FACUNDO PONCE DE LEÓN
Nací el 21 de agosto de 1978. Era lunes. Tiempo después, cuando estaba en el liceo discutí con un profesor de matemática la inutilidad de aprender polinomios y me contestó: "Sirven para sacarse las telarañas de la cabeza". Tenía razón. Aunque me olvidé cómo se se despeja la incógnita en la ecuaciones, creo profundamente en la actitud de quitarse telarañas. En esa sintonía, por ejemplo, fui hace tres años a ver qué decía el diario el día de mi nacimiento.
El País del 21 de agosto de 1978 abre con los siguientes titulares: "Aún sigue ardiendo el pesquero argentino"; "Fanáticos religiosos incendiaron un teatro en Irán, 377 muertos"; "Carne: tendencia a la baja de los precios al aumentar la oferta"; "Dos muertos tras ataque de la FLP (Frente de Liberación Palestina) a un ómnibus de israelíes en Londres"; "Nacional deslumbró en Bélgica al vencer al Feyenoord por 4 a 2". Hay publicidades, la viñeta de Quino y el anuncio de avisos clasificados.
¿Para qué sirve ir a ver qué dice el diario del día que uno nació? Simplemente para arrancarse telarañas. Nada más, nada menos. ¿Quién sabe si en aquellas páginas no hay una pista?
La vida necesita orden y hábito, sólo así es posible que funcione el mundo. Horarios, trámites, permisos, rutas, contratos, la convivencia se sostiene por toda esta monotonía. Bienvenida sea.
Pero esa rutina genera, también, asfixia. Antropológicamente se nos hace imposible la perfección.
Necesitamos de tanto en tanto quebrar el hábito, dormirse más tarde, empezar un nuevo deporte, organizar una fiesta porque sí, regalarle algo a alguien que no lo espera, abrir nuestro círculo de amistades, y así suma y sigue.
Todas estas actitudes, que buscan introducir un salto en la monotonía rutinaria que posibilita la vida, son modos de espantar las telarañas.
Un matrimonio de luna de miel pasa dos días por Suiza. Llegan el día que cumple años un uruguayo que vive ahí y los invita. Durante la cena, el recién casado cae en la cuenta de que hace 17 años, cuando trabajaba en una imprenta como cadete, llevaba la papelería al lugar de trabajo de uno de los que estaba allí. ¿Casualidad que se encuentren? ¿Dios?
No importa tanto, más relevante es estar abiertos a armar el puzzle, a encontrar y encastrar esas fichas que parecen inconexas.
Necesitamos estar despiertos, activos. El problema de algunas terapias es coartar esa actividad en aras de la introspección reflexiva. El riesgo de paralizarse es grande, quedarse encerrado en uno mismo.
Salir fuera de uno es lo mejor para curarse dentro. Del otro lado, el riesgo de la lógica consumista es atontarse, volverse zombi, banal. También hay que escapar de allí.
Como un detective, se deben conectar los sucesos más insignificantes para que se conviertan en una trama fascinante. Y el escenario es siempre el mundo.
Dicen que hay sólo siete personas que nos separan de otra. En otras palabras, que entre usted y un habitante de Pekín hay una cadena de siete seres humanos a través de la cual ustedes quedan conectados. Por ejemplo, el chino tiene un hermano (1) que está casado con una europea (2) que en su lugar de trabajo es amiga de un colombiano (3) cuyo sobrino (4) se fue a Uruguay a trabajar en una empresa de software. Usted tiene un vecino (5), hermano de la fundadora de esa empresa (6) cuyo tío (7) es compañero de escritorio del colombiano.
¿Para qué sirve este ejemplo? Para arrancarse telarañas, para mirar el mundo con otros ojos, para llenarlo de intriga, sabiendo que los sucesos están ahí desordenados esperando que alguien los despliegue y les dé sentido. Importa poco la utilidad de las cosas, siempre dependerá de nuestro modo de encararlas. Mejor andar con el plumero.