MARTÍN FABLET
El Dalai Lama ha conseguido enseñarme un par de cosas. "A diario, piensa tan pronto despiertes: hoy he tenido la fortuna de haber despertado, yo estoy vivo, yo tengo una vida humana preciosa, yo no voy a desperdiciarla". De todas maneras voy a seguir durmiendo un ratito más, porque aún no ha sonado el despertador.
De las combinaciones más horrorosas que el hombre a puesto a su servicio, los despertadores gozan de un lugar de privilegio dentro del chart de los aborrecibles. Mitad reloj, mitad alarma. El primero y más antiguo fue inventado por los griegos allá por el 250 A.C. Este prototipo funcionaba con la marea. Cuando el nivel del agua llegaba a determinada altura, hacía sonar un pájaro mecánico bastante molesto. El despertador tal como lo conocemos hoy en día, es obra de un relojero de fines del siglo XVIII, de nombre Levi Hutchins. Hasta entonces, la gente confiaba en el sol para despertarse, pero a las 4 de la mañana, la hora en que Hutchins y Jaime Clara suelen despertar, no había ni hay sol. Así que el relojero muy sabiamente colocó una palanca en el número 4, que a su vez hacía sonar una campana cuando la manecilla llegaba a esa hora.
Personalmente odio cualquier aparato que tenga como función perturbar el plácido sueño de un ser humano. No hay ni habrá derecho para eso.
De los tantos enfermos que habitan este bendito mundo, hay quienes gustan despertar con una inyección de adrenalina. Hace algunas semanas en un escaparate de la capital porteña, encontré un reloj que simula una bomba, con su timer y claves para desactivarla. A priori no parece muy novedoso, lo complicado es apagarlo. Hay que acertar un código que cambia día a día. Si no embocás en las tres primeras, el sonido de una atronadora explosión te dejará sordo.
Quizás de las pocas cosas buenas que tiene un despertador es que siempre está en el mismo lugar, haciendo fácil su lanzamiento, martillado, salivado o apagado. Pero si incorporamos movilidad a este saboteador, la cosa se vuelve mucho más complicada. Realmente no se me ocurre cómo combatir un despertador que vuela mientras hace sonar su estridente alarma. El Blowfly es una verdadera pesadilla. Resulta bastante difícil capturarlo ya que su vuelo es decididamente errático. Si le interesa torturarse o torturar, el precio en los Estados Unidos es de unos 53 dólares.
Continuando con esta selección de curiosos despertadores, sin dudas La Bola Colgante resulta particularmente intrigante. Pendiendo sobre la cabecera de la cama este dispositivo dispara una molesta melodía la primera vez. Su proximidad nos permitirá apagarlo, para así seguir roncando hasta que vuelva a avisarnos. Sin embargo, este perverso aparato subirá unos centímetros cada vez que nos hagamos los remolones además de subir el volumen de su melodía. Así llegará un momento en el que nos obligará literalmente a levantarnos de la cama.
De todos los expuestos, el Wind Chime Alarm Clock es el único aprobado por la convención de Ginebra. Se trata de un despertador de viento, es decir, no cuenta con la típica alarma. En su lugar elabora una melodía a través de tubos de viento, proponiendo un despertar muy new age.
Siguiendo con el proceso de "despertamiento" un grupo de muchachitos londinenses ha creado un jabón que contiene cafeína. La idea es ayudar a sus usuarios a despertarse por la mañana. El jabón, llamado Shower Shock, provee la cafeína equivalente a dos tazas de café en cada ducha, absorbida a través de la piel.
Personalmente no recomiendo ninguno de estos despertadores y recuerde que no vale la pena madrugar, ya que se ha comprobado que no por ello amanece más temprano.