Imilce soñaba con pasar por el altar. "El sábado nos casamos", le dijo Pepe hace 9 años. "Este no, el otro, dame tiempo para hacerme un vestido", le respondió.
Magdalena Herrera
Sólo algunas anécdotas graciosas, que él mismo cuenta, logran alguna luz en esa mirada tan triste. Por momentos se ríe narrando cómo fue que le pidió matrimonio por primera vez, y por segunda también, a su mujer Imilce Viñas. Con otros recuerdos, se le quiebra la voz y no puede continuar la charla. "Sí, estoy deshecho", reconoce, aunque enseguida se recompone: "Hace poco más de 20 días nació mi segundo nieto... es divino. La presencia de ese niño es... se parece a Imilce. Y bueno, fue como un shock eléctrico que entró en la casa, que nos dice que la vida sigue. Pero además, ella me lo había pedido: `viví, viví, disfrutá los nietos`. Entonces, me levanto a las ocho de la mañana a trabajar, y a ayudar a mi hija María Clara con Guillermo y Santiago".
No debe ser fácil, nada fácil. Por casi cuarenta años, la primera voz que Pepe Vázquez escuchó cada mañana fue la de Imilce Viñas. En la charla, en las risas y hasta en los silencios lograron una suerte de simbiosis que Pepe explica con una sola frase: "Ella es el gran amor de mi vida".
Pero esa historia de amor tiene origen décadas atrás cuando un muchachito, José Eduardo, de 17 años, se vino de Treinta y Tres a "hacer los preparatorios al Iudep." A su padre le había dicho que sería escribano, como forma de dilatar la guerra que se le vendría cuando confesara la verdad: su pasión por el teatro. "Creo que lo sentía ya en el vientre de mi madre", afirma Pepe Vázquez, quien hoy tiene 69 años, uno menos que su esposa. "El 31 de diciembre ella cumpliría 71. ¡Qué fin de año nos espera!".
Esa pasión lo llevó como espectador a las salas donde por primera vez vio a Imilce, quien había comenzado su carrera poco antes. "Me gustaba mucho como actriz, me parecía deslumbrante, bellísima mujer. Era una gorda ágil que bailaba, cantaba", dice sobre épocas en las que él ya integraba primero la escuela y luego el elenco de El Galpón.
Tuvieron un primer acercamiento en el verano del 68, él como actor en La Claraboya Amarilla, "un invento de Alfredo Zitarrosa", y ella como parte del reparto de Telecataplum, que en algunas oportunidades se presentaba en teatro. "Fue en el Nogaró de Punta del Este. La vi divina, con una pollera larga floreada, quemada por el sol y unos ojazos... estaba espectacular. La invité a bailar y nos divertimos, pero no me dio entrada alguna. Tiempo después, ella se mataba de risa y me decía: `cómo te fuiste al humo`".
El reencuentro, tres años después, fue tan romántico como cómico, propio de los pioneros del café concert en Uruguay. Se volvieron a ver en el primer restaurante macrobiótico que se instaló en Uruguay, en Ciudad Vieja. Él se preparaba para un papel que le demandaba 20 kilos menos, y ella intentaba adelgazar. "Siempre decíamos que nos habíamos enamorado entre bolsas de arroz integral", dice Vázquez, ya entre risas.
A los tres meses estaban casados por civil. Pero la propuesta matrimonial también fue propia de dos comediantes. Imilce se encontraba en el balcón de su apartamento con los pies en una palangana, moño y ropa de fajina, esperando a la pedicura. Pepe se despidió de ella para irse a almorzar al restaurante de AEBU, desde donde se veía el balcón. "Mirá, allá está Imilce", le dijo a una amiga con quien compartía la mesa. "Si supieras lo que quiero a esa mujer", agregó. Su amiga le respondió: "Entonces, ¿qué estás esperando para casarte?". Pepe le dijo: "Tenés razón, perdoname, me voy." El actor se levantó, dejó dinero sobre la mesa y salió corriendo. Subió las escaleras y abrió la puerta en forma intempestiva. Imilce, con los pies en el agua, lo miró sorprendida. "¿Te querés casar conmigo?, le pregunté. Y me contestó que sí. Inmediatamente nos fuimos a anotar. Después me dijo que en ese momento pensó: `Si me invita a casarme con los pies en una palangana y este moñete es porque la cosa viene muy en serio`".
Dieron el sí ante el juez el 17 de enero de 1971. Para entonces, ella ya trabajaba desde hacía tiempo en Canal 12, en Telecataplum (comenzó en televisión en 1957). Vázquez también ingresó al programa en los `70 en el papel del Flaco Cleanto, que empezó como episódico pero por su repercusión quedó en el reparto. "Además, nos habíamos asociado con el dueño del restaurante macrobiótico y nos iba bien. Fue la única vez que tuvimos una leve visión de cómo hacer dinero", se vuelve a reír Pepe.
Pero hubo una segunda propuesta matrimonial que, ésta sí, es de guión tragicómico. Vázquez sabía que Imilce soñaba con casarse por Iglesia. "Algún día me gustaría", le dijo en cierta ocasión, cuando comenzó a sentir que el Pepe agnóstico se corría hacia uno más reconciliado con el "Tata Dios", como él lo define. "Ella sintió cierto interés mío. Yo le preguntaba: ¿Cómo era aquello del Mar Rojo? Ella conocía todas las historias bíblicas, y me las explicaba una y otra vez. Eso también fue parte de nuestra relación amorosa. Me las contaba en una forma muy entrañable, como si yo fuera un niño. Me fue generando un buen vínculo con Dios", confiesa el actor.
Pero ni eso lograba llevarlo al altar hasta que, hace nueve años, Imilce tuvo que realizarse un estudio médico. Pero no la prepararon bien para la ecografía, e hizo una reacción alérgica a la que atacaron con cortisona, que a la vez le subió la presión por las nubes. Pepe estaba blanco del susto, sentado a su lado en un banquito. "Giraba la cabeza y decía no veo, no veo. Fue horrible. Yo intentaba rezar, pero no sabía. Pensé que se moría. Cuando vi que salía, le agarré la mano y le dije: `el sábado nos casamos`. Ella, en medio de todo eso, me respondió: `este sábado no, el otro, dame tiempo para hacerme un vestido`".
Convivencia. "Divertida pero algo brava", define Vázquez a la vida diaria junto a su esposa. "Por un lado los dos éramos temperamentales. Pero también nos divertíamos y reíamos mucho, y teníamos una coincidencia de pensamiento casi mágica. Toda la vida nos pasó eso, hasta que nos acostumbramos: estábamos en silencio y de pronto uno empezaba a hablar, y el otro estaba pensando exactamente lo mismo".
Pepe e Imilce fueron los primeros en el país en incursionar en el café concert, aunque el origen del primer espectáculo a dúo quedó marcado por la tristeza. Imilce había quedado embarazada pero el niño nació enfermo y murió a las 20 horas. Pepe debió inscribirlo y luego enterrarlo, ya que su esposa continuaba internada. "Fue muy doloroso, una historia que nunca olvidamos. Pero, inmediatamente después de eso, Imilce seguía con la sensación de que estaba embarazada. Caminaba y se agarraba el vientre. Tenía miedo de bajar la escalera. Entonces, decidimos recurrir a un psiquiatra, que primero nos recomendó ir al cementerio y, luego, construir algo juntos. ¿Qué podíamos construir? Un espectáculo".
Así nació Ríase señor, en un local denominado Procopio, donde hoy se ubica el Hotel California. "Hacíamos cosas divertidísimas y fue todo un éxito. Le dábamos un numerito a todos y rifábamos un póster de Sandro", se ríe el actor olimareño, quien reconoce que eso los estimuló para continuar con otros shows humorísticos que vinieron en cadena.
Pero además, ese trabajo les permitió que tuvieran un conocimiento mutuo en el escenario que Pepe describe como "brutal". "Tanto -cuenta- que en un espectáculo yo sentí que le pasaba algo. Mientras alguien cantaba, le pregunté bajito qué le sucedía. Y me contestó: `se me rompieron las medias`. Hizo toda la obra con las can-can por las rodillas, y los dos muertos de risa".
Año de peligro. No todo fueron rosas ni risas en esta historia de amor. Hubo momentos tensos como cuando debieron exiliarse ocho años (ver recuadro), cuando Imilce no se sentía reconocida por el ambiente teatral -"soy la gorda de la televisión"- le dijo a Pepe hace años (ver recuadro), o como cuando vivieron un año separados allá por los `90. "El teatro se fue colando y eso nos hizo mal. Nosotros queríamos ser, en la vida personal, tan felices como lo éramos en el escenario, que nos divertíamos mucho. Eso no nos permitía una vida normal como la que tenían todos los demás. No supimos dejar la pareja afuera. Fuimos a un psicólogo y decidimos tomarnos unas vacaciones sin expectativas. Pero no queríamos que naufragara el barco de la amistad que también habíamos construido, porque teníamos un gran proyecto en común: nuestra hija".
Pepe lo sintió como "el año que vivieron en peligro" como se lo expresó en su momento a Imilce. "Los hombres somos más inseguros que las mujeres. Son ellas las que patean el tablero cuando algo no anda bien. El hombre, en general, se deja estar, es como el perro fogonero, se acostumbra a un rinconcito al lado del fueguito y ahí queda. Imilce lo vivió de otra manera. Yo le decía: `vos estás medio Simone de Beauvoir`".
De todas maneras, fue una separación triste con un regreso que celebraron hasta los de la empresa de mudanza. "Desde que volvimos a Uruguay con la democracia, siempre hicimos todos los traslados de casa y escenografías con la misma empresa. Cuando nos separamos, los muchachos se dieron cuenta y no dijeron ni `mu`. Allá cargaron mis valijas, Imilce y yo nos abrazamos, pasamos por la casa de mi hermana a buscar una cama, y me dejaron en un apartamento que había alquilado. Al año, los volví a llamar. Les dije que cargaran todo e hicimos el mismo recorrido pero a la inversa -la casa de mi hermana, una heladerita en lo de Franklin Rodríguez-, y cuando me preguntaron el destino final, les dije: conocen ese tango vuelvo vencido a la casita de mis viejos. Yo no podía creer la alegría de ellos, gritaban, y pararon en la calle Uruguayana a comprar cerveza para festejar. Realmente, la televisión y tantos años de carrera, te dan eso. Lo comprobé ahora, cuando murió Imilce. No imaginaba tanto cariño de la gente, y a la uruguaya. Me paran en la calle y de pronto sólo me dan un abrazo o me dicen: `sin palabras`. Ese es el uruguayo, que nos reconoce a su manera, que le llegamos a su casa, que lo hicimos reír, que se lamenta que no existan más esos programas".
Doble coraje. Imilce Viñas murió el 13 de agosto de 2009. Había cumplido uno de sus grandes sueños: dirigir la Comedia Nacional. "En ese sentido, se fue feliz. Se sintió muy reconocida, y la actitud que tuvo todo el elenco fue de gran respeto y amor. La recibieron como a cualquier director importante, y eso la hizo sentirse muy bien en el momento más difícil de su vida porque, para cuando la convocaron, ella ya sabía que estaba enferma. Lo primero que hizo cuando se reunió con el reparto fue decírselo. Pero agregó que había que trabajar mucho, que tenían por delante un texto muy lindo y que todos debían tirar juntos del carro".
Sólo Pepe y su hija María Clara supieron el esfuerzo que significó para Imilce el estreno de El Suicidado. Para entonces, se agotaba de sólo ponerse los zapatos para ir a trabajar. Sus familiares la vieron levantarse día tras día con un cansancio atroz e ir a ensayar cuatro horas. "Metió para adelante como loca, y sólo aflojó después del estreno. Por eso quise hacer la obra el día del entierro. Como un homenaje por la valentía con la que enfrentó toda esta historia, por su forma de encarar la vida con valor y gratitud. Sentí que no podíamos suspender su función. Tanto Imilce como yo vivimos siempre para darle cosas a la gente, esa fue nuestra misión. Y metí también como un tigre para hacer esa función, pero sólo por ella".
En algún momento de la entrevista, Pepe recuerda que su hija, María Clara, cuando se casaron por Iglesia, eligió leer un soneto de Quevedo que finaliza así: serán ceniza, más tendrá sentido / polvo serán, más polvo enamorado. Sin palabras.
"Un personaje entrañable pero que la cansó"
El personaje de "Coquita" le dio muchísimas satisfacciones, tanto en televisión como en el teatro. "Fue un papel entrañable, la acompañé al interior y vi funciones que realizaba junto a Laura Sánchez, que parecían actos políticos por la repercusión de público", cuenta Pepe Vázquez.
Pero llegó un momento que Imilce estaba un poco cansada de interpretar el personaje. Ya tenía experiencia docente por un pasaje en El Galpón, y abrió una escuela en su casa. E hizo su primera experiencia como directora, con Hello Dolly. "Fue muy castigada por la prensa pero un éxito de público. Pero ella nunca quedó conforme", recuerda su marido.
Imilce soñaba con dirigir Tío Vania de Chejov, y Pepe la alentó a hacerlo, por más que sólo tenían en ese momento 700 dólares. Pues la casa se convirtió en un taller y varios meses después la obra se estrenaba con elogios de todo tipo ¿De dónde sacaron ese vestuario, esa escenografía?, les preguntaban. "Me pasé dos meses con una Gillette en la mano descosiendo, mientras Imilce teñía vestidos, cortaba, cosía. Esa obra le dio muchísima satisfacción personal, porque ella decía: `a mí no me reconocen como gente de teatro, sólo como la gorda de la televisión`. Yo le decía que con su experiencia y conocimiento, que no esperara que la llamaran, que lo hiciera. Y así montamos primero Tío Vania y luego Dos hombres en pugna, El marido ideal, entre otras".
-Pepe, la Comedia Nacional lo convoca cuando usted tiene 65 años, y a Imilce como directora invitada a los 70. ¿No siente que el reconocimiento llegó algo tarde?
-Las cosas llegan cuando llegan. Que me llegara eso a los 65 fue un respiro económico para los dos. Y a Imilce la invitaron antes. Lo que pasa que recién este año se encontró el texto que convencía a la Comedia y a Imilce. Pero además, Uruguay es así. Las cosas se demoran un poquito, viste. Igual había ganado su Florencio. Lo que ella sentía, así como yo, es que para la prensa y la crítica los viejos no existimos, no servimos más. Existe como una moda de que todo lo que hacen los jóvenes es valioso, y lo de los viejos un horror. Y hay cosas muy buenas tanto de viejos como de jóvenes, y otras no tan buenas de ambas generaciones."
"Extrañamos como locos en el exilio"
Golpe de Estado en Uruguay y las piedras rozaban los oídos de Vázquez. "Primero fui del Partido Comunista, después me fui, pero continué junto a Imilce militando siempre en la izquierda. Éramos figuras muy conocidas, me habían llegado rumores y sentí miedo. Esa es la verdad: tuve temor de ir preso, que me torturaran, tenía una hija chiquita", recuerda el actor, quien primero se fue solo a Costa Rica donde lo alojó un amigo, con un pasaje que le pagaron otros compañeros. "Llegué con seis dólares, no me olvido más. Pero bueno, quiso la suerte que al mes me presentara en un casting para el protagónico de Las Brujas de Salem que estrenaría la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica. Y obtuve el papel, pero se armó un revuelo grande porque muchos no estaban de acuerdo que fuera para un recién llegado. El Ministro de Cultura pidió ver un ensayo, y quedó encantado. Tanto que me invitó a almorzar al día siguiente. Cuando le conté mi situación, enseguida me dijo que había que traer a Imilce y a María Clara, y les mandaron los pasajes. Y también Imilce trabajó para la Compañía Nacional de allá".
El matrimonio vivió seis años en Costa Rica, y dos en México con El Galpón. Regresaron primero a Argentina, al Teatro San Martín invitados por Alfonsín, y luego volvieron a "juntar las cacharpas a México y regresamos a Uruguay". "Extrañamos como locos, queríamos volver. Llegamos con 1.750 dólares en la cartera de Imilce y nos prestaron 400 más, que entregamos para el primer apartamentito, en esos complejos de La Aguada".