Todas las verdades sobre las mentiras

| A falsear la verdad se aprende y hasta un niño de dos años es capaz de hacerlo. A veces es necesario, pero puede volverse patológico. ¿Cómo descubrir a un fabulador?

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El País

Mentir cara a cara requiere maña, por eso el mail y los sms lo facilitan. Estudios han demostrado que los mentirosos tienen más sustancia blanca en el cerebro.

GABRIELA VAZ

Relataba a quien quisiera escucharlo, incluso a sus parejas, que había vivido muchos años en Suiza, que tenía fotos de chico vestido de tirolés, que se había conocido con su ex mujer en Colombia, que ésta era hija de diplomáticos, que su abuelo había sido dueño de medio barrio Reus, que su hermano era un exiliado político.

Nada era cierto. Nunca había pisado Europa hasta ese momento, se crió en un apartamentito pequeño de Montevideo, conoció a su ex esposa en la facultad, y ésta era hija de almaceneros. Sí, había viajado a Colombia a un curso, pero no por más de 10 días, y tampoco tenía, como él aseguraba, un pasaje para volver, guardado en su mesa de luz, debido a que de aquel país lo requerían con un contrato de trabajo grandioso.

Lo curioso es que el hombre, de más de cuarenta años, mentía sistemáticamente sobre casi treinta años de su vida. Una y otra vez. Y al ser descubierta la farsa, no parecía demasiado perturbado al respecto.

"La mitomanía o `pseudología fantástica` es un raro síndrome psiquiátrico en el cual el sujeto inventa y relata hechos y experiencias personales grandiosas, llegando a asumir una identidad falsa. La característica central de este cuadro que lo separa de la simulación, es que el individuo no obtiene ventajas materiales de tales fabulaciones ni otros beneficios concretos, como evitar una responsabilidad legal. El único beneficio es la satisfacción de vivir un rol que le gratifica y del cual por momentos llega a convencerse", indica el doctor en psiquiatría Alberto Chertok.

Una, cuatro, quince; los investigadores alrededor del mundo no se ponen de acuerdo sobre la cantidad de veces promedio que las personas mienten al día. Algo es seguro: nadie se salva. Para obtener un beneficio, para evitar un mal momento, para sentirse mejor, y hasta "por deporte", siempre hay excusas.

Los casos patológicos -como la anécdota real descripta al inicio de este artículo- son los menos, el extremo más peligroso de una realidad preocupantemente cotidiana. Es que algunas mentiras son inofensivas, pero otras dejan marcas profundas y son capaces de sembrar una desconfianza irreversible.

¿Cuál fue la peor mentira que le dijeron en su vida? De los cientos de lectores que contestaron esa pregunta en una encuesta de El País Digital, la mayoría se refirió a desengaños amorosos (ver recuadro). Nadie mencionó las de todos los días - "no sé por qué no adelgazo si sólo como lechuguita", "no dejo el cigarrillo porque no quiero", "gracias por el regalo, me encantó", "esa camisa te queda bárbara", "no fui a tu cumpleaños porque justo se enfermó mi suegra", etc, etc- quizá porque no parecen hacer daño. Como "acto ocasional y aislado", la mentira es un fenómeno universal, señala Chertok. "Desde la simple exageración de las virtudes de nuestros hijos hasta la clásica mentira piadosa, con las cual nos proponemos proteger a un ser querido, ninguno de nosotros puede reivindicar la condición de ser totalmente sincero".

Como es natural, tal conducta se aprende. Ya un niño de dos o tres años es capaz de falsear la verdad y, para espanto de algunos, la idoneidad que posea al hacerlo denotará su nivel de inteligencia. Pues sí, mentir puede ser la capacidad más notable de un pequeño, según estudios norteamericanos. Aunque también puede revelar diversos conflictos internos, tanto en infantes como en adultos.

El tema será distinguir entre un comportamiento "natural", uno demasiado recurrente, y otro directamente patológico, que necesite de tratamiento psiquiátrico.

Cuando la fábula forma parte indisoluble de la realidad que se cuenta y se percibe, una sirena de alerta está sonando.

FABULADORES. Falsear la verdad puede volverse un hábito en diferentes circunstancias. Por ejemplo, según apunta Chertok en su libro Pasiones y pecados del diario vivir, para alguien con una "personalidad antisocial" -en general "un sujeto normal y adaptado a la sociedad que puede ser calificado simplemente de hábil o ventajero"- mentir es el medio para obtener algún provecho, con una total ausencia de culpa y una notoria insensibilidad hacia el sufrimiento que pueda causar.

En cambio, un individuo con "personalidad evitativa" oculta la verdad por temor a la desaproabación ajena. En este caso, afirma el psiquiatra, lo central es la inseguridad y la convicción de que se debe presentar ante los demás una imagen impecable para ser aceptado. "Esconden lo que han hecho por temor a la reacción de otras personas, como el caso de una esposa que oculta los gastos domésticos para evitar la ira de su marido, o el hombre que afirma haber pedido un aumento para evitar las críticas de su esposa", dice el terapeuta.

Una tercera modalidad de la mentira aparece en la "personalidad histriónica". En esos casos, las personas mienten casi "por deporte", explica Chertok. No obtienen más beneficio que "el placer de relatar proezas o concitar la admiración de otras personas. En ocasiones, asumen su papel con tanto realismo que se convencen a sí mismos de las historias que supuestamente protagonizaron, al menos mientras dura la farsa".

Recuerda a la premisa que Joseph Goebbels, ministro de propaganda de Adolf Hitler, dejó a la posteridad: "una mentira repetida mil veces se convierte en verdad".

Hace dos años, una investigación realizada en la Universidad del Sur de California, en Estados Unidos, determinó que las personas que habitualmente mienten, hacen trampa o manipulan a otros, tienen más cantidad de sustancia blanca en el cerebro, y menos de sustancia gris. Esto les permite dominar el engaño con maestría, ya que mentir da trabajo. Es necesario entender la disposición mental de la otra persona y ser capaz de controlar las emociones para no delatarse.

Los adelantos tecnológicos han facilitado mucho ese proceso. Una encuesta que la consultora británica Friends Provident dio a conocer en 2007 reveló que para el 74% de los consultados es más fácil mentir a sus seres queridos detrás de la tecnología. El correo electrónico y los SMS son los medios predilectos para distorsionar la verdad, seguidos por la charla en celular. La mitad de los encuestados confesó que se siente menos culpable cuando usa uno de esos métodos, pues evita el cara a cara.

Tal detalle no es menor. Mentir en persona es más complicado, y hay muchas claves gestuales que pueden delatar al fabulador, como no mirar a los ojos, retorcer las manos, cambiar mucho de postura, tardar en contestar o hablar rápido. Un secreto útil: la gente suele mirar hacia arriba y a la izquierda cuando intenta recordar algo, y dirige la mirada arriba pero a la derecha cuando lo que desea es inventar algo.

DECILE QUE NO ESTOY. ¿Por qué mentimos? En ocasiones no se obtiene un provecho material, pero la mentira siempre tiene una utilidad, asegura el psiquiatra Chertok. Puede ser emocional o psicológica, como "dar una imagen de importancia, concitar interés o admiración, e incluso generar lástima o buscar apoyo y protección".

Resulta difícil asociar cualquiera de estas maquinaciones a una mente infantil, ingenua por definición. Pero lo cierto es que a mentir se aprende, y ese aprendizaje comienza antes de lo imaginado.

La canadiense Victoria Talwar, una de las mayores expertas en la conducta fantasiosa de los niños, explica que la mentira está relacionada con la inteligencia. En una nota de The New York Times reproducida por La Nación, esta profesora de la Universidad McGill de Montreal concluye que mentir es "un hito del desarrollo". Para lograrlo, un niño debe reconocer la verdad, concebir intelectualmente una verdad alternativa y ser capaz de "venderle" a alguien esa nueva realidad, apunta el artículo.

Por ende, si su retoño de cuatro años es un buen mentiroso, esta es la buena nueva: es un chico inteligente. A esa edad, la principal razón de los niños es evitar castigos. Lo hacen sin culpas y reiteradamente. Según estudios, un chico de cuatro años miente una vez cada dos horas, y uno de seis, una vez cada hora y media. En la escuela lo hacen para aliviar frustraciones o para llamar la atención. El proceso de socialización consigue que a los siete años empiecen a mentir menos. Eso sí, cualquier aluvión de falsedades es una señal de alerta: algo cambió en su vida y lo está perturbando.

Ningún padre debería sorprenderse. La fórmula de la mentira se aprende en casa. El niño muchas veces sabe que se le oculta información, o se la tergiversan. Con el fin de evitarles sufrimiento, los padres mienten sobre la muerte, la separación o una enfermedad. "El resultado siempre es malo: no sólo el niño carece de la posibilidad de tener buena información que le sirva para la vida, sino que aprende a no confiar en sus padres y a evitar las situaciones complicadas", apunta la psiquiatra Natalia Trenchi en su libro Educar en tiempos difíciles.

Otras veces, los adultos utilizan a los propios niños para vehiculizar sus mentiras, dice la terapeuta. Y enumera los clásicos: "Decile que no estoy", "decile a la maestra que no llevás el mapa porque me tuviste que acompañar al médico" o "dejá que yo hago el dibujo por ti".

La paradoja es que luego los padres se convierten en uno de los blancos predilectos de las mentiras de sus hijos. Investigadores de la Universidad de Penn, en Estados Unidos, encuestaron a un grupo de adolescentes cuya abrumadora mayoría (98%) confesó que miente a sus progenitores. ¿Sobre qué? La manera en que gastaban dinero, si habían debutado sexualmente, si tomaban alcohol o drogas y si estaban viendo amistades que sus padres desaprobaban. A propósito, también el 98% opinó que mentir "está mal".

En el laboratorio canadiense de Talwar se lleva a cabo un experimento llamado "el juego de espiar". Allí, una investigadora le pidió a Nick, un niño de 6 años, que se sentara de cara a la pared y adivinara qué juguete tenía ella en la mano, basándose en el sonido que hacía. Si adivinaba tres veces, ganaba un premio. Las primeras dos fueron fáciles: un auto de policía y una muñeca que lloraba. Pero para la tercera, que era una pelota de fútbol, sólo sonó una versión de Para Elisa. Nick no supo qué contestar. Entonces, la investigadora salió y le avisó que volvería enseguida (la posibilidad de mentir frente a la tentación era uno de los fines del estudio). El niño miró. Cuando ella regresó, anunció triunfante: "¡Una pelota de fútbol!". Le preguntaron si había espiado. Él, sonriente, dijo que no, sin un atisbo de sospecha en la voz.

El 76% de los niños estudiados espían si se les da la oportunidad. Cuando se les pregunta si lo hicieron, el 95% miente.

La investigadora preguntó a Nick cómo había descubierto que el sonido era de una pelota, y el chico, apoyando el mentón en las manos, contestó: "La música sonaba como una pelota. Como una pelota blanca y negra". Asumiendo entonces que las pelotas de fútbol tocan Beethoven, Nick recibió su premio.

Opinan los lectores sobre la peor mentira que les dijeron en la vida

"¿La peor mentira que me dijeron en la vida? Una persona a la que quise mucho me dijo que era soltera y en realidad estaba casada". (Magela, 32 años).

"Que yo estaba loca, que no me estaban engañando... y si era cierto, yo no estaba loca. Lo peor que le pueden hacer a un ser humano". (Verónica, 36).

"Que mi hija no tenía problemas y hoy ya lleva 5 operaciones más muchos tratamientos, y todavía no camina bien. Consulté muchas veces y me dijeron que no había ningún problema". (María, 31). "Que era el padre, de la criatura". (Juan, 60).

"Que me amaba". (Graciela, 60).

"Nos sos vos, soy yo". (José, 43).

"Que padecía una enfermedad". (Victoria, 32).

"Te amo". (Edgardo, 36).

"... que paguen más los que tienen más y que paguen menos los que tienen menos". (Juan, 61).

"Que me querían". (Rúben, 32).

"Haberme convencido que eran honestos y de buenas costumbres, de acrisolada honradez, impecables y resultaron delincuentes de guante blanco". (Grauert, 73).

"Que la vida era fácil". (Jorge, 26).

"Considero que la peor mentira es que te digan que está todo bien cuando en realidad está todo mas que mal". (Stefanie, 20 años).

"Del trabajo me enviaron a laburar por unos días con la promesa que estaría para el nacimiento de mi primer hijo, y no se cumplió". (Rómulo, 49).

"Mi madre me mintió su edad". (Lucila, 19).

"Que me amaban". (Gabriela, 41).

"Que tenían un problema financiero familiar que solucionar y jamás existió. Tan solo fue una excusa para pedirme efectivo". (André, 35).

"Que si estudiaba iba a tener a la larga un respaldo (jubilación)". (Ivette, 44).

"Tuve una relación de un año y cuando ésta terminó me enteré que la otra persona había inventado una vida entera para estar conmigo: el nivel educativo, el lugar de residencia, hechos familiares (como la muerte de un abuelo, el día que yo me iba de viaje), entre otras". (Mariana, 19).

Un pecado muy frecuente

"No darás falso testimonio ni mentirás". El octavo mandamiento lo deja sentado: faltar a la verdad es un pecado. Y esto es así cualquiera sea el tenor de la mentira, aunque bien pueden distinguirse distintos niveles, asume el obispo de Salto Pablo Galimberti. "La gravedad de una mentira se mide según la naturaleza de la verdad que deforma. Si vas a la feria y te muestran el tomate con la parte linda, se trata de un disimulo corriente. Distinto es cuando declaro en falso, siembro desconfianza, simulo, tengo una doble vida o doble discurso".

El Obispo sugiere que hay muchas formas de "herir la verdad", desde la adulación - "a veces llega a grados que uno piensa: `más vale que digas menos y no hagas elogios vacíos`"- hasta la maledicencia, para destruir la reputación de otro.

No obstante, no siempre es necesario decir toda la verdad, dice Galimberti. "Si alguien viene y me pregunta qué dijo Fulano cuando habló conmigo, yo puedo buscar distintas formas de no responder. Y no es mentir, es amparar".

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