LITERATURA

Solas y acompañadas: crónica de un grupo de lectura por WhatsApp

El 25 de marzo de 2020 Cristina Canoura creó un grupo de WhatsApp para continuar con un taller lectura. Hoy son más de 50 participantes y llevan 14 libros leídos en forma conjunta. 

Solas y acompañadas, un grupo de lectura por WhatsApp
Solas y acompañadas, un grupo de lectura por WhatsApp. Foto: Soledad Gago

"Hola, buenas noches. ¿Cómo andan? Estuvo nutrido hoy el chat de la pandilla. Bueno, sigamos. Hoy nos acompaña, no sé si por unos días o para siempre, Soledad Gago, la periodista que les conté que estaba interesada en esta maravillosa experiencia”. Eran las diez menos cuarto de la noche del lunes 5 de abril. El audio de Cristina Canoura llegó así, de una, seco, sin aviso.

Esa mañana había hablado con ella por primera vez. Le dije que me había enterado de sus lecturas por un tuit de Laura, su hermana, y que me daba curiosidad saber de qué se trataba. Que quería escribir sobre eso. Respondió que sí, que con gusto y me dijo: “Te agrego al grupo de WhatsApp, te podés ir cuando quieras”. Después, me explicó: “Todas las noches, sobre las nueve o las diez, mando el audio”. Me agregó al grupo. Lecturas: solas y acompañadas, decía el nombre, escrito en mayúsculas. Y dijo: “Ahora estamos leyendo La buena suerte, de Rosa Montero. Te mando lo que hemos leído hasta ahora”. Entonces, me llegaron 21 audios y dos fotos. Debajo de cada audio, un número: 1, 2, 3 y así hasta 20. Con las fotos, una aclaración: Torre de Gaia.

Escuché el primero. Empezaba, más o menos, así: “Buenas noches. Este libro que voy a empezar a leer, La buena suerte, me lo regalaron Beatriz y Alicia el año pasado. Yo lo tenía en cola para leer y me pareció una buena oportunidad para leerlo juntas”.

Después, cuenta que esa novela es el último libro de Rosa Montero, que es de agosto de 2020. Hace una pausa por unos segundos, se escucha el movimiento de las hojas del libro y empieza.

“Ese hombre lleva sin levantar la cabeza del portátil desde que hemos salido de Madrid. Y eso que es un ave de exasperante lentitud con parada en todas las estaciones posibles en su camino a Málaga. Podría parecer que ese hombre está inmerso en su trabajo, casi abducido por él, pero cualquier observador meticuloso o al menos persistente, advertirá que de cuando en cuando sus ojos dejan de vagar por la pantalla y adquieren una vidriosa opacidad, que su cuerpo se pone rígido como suspendido a medio movimiento o medio latido, que sus manos se contraen y sus dedos se arquean”.

La voz de Cristina, que es a la vez gruesa y a la vez dulce, suena como una milonga. De a poco se va metiendo en la cabeza y una tiene la sensación de que está entrando, palabra por palabra, a otra dimensión, a otra realidad, a un estado que por momentos se parece a las noches de verano en el campo con el padre leyendo un libro debajo de un árbol y que por momentos es tan distinto.

Cristina dice las palabras de Rosa Montero con seguridad. Hace avanzar el vagón del tren de estación en estación, de pueblo en pueblo, mientras lee las descripciones exactas y finas que tiene la escritura de la española sobre la apariencia de un hombre cuyo nombre aún no se ha develado y sobre un paisaje al menos desolado, al menos oxidado.

Veinte minutos después, ya no hay forma de salir de la historia.

Ese audio dura 31 minutos y 30 segundos y termina así: “‘Las paredes han vuelto a recuperar su fea quietud. Qué desperdicio de espacio, qué pasillo tan enorme, qué distribución horrible, se dice ese hombre. Y siente algo parecido a un amargo consuelo’. Bueno, hasta mañana”.

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Cristina Canoura tiene 74 años. Desde 2012 forma parte de un grupo de literatura en el complejo Bulevar, la cooperativa donde vive, que coordina Silvia Viroga, docente de literatura. En marzo de 2020, con el comienzo de la pandemia de coronavirus en Uruguay, decidieron suspender los encuentros presenciales. Entonces Silvia le propuso a Cristina que lo siguieran de manera virtual. A ella siempre le había gustado leer en voz alta y era algo que había perdido cuando sus hijas crecieron. “Yo lo tomé, no como una obligación, sino como un desafío”, dice.

Cristina Canoura leyendo para el grupo de Whatsapp
Cristina Canoura leyendo para el grupo de Whatsapp. Foto: Laura Canoura

Armó un chat de WhatsApp con las 15 “literatas”, como le dicen al grupo de literatura del complejo y todas las noches, entre las nueve y las diez, Cristina manda un audio para continuar la lectura del libro que hubiesen elegido. Eran 15. A medida que gente conocida se fue enterando de la iniciativa, se fue sumando y el grupo pasó a llamarse Pandilla Lectora. En 2021 armó un grupo nuevo, de común acuerdo, en el que la única persona que puede escribir allí es ella. Así, se asegura de que los audios vayan en orden y no se pierdan entre tantos mensajes.

A veces, Cristina cambia la configuración y abre el grupo para que todas y todos puedan hacer comentarios sobre el libro. En este momento, son 52 participantes (entre las que hay dos hombres). “Somos de todas las edades, las más jóvenes tienen 46, 47 y la mayor tiene 94 recién cumplidos. Y tienen las trayectorias más diversas que te puedas imaginar, unas son médicas jubiladas, otra es bibliotecaria, otras fueron maestras, otras son médicas, odontólogas, amas de casa, profesoras de idioma español y literatura, de todo”. Entre ellas, está Laura, su hermana. Desde el 25 de marzo de 2020 llevan leídos 14 libros.

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En la tarde del lunes me senté en el patio de mi casa y puse a reproducir 20 audios. Quería ponerme a tiro con el libro, llegar a tiempo para la lectura de la noche. La historia de Rosa Montero avanzó misteriosa alrededor del hombre del tren que entonces supe se llama Pablo y que se instaló en un pueblo que se llama Pozo Negro. La voz de Cristina sonaba igual en cada audio: lee con énfasis los diálogos que tienen que tener énfasis, con parsimonia las oraciones que tienen un ritmo lento y con voz de rezo las que son como una línea recta.

“El momento de la lectura para mí es de mucho recogimiento. Trato de imaginarme las caras de las que no veo, de las que conozco y de las que no conozco, cómo lo estarán escuchando, dónde estarán, a qué hora los escucharán”, dice.

Al otro día, mientras terminaba de cenar, el grupo de lectura en WhatsApp se activó con un 23 escrito en negrita. Eran las 22:20. Casi 13 minutos después llegó un audio y siguió un 24 y otro audio. Luego, un cartel celeste: “Cristina Canoura cambió los ajustes de este grupo para permitir que todos los participantes puedan enviar mensajes”.

Yo escucho los audios cuando me fui a acostar. Esa noche nadie responde. Al otro día, el primer comentario llega a las 5:23 de la mañana y el último a las 20:27 de la noche. Dos horas más tarde, Cristina vuelve a cerrar el grupo y ya nadie puede escribir. Después, se sirve un vaso de agua, enciende la luz central del living de su casa y pone los pies sobre una silla. Abre el libro en la página 139, coloca el celular cerca, empieza a grabar y dice: “Buenas noches queridas pandilleras”.

De todas partes

“Todas me comentan cosas preciosas sobre la experiencia, pero yo en realidad creo que soy la mayor beneficiaria, porque hago algo que me encanta y por lo que siento un compromiso. Imaginate, muchas de las mujeres de más de 80 viven solas. Esta lectura fue la manera que encontramos para acompañarnos en la pandemia. Y también fue una manera de enriquecernos”, dice Cristina Canoura, la encargada de leer en voz alta para mandar al grupo de WhatsApp, que ya tiene más de 50 participantes. Entre ellos, solo dos son hombres.

Cristina dice que es un grupo muy diverso y que no se conocen entre todas, que se fueron sumando amigas de amigas, que algunas viven en Montevideo, otras en el interior y otras en el exterior, pero que para todas estas lecturas son una forma de sentirse acompañadas, de hacer pasar el tiempo en un momento tan difícil.

Los libros que leen, en general, son los que Cristina tenía pendientes en su casa y también los que sugiere el grupo. Si alguno no lo tiene, se lo descarga y lo lee en Kindle, aunque no es lo que más le gusta. Desde marzo de 2020 llevan leídos 14 libros. Hay títulos de Ítalo Calvino, David Foenkinos, Inés Bortagaray, Circe Maia, Ana Arjona, Laetitia Colombina, Irène Nemorowsky, Philippe Claudel o Annette Hess. En 2021 ya lleva tres: uno de Mary Anne Shaffer y Anne Barrows, otro de Olga Tokarczuk y el actual, de Rosa Montero.

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