les hace perder alguna de sus funciones, se dan cuenta de la importancia que tienen. Pero así como uno va al oftalmólogo para cuidar su vista, o al odontólogo para hacer lo mismo respecto a sus dientes, así también debería acudir a un especialista para problemas de las manos”, afirma y recuerda algunos casos de pacientes a los que quiso operar y que rechazaron hacerse la cirugía. Cuando volvieron a verlo, el daño ya era imposible de remediar.

"Las patologías de la mano son muy variadas”, dice y añade que a grandes rasgos se dividen entre “patologías agudas y crónicas y deformantes”. “La gente que trabaja con las manos sufre heridas constantemente, y eso hace que queden gruesas, curtidas. O pasa que van tomando distintas formas, se van deformando. Por un tendón lesionado, o por una fractura, por ejemplo. Todo eso hace que la mano vaya cambiando, que las articulaciones vayan perdiendo movilidad, que se vayan haciendo rígidas, porque se trata de articulaciones muy pequeñas las que hay. Y eso muchas veces se va acumulando, hasta que los cambios se hacen irreversibles. En contrapartida, están aquellos que sí se cuidan las manos, pero que pueden enfermarse por otras razones: genéticas o demás. Lo cierto es que los trabajadores manuales siempre van a tener las manos más curtidas que los que tienen un trabajo más cuidado”.

Para Craviotto, las manos son un medio de comunicación con el entorno, con el medio ambiente que nos rodea, y tenerlas es lo que nos diferencia de las demás especies. “El pulgar es lo que nos permite tener artesanos pero también pianistas”, dice.

Dedos y teclas

Javier Toledo
Manos que lo llevaron hasta Bélgica. Foto: Marcelo Bonjour. 

Javier Toledo (31) es, justamente, pianista. A los diez años, vio a una niña más o menos de su misma edad tocar un teclado de juguete, y se dijo que quería hacer lo mismo. Le pidió a sus padres que le pagaran clases y terminó recalando en el Taller Uruguayo de Música Popular (TUMP), en las clases del pianista y tecladista Gonzalo Gravina (quien, entre otras bandas, tocó en Los Terapeutas). Siguió tocando y aprendiendo hasta que tuvo la edad suficiente como para presentarse a la Escuela Universitaria de Música, donde hay que rendir examen de ingreso. Eran 60 aspirantes en su grupo, y entraron diez, él entre ellos.

Se licenció y pasó de ser alumno a enseñar en el mismo lugar donde había estudiado. Pero quería seguir mejorando, y consiguió entrar en el Conservatorio Real de Bruselas, donde hizo una maestría. Actualmente toca tanto como solista como parte del Ensamble Río de la Plata, una agrupación tanguera.

Él sí cuida sus manos. “Yo era muy de andar en patines. Ya no. Si lo hago, es una vez cada tanto. Porque una caída es muy riesgosa. También me gustaba mucho jugar al vóleibol. Tampoco lo hago más”, cuenta.

Alguna vez llegó a considerar asegurarlas, pero desistió. Ser prudente respecto a algunas actividades es suficiente. Y cuidarlas. Pero también él dice que no es demasiado frecuente que en su campo, el de los músicos, haya una conciencia desarrollada sobre la importancia de las manos. “En mi mundo, eso de conocer el cuerpo a nivel anatómico está como medio perdido, no se tiene muy en cuenta. Pero en los conservatorios de otros países se enseñan algunas materias que profundizan en esos aspectos. Disciplinas que buscan conocer más del cuerpo, el movimiento consciente. Los deportistas eso lo tienen mucho más trabajado y estudiado que los músicos: cómo ser más eficientes, más sanos, más económicos en el uso del cuerpo. Para nosotros es común tener tendinitis y otras afecciones, por desconocimiento. Entre otras cosas porque se tocan muchas horas de una manera poco sana”, cuenta.

Aunque aclara que se siente medio “raro” hablar de tocar con las manos porque, como dice luego, “todos los músicos tocan con todo el cuerpo”, admite que en su caso, los dedos, las articulaciones y los músculos que sustentan tanto a sus manos como a sus antebrazos y brazos son de particular importancia. En última instancia, podría decirse que ellas lo llevaron no solo hasta Europa, sino también a conocerse a sí mismo y poder expresarse en otro lenguaje.

Pero trabajar con las manos no es solo un tema mecánico, de aprendizaje automatizado. El escritor estadounidense Matthew B. Crawford publicó hace ya unos cuantos años un bestseller de no ficción —Shop Class as Soulcraft, algo así como “Formar el alma mediante clases de manualidades”— en el cual relataba sus propias experiencias cuando cambió de trabajador intelectual a manual.

Ahí, entre otras cosas, escribía: “La labor manual calificada implica un encuentro sistemático con el mundo material, precisamente el tipo de encuentro que da lugar al nacimiento de las ciencias naturales. Desde su práctica más temprana, el conocimiento artesanal o manual ha traído consigo saber de las ‘formas y maneras’ de la materia. O sea, conocimiento de la naturaleza de la materia, adquirido a través de la observación disciplinada y un acercamiento sistemático a la resolución de problemas. De hecho, en algunas áreas en la cuales las manualidades estaban muy desarrolladas, el desarrollo tecnológico muchas precedió a los avances científicos, no al revés. El motor a vapor es un buen ejemplo. Fue desarrollado por mecánicos que observaron las relaciones entre volumen, presión y temperatura. Eso en una época en la cual los teóricos de la ciencia estaban atados a la ‘teoría calórica de la temperatura’, que resultó ser, conceptualmente, un callejón sin salida”.

En otras palabras: todo bien con los algoritmos, todo bien con la revolución digital. Pero poder manipular con destreza y talento un instrumento o una herramienta siempre debería formar parte del arsenal de experiencias humanas.

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