Un piñazo le cambió la vida. No fue un uppercut. No fue un cruzado. No fue un cross. Pero fue un golpe bien directo y doloroso. Tampoco fue el choque contra una pared en la moto. Fue verse en el espejo con las dos paletas partidas. “Lo único que tapaba todo el malestar que sentía era mi sonrisa. Era lo único que quedaba de la Thalía que había sido en algún momento. Y ya no la tenía. Ya no aguantaba más”, confiesa la joven boxeadora sobre sus años más oscuros.
Thalía Piñeiro (27) es hoy dos veces campeona WBA FEDELATIN con un registro impecable: 6-0-0. Es decir, invicta. Es la número 15 en su categoría (peso mosca) en el mundo y está cuarta en el ranking de la World Boxing Association (WBA). Y solo está a cuatro peleas de disputar un título mundial, lo que tiene previsto para el segundo semestre de 2025. “Quiero tener todos los cinturones del mundo”, dice.
Pero esa no es su meta más grande. Es esta: “Quiero brindarle a chicos la ayuda deportiva, psicológica o alimentaria que necesiten”. Ella no quiere que ningún chico de su barrio -Casavalle- ni de ningún barrio -ahora vive en Delta del Tigre- reciba más piñas de la vida de las que pueda soportar.
Ella misma vivió dominada por la adicción a la pasta base hasta que ese golpazo en la moto de su hermana mayor le robó la posibilidad de seguir fingiendo una sonrisa que le recordaba una vida en libertad. Ese golpe le hizo querer volver a ser ella.
Entrenamiento
Cuatro horas de lunes a viernes. Primero, hace todo el entrenamiento físico. Sentadillas, flexiones, saltos a la cuerda, abdominales, musculación. Luego bebe un café. Después sube al ring. Perfecciona cada golpe con cada brazo. Ejercita su rapidez y agilidad. Mejora la concentración. Regresa a su casa recién por las 22 horas. Cena (mejor dicho, primero piensa qué vuelta le puede dar al pollo para no aburrirse). Duerme. Al otro día repite. Los fines de semana repasa la rutina en casa. “Respiro boxeo”, cuenta a Domingo. Su actual pareja, Alexis Flores, es también su entrenador. “Ni él ni yo tenemos escapatoria”, se ríe.
Como boxeadora profesional, Thalía cumple con más trabajo duro invisible. Para una pelea debe llegar a los 50,800 kilogramos de peso. Eso la obliga a bajar entre siete y ocho kilos en pocos días. Aunque la favorece su metabolismo rápido, debe someterse a una agresión que implica una deshidratación brutal del cuerpo. “Le saco toda el agua a los músculos. Y a veces estoy dos o tres días sin comer ni beber”, explica. Luego los recupera mediante suero.
Para este año ya tiene dos peleas más programadas y otras dos para el próximo.
Una chispa
El salto del boxeo amateur al profesional se dio más rápido de lo que ella esperaba. Fue en 2022 en la categoría supermosca (52,2 kilos) con una pelea que se disputó en “casa”, es decir, en el Club Deportivo Albatros. Thalía había retornado al gimnasio dos años antes, tras cumplir 12 meses sin consumir. Atrás había dejado las drogas y una pareja de la que dependió enfermizamente por cinco años. “Yo siempre recordaba que mi primer entrenador, Carlitos Ballestrino, me decía que yo tenía algo especial. Eso se me había quedado grabado”, cuenta a Domingo.
Thalía solo había entrenado un año con él, a sus 15, en el club José Varela. Había llegado de casualidad, buscando un lugar al cual pertenecer. Todavía no había probado las drogas pero ya no era lo que recordaba: una niña “muy inteligente, con muy buenas notas, muy respetuosa y muy miedosa”. Para ese entonces ya había repetido dos años de liceo y había asumido alguna que otra conducta problemática en reacción al conservadurismo de su padre y por la mala influencia de un noviecito. “Me acuerdo una vez que prendí fuego la cortina del salón de clase y tuvieron que sacar a todo el mundo”, relata.
El boxeo le enseñó disciplina y le dio un sentido de pertenencia que la ayudó a aprobar un año en UTU y luego intentar con el liceo nocturno. Pero conoció a su ex y su carácter autodestructivo la arrastró al fango. Le costó mucho salir. Pero lo logró. “Mi mamá nunca me soltó, esa es la verdad. Yo iba a su casa con hambre y comía y me bañaba; nunca me dio la espalda. Yo le mentía. Le hice muchísimo daño”, confiesa. Dice que lo más difícil es perdonarse todo lo malo que le hizo a sus seres queridos.
Al tiempo empezó a trabajar en La Pasiva. De bachera pasó a la cafetería y luego a la heladería. Y volvió al gimnasio. No obstante, abandonó una vez más porque no podía compaginar los horarios. Hasta que Alexis la llamó un día para convencerla de que hiciera el esfuerzo, de que él veía en ella lo mismo que había visto Carlitos, que ella tenía “una chispa”, que tenía las condiciones y la mentalidad, pero que era su decisión de encenderla o dejar que se ahogara. Y decidió echarle combustible. “Empezamos a entrenar en una plaza, con frío, con calor, con unas manoplas y unos guantes. Al poco tiempo estaba haciendo doble horario”, cuenta sobre esa etapa.
Y añade: “Esto es un estilo de vida. Vos jugás al tenis o jugás al rugby. No decís ‘voy a jugar al boxeo’. Son piñas y es peligroso. Las piñas no son caramelos”.
Pero este deporte sí puede ofrecer ese sentido de pertenencia que tanto buscaba y necesitaba Thalía y que sabe que muchos chicos con historias iguales o parecidas pueden beneficiarse de eso. Por eso su gran meta es tener un gimnasio al que puedan acudir, no solo para entrenar, sino también para tener apoyo psicológico y alimentario.
Un nuevo rol: actriz en la serie "Barrabrava"
“Hago de mala, tengo que pelear”, cuenta Thalía Piñeiro sobre un nuevo rol: la actuación. Está participando del rodaje de la segunda temporada de la serie argentina Barrabrava (Prime Video) con los protagónicos de Gastón Pauls y Matías Mayer.
Su personaje iba a aparecer originalmente en 11 escenas pero le ofrecieron, hasta ahora, grabar 21.
La convocatoria partió de la productora Cimarrón que llegó a su perfil de Instagram. Buscaban alguien con su look -cabeza con una parte rapada y tatuajes- y que supiera pelear. Y ella se animó a ponerse frente a las cámaras. “Esto me abre otra puerta y es una manera de mostrarme también para que la gente me conozca”, cuenta a Domingo.